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Gallardo Pérez, referí - Osvaldo Soriano

Cuento de Osvaldo Soriano

Cuando yo jugaba al fútbol, hace más de veinte años, en la Patagonia, el refería era el verdadero protagonista del partido. Si el equipo local ganaba, le regalaban una damajuana de vino de Río Negro; si perdía, lo metían preso. Claro que lo más frecuente era lo de la damajuana, porque ni el referí, ni los jugadores visitantes tenían vocación de suicidas.
Había, en aquel tiempo, un club invencible en su cancha: Barda del Medio. El pueblo no tenía más de trescientos o cuatrocientos habitantes. Estaba enclavado en las dunas, con una calle central de cien metros y, más allá, los ranchos de adobe, como en el Far West. A orillas del río Limay estaba la cancha, rodeada por un alambre tejido y una tribuna de madera para cincuenta personas. Eran las "preferenciales", las de los comerciantes, los funcionarios y los curas. Los otros veían el partido subidos a los techos de los Ford A o a las cajas de los camiones de la empresa que estaba construyendo la represa.
Todos nosotros estábamos bajo el influjo del maravilloso estilo del Brasil campeón del mundo, pero nadie lo había visto jugar nunca: la televisión todavía no había llegado a esas provincias y todo lo conocíamos por la radio, por esas voces lejanas y vibrantes que narraban los partidos. Y también por los diarios, que llegaban con cuatro días de atraso, pero traían la foto de Pelé, el dibujo de cómo se hacía un 4-2-4 y la noticia de la catástrofe argentina en Suecia.
Yo jugaba en Confluencia, un club de Cipolletti, pueblo fundado a principios de siglo por un ingeniero italiano que tenía un monumento en la avenida principal. Todavía las calles no habían sido pavimentadas y para ir al fútbol los domingos de lluvia había que conseguir camiones con ruedas pantaneras.
Confluencia nunca había llegado más arriba del sexto puesto, pero a veces le ganábamos al campeón. Muy de vez en cuando, pero le dábamos un susto.
Ese día teníamos que jugar en la cancha de Barda del Medio y nunca nadie había ganado allí. Los equipos "grandes" descontaban de sus expectativas los dos puntos del partido que les tocaba jugar en ese lugar infernal. Los muchachos de Barda del Medio, parientes de indios y chilenos clandestinos, eran tan malos como nosotros suponíamos que eran los holandeses o los suecos. Eso sí, pegaban como si estuvieran en la guerra. Para ellos, que perdían siempre por goleada como visitantes, era impensable perder en su propia casa.
El año anterior les habíamos ganado en nuestra cancha 4 a 0 y perdimos en la de ellos por 2 a 0 con un penal y piadoso gol en contra de Gómez, nuestro marcador lateral derecho. Es que nadie se animaba a jugarles de igual a igual porque circulaban leyendas terribles sobre la suerte de los pocos que se habían animado a hacerles un gol en su reducto.
Entonces, todos los equipos que iban a jugar a Barda del Medio, aprovechaban para dar licencias a sus mejores jugadores y probar a algún pibe que apuntaba bien en las divisiones inferiores. Total, el partido estaba perdido de antemano.
El referí llegaba temprano, almorzaba gratis y luego expulsaba al mejor de los visitantes y cobraba un penal antes de que pasara la primera hora y la tribuna empezara a ponerse nerviosa. Después iba a buscar la damajuana de vino y en una de ésas, si la cosa había terminado en goleada, se quedaba para el baile.
Ese día inolvidable, nosotros salimos temprano y llevamos un equipo que nos había costado mucho armar porque nadie quería ir a arriesgar las piernas por nada. Yo era muy joven y recién debutaba en primera y quería ganarme el puesto de centro delantero con olfato para el gol. Los otros eran muchachos resignados que iban para quedarse en el baile y buscar una aventura con las pibas de las chacras.
Después del masaje con aceite verde, cuando ya estábamos vestidos con las desteñidas camisetas celestes, el referí Gallardo Pérez, hombre severo y de pésima vista, vino al vestuario a confirmar que todo estuviera en orden y a decirnos que no intentáramos hacernos los vivos con el equipo local. Le faltaban dos dientes y hablaba a tropezones, confundiendo lo que decía con lo quería decir.
Le dijimos —y éramos sinceros— que todo estaba bien y que tratara, a cambio, de que no nos arruinaran las piernas. Gallardo Pérez prometió que se lo diría al capitán de ellos, Sergio Giovanelli, un veterano zaguero central que tenía mal carácter y pateaba como un burro.
Ni bien saludamos al público que nos abucheaba, el defensa Giovanelli se me acercó y me dijo: "Guarda, pibe, no te hagas el piola porque te cuelgo de un árbol". Miré detrás de los arcos y allí estaban, pelados por el viento, los siniestros sauces donde alguna vez habían dejado colgado a algún referí idealista. Le dije que no se preocupara y lo traté de "señor". Giovanelli, que tenía un párpado caído surcado por una cicatriz, hizo un gesto de aprobación y fue a hacerles la misma advertencia a los otros delanteros.
La primera media hora de juego fue más o menos tranquila. Empezaron a dominarnos pero tiraban desde lejos y nuestro arquero, el Cacho Osorio, no podía dejarla pasar porque hubiera sido demasiado escandaloso y nos habrían linchado igual, pero por cobardes. Después dieron un tiro en un poste y el Flaco Ramallo sacó varias pelotas al córner para que ellos vinieran a hacer su gol de cabeza.
Pero ese día, por desgracia, estaban sin puntería y sin suerte. Todos hicimos lo posible para meter la pelota en nuestro arco, pero no había caso. Si el Cacho Osorio la dejaba picando en el área, ellos la tiraban afuera. Si nuestros defensores se caían, ellos la tiraban a las nubes o a las manos del arquero.
Al fin, harto de esperar y cada vez más nervioso, Gallardo Pérez expulsó a dos de los nuestros y les dio dos penales. El primero salió por encima del travesaño. El segundo dio en un poste. Ese día, como dijo en voz alta el propio referí, no le hacían un gol ni al arco iris.
El problema parecía insoluble y la tribuna estaba caldeada. Nos insultaban y hasta decían que jugábamos sucio. Al promediar el segundo tiempo empezaron a tirar cascotazos.
El escándalo se precipitó a cinco o seis minutos del final. El Flaco Ramallo, cansado de que lo trataran de maricón, rechazó una pelota muy alta y yo piqué detrás de Giovanelli, que retrocedía arrastrando los talones. Saltamos juntos y en el afán de darme un codazo pifió la pelota y se cayó. La tribuna se quedó en silencio, un vació que me calaba los huesos mientras me llevaba la pelota para el arco de ellos, solo como un fraile español.
El arquerito de Barda del Medio no entendía nada. No sólo no podían hacer un gol sino que, además, se le venía encima un tipo que se perfilaba para la izquierda, como abriendo un ángulo de tiro. Entonces salió a taparme a la desesperada, consciente de que si no me paraba no habría noche de baile para él y tal vez hasta tuviera que hacerme compañía en el árbol de fama siniestra. Él hizo lo que pudo y yo lo que no debía. Era alto, narigón, de pelo duro, y tenía una camiseta amarilla que la madre le había lavado la noche anterior. Me amagó con la cintura, abrió los brazos y se infló como un erizo para taparme mejor el arco. Entonces vi, con la insensatez de la adolescencia, que tenía las piernas arqueadas como bananas y me olvidé de Giovanelli y de Gallardo Pérez y vislumbré la gloria.
Le amagué una gambeta y toqué la pelota de zurda, cortita y suave, con el empeine del botín, como para que pasara por ese paréntesis que se le abría abajo de las rodillas. El narigón se ilusionó con el dribling y se tiró de cabeza, aparatoso, seguro de haber salvado el honor y el baile de Barda del Medio. Pero la pelota le pasó entre los tobillos como una gota de agua que se escurre entre los dedos.
Antes de ir a recibirla a su espalda le vi la cara de espanto, sentí lo que debe ser el silencio helado de los patíbulos. Después, como quien desafía al mundo, le pegué fuerte, de punta, y fui a festejar. Corrí más de cincuenta metros con los brazos en alto y ninguno de mis compañeros vino a felicitarme. Nadie se me acercó mientras me dejaba caer de rodillas, mirando al cielo, como hacía Pelé en las fotos de El Gráfico.
No sé si el referí Gallardo Pérez alcanzó a convalidar el gol porque era tanta la gente que invadía la cancha y empezaba a pegarnos, que todo se volvió de pronto muy confuso. A mí me dieron en la cabeza con la valija del masajista, que era de madera, y cuando se abrió todos los frascos se desparramaron por el suelo y la gente los levantaba para machucarnos la cabeza.
Los cinco o seis policías del destacamento de Barda del Medio llegaron como a la media hora, cuando ya teníamos los huesos molidos y Gallardo Pérez estaba en calzoncillos envuelto en la red que habían arrancado de uno de los arcos.
Nos llevaron a la comisaría. A nosotros y al referí Gallardo Pérez. El comisario, un morocho aindiado, de pelo engominado y cara colorada, nos hizo un discurso sobre el orden público y el espíritu deportivo. Nos trató de boludos irresponsables y ordenó que nos llevaran a cortar los yuyos del campo vecino.
Mientras anochecía tuvimos que arrancar el pasto con las manos, casi desnudos, mientras los indignados vecinos de Barda del Medio nos espiaban por encima de la cerca y nos tiraban más piedras y hasta alguna botella vacía.
No recuerdo si nos dieron algo de comer, pero nos metieron a todos amontonados en dos calabozos y al referí Gallardo Pérez, que parecía un pollo deshuesado, hubo que atenderlo por hematomas, calambres y un ataque de asma. Deliraba y en su delirio insensato confundía esa cancha con otra, ese partido con otro, ese gol con el que le había costado los dos dientes de arriba.
Al amanecer, cuando nos deportaron en un ómnibus destartalado y sin vidrios, bajo una lluvia de cascotes, nuestro arquero, el Cacho Osorio, se acercó a decirme que a él nunca le hubieran hecho un gol así. "Se comió el amague, el pelotudo", me dijo y se quedó un rato agachado, moviendo los brazos, mostrándome cómo se hacía para evitar ese gol.
Cuando se despertó, a mitad de camino, Gallardo Pérez me reconoció y me preguntó cómo me llamaba. Seguía en calzoncillos pero tenía el silbato colgando del cuello como una medalla.
—No se cruce más en mi vida —me dijo, y la saliva le asomaba entre las comisuras de los labios—. Si lo vuelvo a encontrar en una cancha lo voy a arruinar, se lo aseguro.
—¿Cobró el gol? —le pregunté.
—¡Claro que lo cobré! —dijo, indignado, y parecía que iba a ahogarse—. ¿Por quién me toma? Usted es un pendejo fanfarrón, pero eso fue un golazo y yo soy un tipo derecho.
—Gracias —le dije y le tendí la mano. No me hizo caso, se señaló los dientes que le faltaban.
—¿Ve? —me dijo—. Esto fue un gol de Sívori en orsái. Ahora fíjese dónde está él y dónde estoy yo. A Dios no le gusta el fútbol, pibe. Por eso este país anda así, como la mierda.

Fuente: Rebeldes, soñadores y fugitivos, Ed. Seix Barral

Petróleo - Osvaldo Soriano

Cuento de Osvaldo Soriano

Las cosas han cambiado tanto que seguramente a mi padre le gustará seguir tan muerto como está. Debe estar pitando un rubio sin filtro, escondido entre unos arbustos como lo veo todavía. Estamos en un camino de arena, en el desierto de Neuquén, y vamos hacia Plaza Huincul a ver los pozos de YPF. Salimos temprano, por primera vez juntos y a solas, cada uno en su moto. El va adelante en una Bosch flamante, y yo lo sigo en una ruidosa Tehuelche de industria nacional. Es el otoño del 62 y está despidiéndose para siempre de la Patagonia.
Mi viejo va a cumplir cincuenta años y se ha empeñado hasta la cabeza para comprarse algo que le permita moverse por sus propios medios. Los últimos pesos me los ha prestado a mí para completar el anticipo de la Tehuelche que hace un barullo de infierno y derrapa en las huellas de los camiones. No hay nada en el horizonte, como no sean las nubes tontas que resbalan en el cielo. Algunos arbustos secos y altos como escobas, entre los que mi padre se detiene cada tanto a orinar porque ya tiene males de vejiga y esa tos de fumador. Anda de buen carácter porque el joven Frondizi anunció hace tiempo que "hemos ganado la batalla del petróleo". Quiere ver con sus propios ojos, tal vez porque intuye que no volverá nunca más a esas tierras baldías a las que les ha puesto agua corriente y retratos de San Martín en todas las paredes. Un soñador, mi viejo: acelera con el pucho en los labios y la gorra encasquetada hasta las orejas mientras me hace seña de que lo alcance y le pase una botella de agua.
La Tehuelche brama, se retuerce en los huellones, y la arena se me cuela por detrás de los anteojos negros. Por un momento vamos codo a codo, dos puntos solitarios perdidos entre las bardas, y le alcanzo la botella envuelta en una arpillera mojada. En el tablero de la motoneta lleva pegada una figurita de Marlene Dietrich que tanto lo habrá hecho suspirar de joven. Yo he pegado en mi tanque de nafta una desvaída mirada de James Dean y la calcomanía del lejano San Lorenzo que sólo conozco por la radio. Justamente: ese diminuto transistor japonés que recién aparece a los ojos del mundo es la más preciada joya que arriesgamos en el desierto. La voz de Alfredo Aróstegui y los radioteatros de Laura Hidalgo nos acompañan bajo un sol que hace brotar esperpentos y alucinaciones donde sólo hay viento y lagunas de petróleo perdido.
Mi padre pilotea que es un desastre. Zigzaguea por la banquina mientras inclina la botella y se prende al gollete. Merodea el abismo de metro y medio al borde del sendero. Le grito que se aparte mientras me saluda agitando la botella y se desbarranca alegremente por un despeñadero de cardos y flores rastreras. En la rodada pierde el pucho, las provisiones que cargamos en Zapala y hasta la figurita de Marlene Dietrich que me ha robado del álbum. Freno y vuelvo a buscarlo. A lo lejos diviso las primeras torres de YPF, que para mi padre son como suyas porque todo fluye de esta tierra y Frondizi dice que por fin hemos ganado la batalla del petróleo.
La motoneta está volcada con el motor en marcha y la rueda trasera gira en el vacío. Mi viejo trata de ponerse de pie antes de que yo llegue, pero lo que más se le ha herido es el orgullo. Se frota la pierna y putea por el siete abierto en el único pantalón, a la altura de la rodilla. Dice que ha sido mi culpa, que lo encerré justo en la subida, que por qué mierda me cruzo en su camino. Nunca seré buen ingeniero, agrega, y apaga el motor para enderezar el manubrio y recoger el equipaje.
Lo escucho sin contestar. Todavía hoy sigo subido a una barda, oyéndolo putear ahí abajo, mientras mi hijo juega con la espuma de las olas y grita alborozado en una playa de Mogotes. Somos muchos y uno solo, hasta donde me alcanza la memoria. A cada generación tenemos menos cosas que podamos sentir como propias. Queda el hermetismo de mi padre en la mirada del chico que corre junto al mar. A él le contaré esta tonta historia de pérdidas y caídas, la de mi padre que rueda y la mía que no supe defender.
Aquel mediodía mi viejo se aleja rengueando para orinar entre los arbustos y se queda un rato escondido para que no vea su rodilla lastimada. Levanto a Marlene Dietrich que ha dejado un surco en la arena y vuelvo la mirada hacia la torre y el péndulo. Parece un fantasma de luto recortado en la lejanía. Y el charco de petróleo que ensucia las bardas, tan ajeno al mar donde ahora juega mi hijo. Mi bisabuelo fue bandolero y asaltante de caminos en Valencia hasta que lo mató la Guardia Civil. Me lo confiesa mi viejo al atardecer, mientras cebamos mate bajo la carrocería oxidada de un Ford T. No recuerdo bien su relato pero pinta al bisabuelo de a caballo y con un trabuco a la cintura. Trata de impresionarme pero está muy derrengado para ser creíble. El pantalón roto, la corbata abierta, el ombligo al aire y pronto cincuenta años. No hay más que gigantescos fracasos entre el bisabuelo que asaltaba diligencias y ese sobrestante de Obras Sanitarias que levanta la mirada y me señala con un gesto orgulloso la insignia del petróleo argentino. Una vida tendiendo redes de agua, haciendo cálculos, inventando ilusiones. Sueña con que yo sea ingeniero. De esa ínfima epopeya le quedan a mi madre doscientos pesos de pensión y a mí algunas anécdotas sin importancia.
Mi padre lleva unos pocos billetes chicos en el bolsillo. Justo para la pensión y la nafta de la vuelta. Nunca ganó un peso sin trabajar. No sé si está conforme con su vida. Igual, no puede hacerla de nuevo. Ha vivido frente a los palos, mirando venir una pelota que nunca aterriza. Intentó zafar de la marca, correrse, poner la cabeza, pero no supo usar los codos. Caminó siempre por los peldaños de una escalera acostada. Tarzán en monopatín, Batman esperando el colectivo, San Martín soñando con las chicas de Divito. Y sin embargo, cuando fuma en silencio, parece a punto de encontrar la solución. Como aquella noche en un sucio cuarto de alquiler donde saca la regla de cálculos y diseña un oleoducto inútil, con jardines y caminos de los que ningún motociclista podría caerse. Pero de eso no queda nada: el dibujo se le extravió en otro porrazo y las torres ya son de otros más rápidos que él.
Discutimos en la pensión porque yo ignoraba las matemáticas y la química y volvimos en silencio, muy lejos uno del otro. Lo dejé ir adelante y todavía veo su camisa sudada flotando en la ventolera. Yo no sabía qué hacer de mi vida y miraba para arriba a ver si bajaba la pelota. Tenía diecinueve años y me sentía solo en una cancha vacía. Todavía estoy ahí, demorado con mi padre en medio del camino. Imagino historias porque me gusta estar solo con un cigarrillo y estoy cerca de la edad que tenía mi padre cuando se tumbaba de la moto. Fueron muchas las caídas y no siempre lo levanté. Me gustaría saber qué opinión tendría de mí, que he perdido su petróleo. Quisiera que echara una ojeada a estas líneas y a otras. Que me regalara un juguete y me contara cuántas veces estuvo enamorado; que me explicara qué carajo hacíamos los dos en un camino de Neuquén rumbo a las torres de YPF, mientras en el transistor se apagaba la voz de Julio Sosa cubierta por los acordes de otra marcha militar.

Fuente: Osvaldo Soriano, Cuentos de los años felices, Ed. Sudamericana

Vidrios rotos - Osvaldo Soriano

Cuento de Osvaldo Soriano

     La primera honda que tuve me la hizo en San Luis mi tío Eugenio, que trabajaba de detective en el casino de Mar del Plata. Era una joya: habíamos buscado la horqueta perfecta por todos los árboles del barrio y cuando la encontramos yo subí de rama en rama para cortar la que guardaba el tesoro. Mi tío la peló con un cuchillo y la pintó con un barniz amarronado. Los elásticos los cortó de una cámara que nos regalaron en la gomería y para alojar el proyectil buscó un cuero suave, como gamuza, que hacía juego con el color de la madera. Los amarres con firulete los hizo mi padre con un alambre de cobre bien pulido.
Ése fue uno de los grandes días de mi vida. Ponía­mos tarros de conserva alineados en el fondo de un baldío y practicábamos hasta el anochecer. Mi tío era pura pasión pero acertaba pocas veces. Lo mismo le pasaba con los números del casino, donde dejó fortunas propias y ajenas. Hasta que pasó al otro lado del mostra­dor y aprendió la profesión de los escruchantes para agarrarlos con las manos en la masa. Para sorpresa de todos, el que se reveló muy bueno fue mi viejo, que había pasado por el Otto Krause y detrás de la máscara de hombre de ciencia conservaba la picardía de su abuelo, el pistolero de Valencia. Como todo zurdo contrariado a mí me costaba acomodarme para tirar. Todavía recuerdo con rencor a la maestra que alzaba la voz y me gritaba: "¡Niño Soriano, la lapicera se toma con la diestra!". Y yo la agarraba con la derecha y dibujaba una caligrafía imposible que todavía hoy me cuesta descifrar.
Lo cierto es que me costaba acomodarme a la gomera. Una noche de verano salimos con mi padre en ronda de inspección para sorprender a los que derrochaban agua corriente. Caminamos sin apuro, después de cenar, hasta el barrio de chalés. Ahí había gente que tenía piscinas de veinticinco metros y mandaba lavar coches, veredas, frentes con el agua que les faltaba a los infelices que no tenían plata para pagarse tanques de reserva ni motores eléctricos.
Mi padre tocaba el timbre y se presentaba como un caballero, quitándose el sombrero ante las damas. Yo me quedaba unos pasos atrás a escuchar su discurso que cambiaba cada vez y derivaba en evocaciones poéticas y citas sarmientinas. Es verdad que a veces hacía demago­gia. Ponía en la pluma de Sarmiento y en la boca de San Martín cosas que a mí en el colegio nunca me habían enseñado. Tenía fibra para golpear al hígado y llegar al corazón. Una vez, frente a un industrial con pinta de señorito consentido, que nos había mandado dos veces a la mierda, señaló un grueso y frondoso roble que tapaba la entrada de un potrero y le preguntó con voz serena y convencida: "¿Sabe que el general Belgrano ató su caballo a ese árbol cuando volvía de la batalla de Tucumán?". El señorito se sorprendió y miró al baldío mientras en su patio seguía la fiesta y los invitados se zambullían en la pileta iluminada por grandes faroles. "A mí qué carajo me importa", contestó el tipo y nos cerró la puerta en las narices. Mi padre me puso la mano sobre la cabeza, se limpió el polvo de los zapatos y volvió a tocar timbre. El tipo apareció de nuevo, metió la mano al bolsillo y empezó a contar unos billetes arrugados. "Tomá –le dijo a mi viejo–, andá a comprarle un helado al pibe."
Hacía tanto que no me compraban un helado que ahí no más se me aceleró la respiración. Los billetes eran marrones, nuevitos, y el tipo se los tendía a mi viejo con una sonrisa displicente y pacífica. Alcanzaba para dos kilos de chocolate, crema americana y frutilla. Desde el fondo llegaba la melosa voz de Lucho Gatica. A mí me latía fuerte el corazón mientras mi padre seguía parado ahí, bajo el alero del porche, con el traje todo raído y el sombrero en la mano. No le gustaba que lo tutearan. De pronto levantó el brazo y señaló de nuevo el árbol. "La tropa acampó atrás –dijo–. El general estaba muy enfermo y pasó la noche abajo de ese árbol. No tenían ni una gota de agua y todos se pusieron a rezar para que lloviera."
Hubo un largo silencio hasta que apareció un muchachón con un balde de agua y se paró bajo el marco de la puerta. "¿Y, llovió mucho?", preguntó el industrial, burlón, mientras contaba dos billetes más. "Ni una gota", contestó mi viejo y movió la cabeza, desconsolado por la triste suerte del general. "Mandó hacer un pozo para buscar agua y enterrar a los soldados que se le morían."
Yo me di cuenta enseguida de que tampoco esa noche iba a tener helado. Mi viejo se calzó el sombrero con un gesto cansado mientras se escuchaban las risas de las mujeres y los arrumacos del trío Los Panchos. "No se conseguía agua metiendo la mano en el bolsillo, señor", dijo mi viejo. El tipo extendió el brazo con la plata y mi viejo dio un paso atrás. "Mirá –se empezó a cansar el otro–, el gobernador está adentro, así que tomatelás, ¿sabés? Rajá si no querés perder el empleo." Mi padre me tomó de un hombro y empezamos a salir. Entonces llegó el baldazo y sentí que a mí también me salpicaba el chapuzón de mi padre. Salí corriendo pero mi viejo hizo como si nada hubiera pasado. El industrial y el otro largaron la carcajada y la puerta se cerró de golpe. Ya tenían algo para contarle al gobernador y reírse toda la noche al borde de la pileta.
Cruzamos la calle en silencio. Al llegar a la esquina no pude contenerme y me eché a llorar como un tonto. Mi viejo caminaba cabizbajo pero imperturbable y fue a sentarse bajo el árbol donde según él había pasado la noche el general Belgrano. Prendió un cigarrillo, sacó el talonario y escribió la multa con una letra redonda y clara que siempre le envidié. El cielo estaba estrellado y hacía un calor de infierno. Justo para estar al lado de la pileta tomando un helado. "No le cuentes nada a mamá, ¿querés?", me dijo. Yo pensaba en los billetes marrones y en los días que faltaban para fin de mes, cuando traía su sueldo de morondanga. Por decir algo le pregunté cómo había hecho Belgrano para conseguir agua.
–No sé, hijo; en cada puerta que golpeaba le tiraban un balde con mierda.
Se puso de pie, se quitó el saco para escurrirlo y me pidió que le inventáramos a mi madre un accidente con el camión regador. Ya nos íbamos cuando de repente se paró a mirar la copa del árbol.
–¿Trajiste la gomera? –me preguntó.
Le dije que sí y se la pasé con la bolsita de piedras que llevaba bien agarrada al cinturón.
Dejó el saco sobre un arbusto y empezó a trepar por el tronco. No estaba para esos trotes pero alcanzó a ganar la primera rama y de ahí pasó a otra más alta hasta que empecé a perderlo de vista. Tenía miedo de que se cayera y se rompiera algo, como le había pasado otras veces. Empecé a imaginar a Belgrano encaramado al árbol, oteando el horizonte, enfermo y sucio, con el pantalón blanco, la chaqueta azul y el poncho colorado.
Entonces escuché un ruido de vidrios rotos y enseguida una lámpara hecha añicos y otra que reventaba. Me di vuelta y vi que la casa de la piscina se quedaba a oscuras. Busqué a mi padre entre el follaje del árbol y de pronto lo oí desplomarse a mi lado con la gomera en la mano. Esta vez cayó de pie y con la cara iluminada.
–Dale –me dijo en voz baja–. Vamos a tomar un helado.

Fuente: Osvaldo Soriano, Cuentos de los años felices, Ed. Sudamericana