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Dos fábulas de Esopo

Portada del libro Fabulas de esopo Cuentos el fanfarron y el canoso y sus dos pretendientes
Esopo (siglo VI a. C.): no es mucho lo que se sabe con certeza acerca de él. Se piensa que nació en Frigia y que fue esclavo del filósofo Jantos.
Estas dos fábulas de Esopo fueron tomadas de un lector electrónico Papyre, Ed. Grammata 1ª Edición digital: mayo 2010.

El caballo y el asno - Esopo - Fábula

Fábula de Esopo

Un hombre tenía un caballo y un asno. Un día que ambos iban camino a la ciudad, el asno, sintiéndose cansado, le dijo al caballo:
—Toma una parte de mi carga si te interesa mi vida.
El caballo haciéndose el sordo no dijo nada y el asno cayó víctima de la fatiga, y murió allí mismo.
Entonces el dueño echó toda la carga encima del caballo, incluso la piel del asno. Y el caballo, suspirando dijo:
—¡Qué mala suerte tengo! ¡Por no haber querido cargar con un ligero fardo ahora tengo que cargar con todo, y hasta con la piel del asno!

Moraleja: Cuando no tiendes la mano para ayudar a tu prójimo que honestamente te lo pide, en realidad te estás perjudicando a ti mismo.

El astrónomo - Esopo - Fábula

Fábula de Esopo

Tenía un astrónomo la costumbre de pasear todas las noches estudiando los astros. Un día que vagaba por las afueras de la ciudad, absorto en la contemplación del cielo, cayó inopinadamente en un pozo. Mientras se lamentaba y daba voces, acertó a pasar un hombre, que al oír sus lamentos se le acercó para saber su motivo; enterado de lo sucedido, dijo:
—¡Amigo mío! ¿Quieres ver lo que hay en el cielo y no ves lo que ha en la tierra?

Moraleja: Está bien mirar y conocer a nuestro alrededor, pero antes hay que saber dónde se está parado.

El asno, el gallo y el león - Esopo - Fábula

Fábula de Esopo


Estaban un gallo y un asno en un pastizal cuando llegó un hambriento león. Y ya iba el león a tirarse encima del asno, cuando el gallo, cuyo cantar se dice que atemoriza a los leones, gritó fuertemente, haciendo salir corriendo al león tan rápido como pudo.
El asno al ver el impacto que un simple canto del gallo realizaba, se llenó de coraje para atacar al león, y corrió tras de él con ese propósito.
No había recorrido mayor distancia cuando el león se volvió, lo atrapó y lo seccionó en pedazos.

Moraleja: Ten siempre presente que las cualidades de tu prójimo no son necesariamente las tuyas.

El asno y la zorra encuentran al león - Esopo - Fábula

Fábula de Esopo

El asno y la zorra, habiéndose unido para su mutua protección, salieron un día de caza.
No anduvieron mucho cuando encontraron un león.
La zorra, segura del inmediato peligro, se acercó al león y le prometió ayudar a capturar al asno si le daba su palabra de no dañarla a ella.
Entonces, afirmándole al asno que no sería maltratado, lo llevó a un profundo foso diciéndole que se guareciera allí.
El león, viendo que ya el asno estaba asegurado, inmediatamente agarró a la zorra, y luego atacó al asno a su antojo.

Moraleja: Nunca traiciones a un amigo por temor al enemigo, pues al final, tú también saldrás traicionado.

El asno juguetón - Esopo - Fábula

Fábula de Esopo

Un asno se subió al techo de una casa y brincando allá arriba, resquebrajó el techado. Corrió el dueño tras de él, lo bajó de inmediato y lo castigó severamente con un leño. Dijo entonces el asno:
—¿Por qué me castigan, si yo vi ayer al mono hacer exactamente lo mismo y todos reían felices?

Moraleja: Trabaja siempre para lo que te has preparado, no hagas lo que no es de tu campo.

El anciano y la muerte - Esopo - Fábula

Fábula de Esopo

Un día un anciano, después de cortar leña, la cargó a su espalda.
Largo era el camino que le quedaba. Fatigado por la marcha, soltó la carga y llamó a la Muerte. Ésta se presentó y le preguntó por qué la llamaba.
Contestó el viejo:
—Para que me ayudes a cargar la leña…

Moraleja: Por lo general, el impulso por la vida es más fuerte que su propio dolor.

El águila y el escarabajo - Esopo

Fábula de Esopo

Estaba una liebre siendo perseguida por un águila, y viéndose perdida pidió ayuda a un escarabajo, suplicándole que le salvara. Le pidió el escarabajo al águila que perdonara a su amiga. Pero el águila, despreciando la insignificancia del escarabajo, devoró a la liebre en su presencia.
Desde entonces, buscando vengarse, el escarabajo observaba los lugares donde el águila ponía sus huevos, y haciéndolos rodar, los tiraba a tierra. Viéndose el águila echada del lugar a donde quiera que fuera, recurrió a Zeus pidiéndole un lugar seguro para depositar sus futuros pequeñuelos.
Le ofreció Zeus colocarlos en su regazo, pero el escarabajo, viendo la táctica escapatoria, hizo una bolita de barro, voló y la dejó caer sobre el regazo de Zeus. Se levantó entonces Zeus para sacudirse aquella suciedad, y tiró por tierra los huevos sin darse cuenta. Por eso desde entonces, las águilas no ponen huevos en la época en que salen a volar los escarabajos.

Moraleja: Nunca desprecies lo que parece insignificante, pues no hay ser tan débil que no pueda alcanzarte.

Diógenes y el calvo - Esopo

Fábula de Esopo

Diógenes, el filósofo cínico, insultado por un hombre que era calvo, replicó:
—¡Los dioses me libren de responderte con insultos! ¡Al contrario, alabo los cabellos que han abandonado ese cráneo pelado!

Moraleja: Si regalamos insulto, no esperemos de regreso un regalo menor.

El Viento y el Sol - Esopo

Fábula de Esopo

El Viento y el Sol disputaban sobre sus poderes, y decidieron conceder la palma al que despojara a un viajero de sus vestidos.
El Viento empezó de primero, soplando con violencia; y apretó el hombre contra sí sus ropas. El Viento asaltó entonces con más fuerza; pero el hombre, molesto por el frío, se colocó otro vestido. El Viento, vencido, se lo entregó al Sol.
Éste empezó a iluminar suavemente, y el hombre se despojó de su segundo vestido; luego, poco a poco, le envió el Sol sus rayos más ardientes, hasta que el hombre, no pudiendo resistir más el calor, se quitó sus ropas para ir a bañarse en el río vecino.

Moraleja: Es mucho más poderosa una suave persuasión que un acto de violencia.

El León y la espina - Ambrose Bierce

Microcuento de Ambrose Bierce

Un León que rondaba por el bosque se clavó una espina en la pata y, al encontrarse con un Pastor, le pidió que se la quitara. El Pastor así lo hizo, y el León, satisfecho porque ya se había comido a otro pastor, se alejó sin hacerle daño. Un tiempo después condenaron al Pastor, por una falsa acusación, a ser arrojado a los leones en el anfiteatro. Cuando estaban a punto de devorarlo, uno de ellos dijo:
—Este es el hombre que me quitó la espina de la pata.
Al escuchar esto, los otros leones se abstuvieron honorablemente, y el solicitante se comió al Pastor él solo.

De En frasco chico, Ed. Colihue

El león y el pastor - Esopo

Fábula de Esopo

Un león que se había extraviado en un bosque se clavó una espina en la pata. Tan dolorido estaba que apenas podía caminar. Casualmente pasaba por ahí un pastor. El animal se le acercó y comenzó a mover la cola y a mostrarle la pata herida.
Atemorizado, el hombre le ofreció comida; pero la fiera la rechazó. Se acercó más y por fin logró que el pastor comprendiera sus gestos y lo curara. El león, al sentirse aliviado, le lamió las manos en señal de agradecimiento y se marchó sin hacerle daño.
Años después, el león fue cazado y llevado para devorar a los malhechores. El pastor había cometido un delito por el que estaba condenado a muerte, y fue arrojado a las fieras. Entre estas estaba el viejo león que, reconociéndolo, se le acercó mansamente y lo defendió de las demás bestias. Los espectadores se asombraron; el pastor les contó el episodio de la espina, y por esta razón dejaron en libertad al hombre y al león.

No seamos ingratos con los que nos ayudan. La gratitud es propia de las almas nobles.

De En frasco chico, Ed. Colihue.

Ejemplo V - Don Juan Manuel

Fábula de Don Juan Manuel

 

De lo que sucedió a una zorra con un cuervo que llevaba un pedazo de queso en el pico

En una oportunidad, un cuervo encontró un gran trozo de queso y subió a un árbol para poderlo comer a su antojo, sin recelo ni preocupación. Cuando allí estaba, pasó por abajo la zorra y al ver el queso que tenía el cuervo empezó a tramar la manera de arrebatárselo, por lo cual comenzó a hablarle de este modo:
—Don Cuervo: hace largo tiempo que oí hablar de vuestra nobleza y hermosura y aunque os he buscado mucho, no quisieron Dios ni mi suerte que os encontrase hasta ahora, que os veo y comprendo que en vos hay mucha más belleza de la que me ponderaban. Para que veáis que no os lo digo por lisonja, así como os mostraré las excelencias que en vos encuentre, así también os señalaré aquello en que la gente considera que no sois tan apuesto. Todos consideran que el color de vuestras plumas, de vuestros ojos, del pico, las patas y las uñas es negro, y porque lo negro no es tan bello como lo de otro color, siendo vos así, piensan que constituye mengua de vuestra hermosura, y no se dan cuenta de que se equivocan mucho. Pues aunque vuestras plumas son negras, ese color es tan brillante e intenso, que da reflejos azules, como el plumaje del pavo real, la más hermosa ave del mundo. Y aunque vuestros ojos son negros, en cuanto a ojos, son mucho más hermosos que otros ningunos, pues la propiedad del ojo no es sino ver, y como todo lo negro conforta la visión, las mejores pupilas son las de ese color, por lo que se loan las de la gacela, más oscuras que la de ningún otro animal. Además, vuestro pico y garras son más poderosos que los de ninguna otra ave de vuestro tamaño. Igualmente, sois tan ligera en el vuelo que nada os daña ir contra el viento, por fuerte que sea, lo que otras aves no pueden hacer con la facilidad que vos. Por ello considero que, pues Dios todo lo hace con razón, no habría consentido que, siendo vos tan perfecto, hubieseis tenido la deficiencia de no cantar mejor que otras aves. Y ya que Dios me hizo tanta merced de veros y sé que reside en vos mucha más belleza de cuanto oí loar de vos, si pudiese escuchar vuestro canto me consideraría eternamente bienaventurada.
Desde que el cuervo vio cuánto le alababa la zorra, y cómo le decía verdad, creyó que era sincera en todo lo demás, y la creyó su amiga, sin sospechar que lo hacía por arrebatarle el queso que tenía en el pico. Por las buenas razones que le había escuchado como por los halagos y ruegos que le hacía la zorra para que cantase, abrió el pico para satisfacerla. Y cuando empezó a cantar, cayó el queso en la tierra, tomólo la zorra y huyó con él; así quedó engañado el cuervo por la vulpeja, creyendo que en él había más belleza y perfección que en la realidad.

Entendiendo don Juan que este apólogo era excelente, ordenó incluirlo en el presente libro y agregó los versos que contienen, abreviado, su sentido moral:

El que te alaba con lo que no tienes,
llevarse lo tuyo sin duda quiere

De El Conde Lucanor, Ed. Club Internacional del Libro

La obra maestra - Álvaro Yunque

Cuento de Álvaro Yunque

El mono agarró un tronco de árbol, lo subió hasta el más alto pico de una sierra, lo dejó allí, y cuando bajó al llano, explicó a los demás animales.
—¿Ven aquello que está allá? ¡Es una estatua, una obra maestra! La hice yo.
Y los animales, mirando aquello que veían allá en lo alto, sin distinguir bien qué fuere, comenzaron a repetir que aquello era una obra maestra. Y todos admiraron al mono como a un gran artista. Todos menos el cóndor, porque el cóndor era el único que podía volar hasta el pico de la sierra y ver que aquello sólo era un viejo tronco de árbol. Dijo a muchos lo que había visto; pero ninguno creyó al cóndor, porque es natural en el ser que camina no creer al que vuela.

Fuente: Leer X leer, Editorial Universitaria de Buenos Aires

La insolación - Horacio Quiroga

Cuento de Horacio Quiroga

El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto y perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estiró al monte, entrecerrando los ojos, la nariz vibrátil, y se sentó tranquilo. Veía la monótona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte, monte y campo, sin más color que el crema del pasto y el negro del monte. Éste cerraba el horizonte, a doscientos metros, por tres lados de la chacra. Hacia el Oeste el campo se ensanchaba y extendía en abra, pero que la ineludible línea sombría enmarcaba a lo lejos.
A esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz a mediodía, adquiría reposada nitidez. No había una nube ni un soplo de viento. Bajo la calma del cielo plateado el campo emanaba tónica frescura que traía al alma pensativa, ante la certeza de otro día de seca, melancolías de mejor compensado trabajo.
Milk, el padre del cachorro, cruzó a la vez el patio y se sentó al lado de aquél, con perezoso quejido de bienestar. Ambos permanecían inmóviles, pues aún no había moscas.
Old, que miraba hacía rato a la vera del monte, observó:
—La mañana es fresca.
Milk siguió la mirada del cachorro y quedó con la vista fija, parpadeando distraído. Después de un rato dijo:
—En aquel árbol hay dos halcones.
Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba y continuaron mirando por costumbre las cosas.
Entretanto, el Oriente comenzaba a empurpurarse en abanico, y el horizonte había perdido ya su matinal precisión. Milk cruzó las patas delanteras y al hacerlo sintió un leve dolor. Miró sus dedos sin moverse, decidiéndose por fin a olfatearlos. El día anterior se había sacado un pique, y en recuerdo de lo que había sufrido lamió extensamente el dedo enfermo.
—No podía caminar —exclamó en conclusión.
Old no comprendió a qué se refería. Milk agregó:
—Hay muchos piques.
Esta vez el cachorro comprendió. Y repuso por su cuenta, después de largo rato:
—Hay muchos piques.
Uno y otro callaron de nuevo, convencidos.
El sol salió, y en el primer baño de su luz, las pavas del monte lanzaron al aire puro el tumultuoso trompeteo de su charanga. Los perros, dorados al sol oblicuo, entornaron los ojos, dulcificando su molicie en beato pestañeo. Poco a poco la pareja aumentó con la llegada de los otros compañeros: Dick, el taciturno preferido; Prince, cuyo labio superior, partido por un coatí, dejaba ver los dientes, e Isondú, de nombre indígena. Los cinco foxterriers, tendidos y beatos de bienestar, durmieron.
Al cabo de una hora irguieron la cabeza; por el lado opuesto del bizarro rancho de dos pisos —el inferior de barro y el alto de madera, con corredores y baranda de chalet—, habían sentido los pasos de su dueño, que bajaba la escalera. Míster Jones, la toalla al hombro, se detuvo un momento en la esquina del rancho y miró el sol, alto ya. Tenía aún la mirada muerta y el labio pendiente tras su solitaria velada de whisky, más prolongada que las habituales.
Mientras se lavaba, los perros se acercaron y le olfatearon las botas, meneando con pereza el rabo. Como las fieras amaestradas, los perros conocen el menor indicio de borrachera en su amo. Alejáronse con lentitud a echarse de nuevo al sol. Pero el calor creciente les hizo presto abandonar aquél por la sombra de los corredores.
El día avanzaba igual a los precedentes de todo ese mes: seco, límpido, con catorce horas de sol calcinante que parecía mantener el cielo en fusión, y que en un instante resquebrajaba la tierra mojada en costras blanquecinas. Míster Jones fue a la chacra, miró el trabajo del día anterior y retornó al rancho. En toda esa mañana no hizo nada. Almorzó y subió a dormir la siesta.
Los peones volvieron a las dos a la carpición, no obstante la hora de fuego, pues los yuyos no dejaban el algodonal. Tras ellos fueron los perros, muy amigos del cultivo desde el invierno pasado, cuando aprendieron a disputar a los halcones los gusanos blancos que levantaba el arado. Cada perro se echó bajo un algodonero, acompañando con su jadeo los golpes sordos de la azada.
Entretanto el calor crecía. En el paisaje silencioso y encegueciente de sol, el aire vibraba a todos lados, dañando la vista. La tierra removida exhalaba vaho de horno, que los peones soportaban sobre la cabeza, envuelta hasta las orejas en el flotante pañuelo, con el mutismo de sus trabajos de chacra. Los perros cambiaban a cada rato de planta, en procura de más fresca sombra. Tendíanse a lo largo, pero la fatiga los obligaba a sentarse sobre las patas traseras, para respirar mejor.
Reverberaba ahora adelante de ellos un pequeño páramo de greda que ni siquiera se había intentado arar. Allí, el cachorro vio de pronto a Míster Jones que lo miraba fijamente, sentado sobre un tronco. Old se puso en pie meneando el rabo. Los otros levantáronse también, pero erizados.
—Es el patrón —dijo el cachorro, sorprendido de la actitud de aquéllos.
—No, no es él —replicó Dick.
Los cuatro perros estaban apiñados gruñendo sordamente, sin apartar los ojos de míster Jones, que continuaba inmóvil, mirándolos. El cachorro, incrédulo, fue a avanzar, pero Prince le mostró los dientes:
—No es él, es la Muerte.
El cachorro se erizó de miedo y retrocedió al grupo.
—¿Es el patrón muerto? —preguntó ansiosamente. Los otros, sin responderle, rompieron a ladrar con furia, siempre en actitud temerosa. Pero míster Jones se desvanecía ya en el aire ondulante.
Al oír los ladridos, los peones habían levantado la vista, sin distinguir nada. Giraron la cabeza para ver si había entrado algún caballo en la chacra, y se doblaron de nuevo.
Los foxterriers volvieron al paso al rancho. El cachorro, erizado aún, se adelantaba y retrocedía con cortos trotes nerviosos, y supo de la experiencia de sus compañeros que cuando una cosa va a morir, aparece antes.
—¿Y cómo saben que ése que vimos no era el patrón vivo? —preguntó.
—Porque no era él —le respondieron displicentes.
¡Luego la Muerte, y con ella el cambio de dueño, las miserias, las patadas, estaba sobre ellos! Pasaron el resto de la tarde al lado de su patrón, sombríos y alerta. Al menor ruido gruñían, sin saber hacia dónde.
Por fin el sol se hundió tras el negro palmar del arroyo, y en la calma de la noche plateada los perros se estacionaron alrededor del rancho, en cuyo piso alto míster Jones recomenzaba su velada de whisky. A media noche oyeron sus pasos, luego la caída de las botas en el piso de tablas, y la luz se apagó. Los perros, entonces, sintieron más el próximo cambio de dueño, y solos al pie de la casa dormida, comenzaron a llorar. Lloraban en coro, volcando sus sollozos convulsivos y secos, como masticados, en un aullido de desolación, que la voz cazadora de Prince sostenía, mientras los otros tomaban el sollozo de nuevo. El cachorro sólo podía ladrar. La noche avanzaba, y los cuatro perros de edad, agrupados a la luz de la luna, el hocico extendido e hinchado de lamentos —bien alimentados y acariciados por el dueño que iban a perder—, continuaban llorando a lo alto su doméstica miseria.
A la mañana siguiente míster Jones fue él mismo a buscar las mulas y las unció a la carpidora, trabajando hasta las nueve. No estaba satisfecho, sin embargo. Fuera de que la tierra no había sido nunca bien rastreada, las cuchillas no tenían filo, y con el paso rápido de las mulas, la carpidora saltaba. Volvió con ésta y afiló sus rejas; pero un tornillo en que ya al comprar la máquina había notado una falla, se rompió al armarla. Mandó un peón al obraje próximo, recomendándole cuidara del caballo, un buen animal, pero asoleado. Alzó la cabeza al sol fundente de mediodía, e insistió en que no galopara ni un momento. Almorzó en seguida y subió. Los perros, que en la mañana no habían dejado un segundo a su patrón, se quedaron en los corredores.
La siesta pesaba, agobiada de luz y silencio. Todo el contorno estaba brumoso por las quemazones. Alrededor del rancho la tierra blanquizca del patio, deslumbraba por el sol a plomo, parecía deformarse en trémulo hervor, que adormecía los ojos parpadeantes de los foxterriers.
—No ha aparecido más —dijo Milk.
Old, al oír aparecido, levantó vivamente las orejas. Incitado por la evocación el cachorro se puso en pie y ladró, buscando a qué. Al rato calló, entregándose con sus compañeros a su defensiva cacería de moscas.
—No vino más —agregó Isondú.
—Había una lagartija bajo el raigón —recordó por primera vez Prince.
Una gallina, el pico abierto y las alas apartadas del cuerpo, cruzó el patio incandescente con su pesado trote de calor. Prince la siguió perezosamente con la vista y saltó de golpe.
—¡Viene otra vez! —gritó.
Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en que había ido el peón. Los perros se arquearon sobre las patas, ladrando con furia a la Muerte, que se acercaba. El caballo caminaba con la cabeza baja, aparentemente indeciso sobre el rumbo que debía seguir. Al pasar frente al rancho dio unos cuantos pasos en dirección al pozo, y se desvaneció progresivamente en la cruda luz.
Míster Jones bajó; no tenía sueño. Disponíase a proseguir el montaje de la carpidora, cuando vio llegar inesperadamente al peón a caballo. A pesar de su orden, tenía que haber galopado para volver a esa hora. Apenas libre y concluida su misión, el pobre caballo, en cuyos ijares era imposible contar los latidos, tembló agachando la cabeza, y cayó de costado. Míster Jones mandó a la chacra, todavía de sombrero y rebenque, al peón para no echarlo si continuaba oyendo sus jesuísticas disculpas.
Pero los perros estaban contentos. La Muerte, que buscaba a su patrón, se había conformado con el caballo. Sentíanse alegres, libres de preocupación, y en consecuencia disponíanse a ir a la chacra tras el peón, cuando oyeron a míster Jones que le gritaba pidiéndole el tornillo. No había tornillo: el almacén estaba cerrado, el encargado dormía, etc. Míster Jones, sin replicar, descolgó su casco y salió él mismo en busca del utensilio. Resistía el sol como un peón, y el paseo era maravilloso contra su mal humor.
Los perros salieron con él, pero se detuvieron a la sombra del primer algarrobo; hacía demasiado calor. Desde allí, firmes en las patas, el ceño contraído y atento, veían alejarse a su patrón. Al fin el temor a la soledad pudo más, y con agobiado trote siguieron tras él.
Míster Jones obtuvo su tornillo y volvió. Para acortar distancia, desde luego, evitando la polvorienta curva del camino, marchó en línea recta a su chacra. Llegó al riacho y se internó en el pajonal, el diluviano pajonal del Saladito, que ha crecido, secado y retoñado desde que hay paja en el mundo, sin conocer fuego. Las matas, arqueadas en bóveda a la altura del pecho, se entrelazan en bloques macizos. La tarea de cruzarlo, sería ya con día fresco, era muy dura a esa hora. Míster Jones lo atravesó, sin embargo, braceando entre la paja restallante y polvorienta por el barro que dejaban las crecientes, ahogado de fatiga y acres vahos de nitrato.
Salió por fin y se detuvo en la linde; pero era imposible permanecer quieto bajo ese sol y ese cansancio. Marchó de nuevo. Al calor quemante que crecía sin cesar desde tres días atrás, agregábase ahora el sofocamiento del tiempo descompuesto. El cielo estaba blanco y no se sentía un soplo de viento. El aire faltaba, con angustia cardíaca, que no permitía concluir la respiración.
Míster Jones adquirió el convencimiento de que había traspasado su límite de resistencia. Desde hacía rato le golpeaba en los oídos el latido de las carótidas. Sentíase en el aire, como si de dentro de la cabeza le empujaran el cráneo hacia arriba. Se mareaba mirando el pasto. Apresuró la marcha para acabar con eso de una vez... Y de pronto volvió en sí y se halló en distinto paraje: había caminado media cuadra sin darse cuenta de nada. Miró atrás, y la cabeza se le fue en un nuevo vértigo.
Entretanto, los perros seguían tras él, trotando con toda la lengua afuera. A veces, asfixiados, deteníanse en la sombra de un espartillo; se sentaban, precipitando su jadeo, para volver en seguida al tormento del sol. A1 fin, como la casa estaba ya próxima, apuraron el trote.
Fue en ese momento cuando Old, que iba adelante, vio tras el alambrado de la chacra a míster Jones, vestido de blanco, que caminaba hacia ellos. El cachorro, con súbito recuerdo, volvió la cabeza a su patrón, y confrontó.
—¡La Muerte, la Muerte! —aulló.
Los otros lo habían visto también, y ladraban erizados, y por un instante creyeron que se iba a equivocar; pero al llegar a cien metros se detuvo, miró el grupo con sus ojos celestes, y marchó adelante.
—¡Que no camine ligero el patrón! —exclamó Prince.
—¡Va a tropezar con él! —aullaron todos.
En efecto, el otro, tras breve hesitación, había avanzado, pero no directamente sobre ellos como antes, sino en línea oblicua y en apariencia errónea, pero que debía llevarlo justo al encuentro de míster Jones. Los perros comprendieron que esta vez todo concluía, porque su patrón continuaba caminando a igual paso como un autómata, sin darse cuenta de nada. El otro llegaba ya. Los perros hundieron el rabo y corrieron de costado, aullando. Pasó un segundo y el encuentro se produjo. Míster Jones se detuvo, giró sobre sí mismo y se desplomó.
Los peones, que lo vieron caer, lo llevaron a prisa al rancho, pero fue inútil toda el agua; murió sin volver en sí. Míster Moore, su hermano materno, fue allá desde Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra, y en cuatro días liquidó todo, volviéndose en seguida al Sur. Los indios se repartieron los perros, que vivieron en adelante flacos y sarnosos, e iban todas las noches con hambriento sigilo a robar espigas de maíz en las chacras ajenas.

Fuente: Horacio Quiroga, Cuentos de amor, de locura y de muerte, Fontana.