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El corcho sobre el río – Virgilio Díaz Grullón

Apenas transcurrió ese espacio de tiempo –sin medida ni definición posibles- que sucede al instante preciso de despertar, y durante el cual parece que recogemos los trozos dispersos de nuestra mente y los unimos con rapidez mágica para formar de golpe el rompecabezas de nuestro mundo consciente; tan pronto se sintió vivo una vez más y recordó que se llamaba Luis Almovar, y se le reveló que justamente amanecía el día doce de julio saltó de la cama y caminó con decisión hacia el lavabo que se levantaba en un rincón de la estancia. No fue sino después de haberse salpicado la cara con agua fresca, y mientras buscabas a tientas la colgada a su lado, cuando reparó, a través de los ojos entrecerrados, en el sobre blanco que reposaba en suelo, junto a la puerta cerrada de la habitación.

Con el rostro húmedo todavía y la toalla entre las manos, se acercó a la carta, mirándola fijamente, como hipnotizado. Aún antes de levantarla del suelo y de que sus ojos de miope pudieran recorre las letras menudas que se apiñaban en el sobre, supo que la carta era de Laura. Se arrodilló a su lado y, sin tocarla todavía leyó su propio nombre en aquellos rasgos firmes y apretados que tanto conocía. Permaneció un rato inmóvil, y luego se sentó lentamente en el suelo, abrazadas las rodillas, con el mentón descansados sobre ellas. La carta debía estar allí desde la tarde del día anterior, pero como él llegó después de anochecer y se acostó a oscuras, no lo había notado. Un escalofrío le recorrió la espalda y lo forzó a apretar maquinalmente los brazos contra el cuerpo. Sintió que una breve lucha se libraba en su interior. De un lado, Sentía el deseo casi irresistible de enterarse una vez más con las mismas quejas y recriminaciones. Que debía evitar un nuevo encuentro con expresiones de dolor demasiado conocidas. En el fondo, tenía la certeza de que cuando se toma una decisión como la que él había adoptado, era preciso defenderla de toda contingencia, ampararla contra toda debilidad. Y allí, dentro de aquel sobre cerrado, se adivinaba la presencia de una trampa, de un llamado a la blandura y a la conmiseración… No, no iba a leerla. Por nada del mundo cometería esa equivocación… Y además, había otra cosa: la carta era una prueba de una relación personal que él pretendía borrar sin dejar rastro. Las otras, las que había conservado hasta poco antes encerradas en el armario, habían sido cuidadosa y totalmente destruidas. Era preciso hacer lo mismo con aquel postre vestigio del pasado. Sin vacilar un instante más, tomó el sobre cerrado, se incorporó, fue hasta el lavabo y lo rompió en trocitos menudos, dejándolos caer en el recipiente de loza. Luego abrió la llave del agua y observó por el desagüe en un remolino vertiginoso de agua, papel y tinta emborronada.

Su brusca decisión después de aquellos momentos de duda, pareció darle nuevos bríos. Se abalanzó casi sobre la ropa que permanecía doblada en la silla junto a la cama, y comenzó a vestirse rápidamente. No estaba asustado ni sentía temor alguno. Por el contrario, lo embargaba una grande, fría y decidida determinación. Había resuelto hacerlo y lo haría. Cuanto antes, mejor. El hecho de que aquel mismo día iba a preparar el escenario para asesinar, calculada y alevosamente, a un ser humano, no parecía afectarle mayormente.

Si a Luis le hubieran preguntado en qué momento preciso había decidido matar a Laura Vindaya, no hubiera sabido responder. Pero, como es natural, nadie le había hecho aquella pregunta, ni siquiera él se la había formulado a sí mismo. Hay cosas que no tiene fecha de nacimiento. Ideas cuyo origen es imposible determinar. Son algo vago, confuso, nebuloso, que de repente adquiere una naturaleza clara y definitiva. Pero cuando uno viene a tener conciencia de ello, ya la metamorfosis se ha consumado totalmente, y parece que siempre hemos pensado así; que desde el primer momento habíamos adoptado aquella determinación irrevocable.

Conoció a Laura el mismo día de su llegada a Altocerro. Había aceptado el cargo de director de la escuelita rural a raíz  de completar sus estudios de bachillerato, y se trasladó a aquella aldea enclavada en la sierra como había realizado siempre todo acto de su existencia: dejándose arrastrar por la corriente de la vida, sin resistirse a los acontecimientos como flota un corcho en la corriente del río.

Alquiló un cuarto en el único hotel del pueblo y se entregó sin entusiasmo a la rutina diaria de la labor escolar. Su vida se impregnó de monotonía. Todas las mañanas se levantaba con el alba, desayunaba frugalmente y hacía a pie el recorrido hasta la escuela, distante tres kilómetros del poblado. A las ocho menos diez minutos, invariablemente, abría las puertas de madera y se sentaba en la silla de guano, tras de la mesa, en espera de los niños. Eran cuarenta seis, de edades que oscilaban entre siete y doce años y ni siquiera conocía sus nombres: les atribuyó un número a cada uno y con eso le bastaba.

Las horas se extendían, elásticas, interminables, mientras repetía, sin mirar a su infantil auditorio, las mismas nociones elementales, primitivas, que vagamente recordaba haber oído muchos años antes en una voz apagada que sonaba como la suya y que, como ella, parecía rodar, sin tocarlas, por encima de las pequeñas cabezas que se amontonaban frente a la mesa, hasta perderse suavemente en la nada y el olvido.

Laura era la única persona que compartía sus tareas. Oriunda de Altocerro, vivía a pocos pasos de la escuela y estaba encarga de la tanda vespertina. Al principio, no se sintió particularmente atraído hacia ella. Era una mujer madura, seca, que debía llevarle diez años cuando menos. Durante las primeras semanas sus relaciones se limitaron al intercambio de un trivial “buenos días”, cuando al punto de las doce, ella entraba a la escuela para hacerse cargo del turno que le correspondía. Aún antes de que terminaran de llegar los nuevos alumnos, Luis partía de nuevo hacia el pueblo, desentendiéndose de todo hasta el día siguiente.

Pero una vez volvió por la tarde, y la encontró cerrando la escuela, a la hora del crepúsculo. No se había propuesto llegar allí; había salido a pasear por la carretera para romper el aburrimiento de la tarde pueblerina, y sin quererlo expresamente, sus pasos lo condujeron maquinalmente hasta la escuela. Laura lo invitó a su casa a tomar una taza de café y él acepto. Fue una visita corriente durante ella sólo hablaron de la escuela y de los niños y Luis partió al poco rato, sin sospechar las consecuencias futuras de aquel primer contacto inocente.

Como se sentía solo en el hotel y nadie le interesaba especialmente en el pueblo, poco a poco adquirió la costumbre de visitar a Laura por las tardes, y fue adelantándose sin notarlo en aquella vida aislada que se mustiaba sin quejas. Sus padres habían muerto cuando era aún niña y vivía desde entonces con su hermana mayor, solas las dos a partir del día en que su hermano más joven abandonó Altocerro en busca de más propicios horizontes. Laura no se había casado nunca y parecía no haber conocido amor jamás el amor.

Y no fue precisamente amor lo que Luis pudo darle. La tomó por primera vez junto al río, una tarde triste de noviembre, sobre el lodo negruzco que bordeaba la orilla. Lo hizo sin pasión y casi sin deseo, como se realiza algo sólo porque es inevitable. Y aunque después de aquel día sus citas fueron frecuentes, jamás le abandonaron el desgano y la indiferencia, y se limitó siempre a dejarse llevar, como siempre, por los acontecimientos. Ella, en cambio, pareció desarrollar una nueva personalidad. Su sensualidad dormida despertó con voracidad extraordinaria, como si quisiese recuperar con creces el tiempo perdido. No obstante desplegar la más sutil astucia para ocultar de todos sus secretos, fue apoderándose de él, absorbiéndolo con requerimientos constantes y cada vez más apremiantes. Frente a la naturaleza pasiva, inerte, de Luis, su propia personalidad fue creciendo e imponiéndose cada vez más sobre la debilidad apática del hombre. Fue una batalla ganada desde el principio, en la que el perdedor se sintió desde el primer momento como un insecto preso en una telaraña.

Por acuerdo mutuo, habían decidido mantener en secreto sus amores, y cuando, durante las horas de trabajo, se encontraban en la escuela, se trataban con indiferente y lejana cortesía, sin dejar jamás traslucir frente a ojos extraños que sus relaciones fueran otras que aquel seco y frío intercambio de saludos y recomendaciones oficiales.

De aquel modo transcurrieron los  primeros meses y, para Luis, asimismo hubiese transcurrido la vida entera, de tal modo se recostó él en la muelle costumbre de la sensualidad satisfecha sin riesgos ni problemas. Pero un día, junto al río, en el lugar que se había convertido en habitual para sus encuentros, ella le dijo, después de un silencio, y sin mirarlo a los ojos: “voy a tener un hijo”. Al principio él no pareció en tender lo que oía, pero cuando, segundos más tarde, aquello se abrió paso en su cerebro y pudo medir en toda su magnitud el sentido en aquella frase, sintió una profunda y violenta sacudida. Fue como furia violenta contra sí mismo y aberración hacia la mujer, lo invadieron de súbito. Permaneció en silencio, concentrado anonadado por la íntima convicción de que aquel juego placentero y fácil al que se había entregado ciegamente hasta ese momento, se trocaba de repente en algo peligroso, complicado, extraño a su propia naturaleza y a su personal filosofía de vida.

No expresó inconformidad alguna ni alteró en lo más mínimo su actitud reconcentrada y huraña, pero allí, en lo más recóndito, sintió nacer un odio profundo, desorbitado, inhumano, hacía aquella mujer y la extraña criatura que comenzaba a vivir dentro de su vientre. Ni el más ligero sentimiento, ni el más leve asomo de piedad fueron capaces de aminorar el odio feroz y el afán de destrucción que lo poseyeron desde aquel día. Sabía que era inútil proponerle a Laura la eliminación del hijo, porque presentía la irrevocable decisión de la madre de conservarlo a toda costa. Una sola idea centraba, pues, sus pensamientos: Lauta tenía que morir. La debilidad del hombre, su incapacidad de luchar, fueron ─por paradójica razón─  el irresistible impulso que lo empujara a decidir y planear la muerte de su amante. Aceptar el nacimiento de aquel niño era aceptar además la permanencia de sus relaciones con la madre. Significaba asumir una responsabilidad perdurable, definitiva. Es decir, algo inconcebible, absurdo, “Antes de aquello, todo, incluso el crimen”, se dijo desde el primer momento.

La decisión fue informe  y oscura, pero los detalles fueron completándose con el tiempo, durante sus largas horas de insomnio por las noches o, a veces, junto a la misma Laura, y mientras ella formulaba en voz alta planes para el futuro en los cuales él tenía irremisible participación. Porque seguían encontrándose, como antes, y sólo cuando ya se acercaba la fecha escogida para actuar, dejó Luis de acudir a las citas junto al tío. Lo hizo sin previo aviso y sin dar ninguna explicación…

Entonces comenzaron las cartas. Las traía al hotel uno de los muchachos de la escuela. A veces llegaban tres el mismo día. Él las leía a solas en su habitación con rabia y desprecio que cada vez se hacían más intensos. En las dos semanas que duró la ofensiva epistolar, Luis estuvo a punto de adelantar la ejecución de sus planes, temiendo alguna imprudencia mayor. Pero ella no la cometió. No se presentó nunca en persona en hotel, y las cartas, encerradas en los largos sobres de uso en la escuela, podían pasar  como correspondencia oficial. Cuando, al fin, las cartas cesaron, Luis las quemó todas juntas arrojando sus cenizas por el desagüe  del lavabo, aliviado de no enfrentarse con la necesidad de actuar antes del 12 julio, último día de clases.

Y precisamente el día 12, había encontrado aquella última carta que destruyó sin leer, con impulsivo instinto de preservar contra todo la ejecución exacta de su plan. Porque había dispuesto las cosas en sus menores detalles: cerraría la escuela, abandonada el hotel diciendo que se iba de vacaciones, y partiría a caballo del pueblo, a la vista de todos. Por un atajo, y dando un rodeo, regresaría al día siguiente a casa de Laura, aprovechando la hora en que sabía que la encontraría sola. Fingiría una reconciliación y la llevaría al río, como de costumbre. Tendría buen cuidado de tomar de la casa alguna cuerda. Tal vez un cinturón de Laura; quizás el de la bata que usaba entre casa. Parecía suficientemente fuerte… Igual que el mamón que crecía en la explanada cercana al río. Las ramas eran resistentes, sobre todo una, la más baja… Él lo sabía muy bien, porque había tenido el cuidado de comprobarlo personalmente…

***
Ya completamente vestido, Luis se detuvo frente al almanaque de propaganda comercial que constituía la única decoración de la estancia. Puso sobre el número doce, sonrió levemente, y caminó hacia la puerta.

El agente de policía estaba justamente en el marco, llenando con su corpachón fornido casi todo entre el umbral y el dintel. Luis sintió que la sorpresa y el miedo lo paralizaban de súbito, y apenas escuchó la voz que le decía fríamente:

─Acompáñeme, profesor.

─¿Qué pasa?... ─sólo atinó a balbucir, poniéndose mortalmente pálido.

─Está usted preso, bajo sospecha de asesinato… Vamos pronto, que el sargento está esperándolo…

Luis se apoyó en el marco se la puerta.

─¿Asesinato?... ─exclamó mientras le parecía que todo se hundía a su alrededor.
─La maestra apareció ahorcada esta mañana a la orilla del río… Descartamos el suicidio, porque no apareció ninguna carta… ─lo tomó con firmeza del brazo, forzándolo a iniciar la marcha por el estrecho corredor. Mientras caminaba como un autómata, Luis revivió mentalmente su acción de destruir sin leer aquella última carta a Laura… A su lado, el policía continuaba hablando sin para:

─…el forense del Distrito no ha llegado todavía, pero estamos seguros de que la mujer estaba encinta. El sargento supo desde el primer momento que había que buscar el hombre que la deshonró…

Llegaban ya a la puerta de la calle, y justamente allí, Luis tuvo su último gesto de rebeldía:

─Pero ¿Por qué yo?... ─preguntó parándose en seco y mirando a los ojos el rostro ceñudo del otro.

Su acompañante era realmente locuaz:

─Hay testigos de que ustedes se encontraban por las tardes junto al río. Además ─y esto es lo más grave─, alguien lo vio hace unos días colgándose con las manos de una rama del mamón que está en la orilla, como si probara su resistencia… De la misma rama, por cierto… No creo que se salve de ésta, profesor.


Al oírlo, con la cabeza baja y reiniciando lentamente la marcha, Luis sintió de repente que volvía a ser el mismo de antes: el que se dejaba arrastra por los acontecimientos sin oponer resistencia, como un corcho que flota sobre el río. Y esa convicción le llegó junto con visión confusa de inmundicias por la corriente de agua de una cañería subterránea, que conducía inexorablemente hacia la nada la confesión de suicidio de Laura Vindaya.

El corcho sobre el río
Virgilio Díaz Grullón (dominicano)

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