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Paíto - Rosita Escalada Salvo

Microcuento de Rosita Escalada Salvo

La tarde de domingo en los barrios, es sagrada: o hay fútbol, o no es día feriado. La cancha estaba a poca distancia y, pese a la elevada temperatura, sudorosos jugadores arrancaban gritos del entusiasmado público perimetral, compuesto casi exclusivamente por chicos y hombres. Alguna que otra empleadita de casa de familia —que tenía la tarde libre— cruzaba la calle una y otra vez, tratando de llamar la atención. Una de ellas, morenita y piernuda, hasta le sonrió. Él se sentía tan incómodo en esa mesa de bar, sin pedir nada todavía porque estoy esperando a alguien.
Por las ventanas entreabiertas de las casas, cuerdas con ropas tendidas, goteando. Para las mujeres nunca era domingo, más si los chicos iban a la escuela. Que el guardapolvo, que las zapatillas...
El Casiano hasta se había cambiado de ropa y le brillaba el pelo mojado. José apreció ese gesto. Al menos eso.
—Vos te preguntarás por qué nunca intenté conocerte, por qué no te busqué...
—No; yo...
—Esperá, no me interrumpas. Ya que viniste, que no sea de balde. Yo no soy ningún hijo de, ni un desalmado que anda sembrando críos por ahí, y después no se acuerda de ellos. No. De ninguna manera. Está bien que yo era muy joven y, además, me habían dicho que en Ituzaingó podía conseguir trabajo. Pero yo no la abandoné a tu madre. Ella tuvo la culpa. Ella me escribió. Yo la quería y me iba a casar con ella. Después de la carta no quise más ni volver, me daba vergüenza. Y sabía que si la veía, iba a perdonarle. Me costó mucho olvidar a tu madre. Era linda.
Por casi dos horas el Casiano habló y habló. Los vahos del alcohol le desataron recuerdos, sentimientos, rencores. José se sentía como un cura al que le cuentan los pecados. Él no había venido a buscar confesiones ni culpas. Sólo quería saber. Y así fue como se enteró de lo que ni se le pasó siquiera por la cabeza: no era hijo de Casiano. Así de simple.

Rosita Escalada Salvo, Leer X leer, Editorial Universitaria de Buenos Aires

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