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El hombre mudo - Sherwood Anderson

Hay una historia –no la puedo contar- no tengo palabras. La historia está casi olvidada pero a veces me acuerdo.

La historia se refiere a tres hombres en una casa en una calle. Si yo pudiera decir
las palabras yo cantaría la historia. Yo le susurraría a los oídos de las mujeres,
de las madres. Corría por las calles diciéndolo una y otra vez. Mi
lengua se desgarraría -se estrellaría contra mis dientes.

Nacido de hombre y mujer - Richard Matheson

Portada del libro nacido de hombre y mujer y otras historias espeluznantes
Richard Matheson (1926-2013): escritor y guionista estadounidense. Es autor de varios capítulos de la serie "La dimensión desconocida", y Steven Spielberg adaptó para el cine su cuento "Duelo". Entre sus libros más conocidos figuran Soy leyenda (novela), El hombre menguante (novela), Las playas del espacio (cuentos) y El último escalón (novela).
El cuento que te presentamos fue tomado del libro Nacido de hombre y mujer y otras historias espeluznantes, Ed. Gigamesh.

Celephais - Lovecraft

Portada del libro el santuario y otros cuentos lovecraft cuento celephais
Howard Phillips Lovecraft (1890 - 1937): escritor estadounidense que cultivó la poesía, la novela y el cuento, y se destacó especialmente por sus relatos de terror y de ciencia ficción. Algunos de sus libros son El color que cayó del cielo, El abismo en el tiempo, El horror de Dunwich. El cuento "Celephais" fue tomado del libro El santuario y otros cuentos, Ed. Need.

Bop, bop, contra aquel telón - Charles Bukowski - Cuento

Hablábamos de mujeres, les espiábamos las piernas al bajar de los coches y de noche mirábamos por las ventanas con la esperanza de ver a alguien follando, pero nunca teníamos suerte. Una vez descubrimos a una pareja en la cama; el hombre manoseaba a su mujer y pensamos: ahora lo vamos a ver.
—¡No, no quiero hacerlo esta noche! —dijo ella, y le dio la espalda.
El hombre encendió un cigarrillo y nosotros fuimos en busca de otra ventana.
—¡Qué hijo de puta! A mí ninguna mujer me haría eso.
—A mí tampoco. ¿Qué clase de hombre será?
Éramos tres: Baldy, Jimmy y yo. Para nosotros el domingo era el gran día. El domingo nos reuníamos en la casa de Baldy y cogíamos el tranvía hasta la calle principal. El billete costaba siete centavos.
En aquella época había dos sitios con espectáculos de variedades, el Follies y el Burbank. Estábamos enamorados de las strippers del Burbank y allí los chistes eran un poco mejores, así que íbamos al Burbank. Habíamos probado la sala de cine porno, pero las películas no eran realmente pornográficas y los argumentos no cambiaban nunca. Un par de tipos emborrachaba a una jovencita inocente y antes de que se le pasara la resaca la chica se encontraba en un prostíbulo con una fila de marineros y jorobados aporreando la puerta. Además, en esos sitios los vagabundos dormían noche y día, meaban en el suelo, bebían vino y se robaban unos a otros. Apestaba a orina, a vino y a crimen. Decidimos ir al Burbank.
—Chicos, ¿vais a un espectáculo de variedades? —preguntaba el abuelo de Baldy.
—Claro que no, señor. Tenemos cosas importantes que hacer.
Allá íbamos. Allá íbamos todos los domingos. Llegábamos temprano por la mañana, mucho antes de que empezara el espectáculo, y paseábamos por la calle principal mirando hacia los bares vacíos donde las chicas de alterne, sentadas junto a la puerta con la falda levantada, agitaban los tobillos a la luz del sol que entraba en aquellos sitios oscuros. Las chicas tenían buen aspecto. Pero nosotros sabíamos. Nos habíamos enterado. Si un tipo entraba a tomar una copa, le cobraban una fortuna, tanto por su trago como por el de la chica. Pero el trago de la chica estaba aguado. La podías tocar un poco, pero eso era todo. Si mostrabas dinero, el encargado lo veía y ponía algo en la bebida y despertabas fuera del bar con los bolsillos vacíos. Lo sabíamos.
Después del paseo por la calle principal íbamos al sitio de los perros calientes y comprábamos un perro caliente por ocho centavos y un enorme vaso de refresco por cinco. Hacíamos pesas y nos abultaban los músculos, y andábamos con las mangas de la camisa remangadas y cada uno llevaba un paquete de cigarrillos en el bolsillo superior. Hasta habíamos probado un curso de Charles Atlas, Tensión Dinámica, pero las pesas parecían una solución más recia y evidente.
Mientras comíamos el perro caliente y bebíamos el abundante refresco, jugábamos al flipper, un centavo por juego. Llegamos a conocer muy bien aquella máquina. Si lograbas la puntuación máxima, podías volver a jugar gratis. Como escaseaba el dinero, teníamos que lograr la puntuación máxima.
Franky Roosevelt era presidente, las cosas mejoraban pero aún seguía la depresión y ninguno de nuestros padres trabajaba. De dónde sacábamos nuestra pequeña cantidad de dinero para gastos era un misterio, sólo que teníamos buen ojo para todo lo que no estuviera pegado al suelo. No robábamos, compartíamos. E inventábamos. Como teníamos poco o nada de dinero, inventábamos pequeños juegos para pasar el tiempo. Uno de ellos consistía en ir y venir de la playa a pie.
Eso ocurría sobre todo en días de verano, y nuestros padres nunca se quejaban cuando llegábamos a casa demasiado tarde para la cena. Tampoco les preocupaban las abultadas y relucientes ampollas que teníamos en las plantas de los pies. Nos empezábamos a enterar cuando veían cómo habíamos gastado los tacones y las suelas de los zapatos. Nos mandaban a algún almacén barato donde había tacones y suelas y cola a buen precio.
Se repetía la situación cuando jugábamos al fútbol americano en las calles. No había fondos públicos para construir sitios de recreo. Eramos tan duros que jugábamos al fútbol americano en las calles durante la temporada de fútbol, la temporada de baloncesto, la temporada de béisbol y la siguiente temporada de fútbol. Cuando te hacen un placaje en el asfalto, ocurren cosas. Se raspa la piel, se magullan los huesos, sale sangre, pero uno se levantaba como si no hubiera pasado nada.
A nuestros padres jamás les importaban las costras y la sangre y los morados; el terrible e imperdonable pecado era aparecer con un agujero en una de las rodillas de los pantalones. Porque cada chico sólo tenía dos pares de pantalones: los pantalones de todos los días y los pantalones del domingo, y no se podía hacer nunca un agujero en la rodilla de uno de los dos pares, porque eso demostraba que eras pobre e imbécil y que tus padres también eran pobres e imbéciles. Así que aprendías a placar al otro sin caer sobre ninguna de las rodillas. Y el que recibía el placaje aprendía a ingeniárselas para no caer sobre ninguna de las rodillas.
Cuando nos peleábamos, combatíamos durante horas y nuestros padres no iban a salvarnos. Supongo que como fingíamos ser muy duros y nunca pedíamos clemencia, esperaban que alguna vez lo hiciéramos. Pero no podíamos hacerlo porque detestábamos a nuestros padres, y como los odiábamos ellos nos odiaban otro tanto, y salían a los porches y nos miraban con indiferencia mientras estábamos enredados en una terrible e interminable pelea. Bostezaban y recogían del suelo algún volante publicitario y se metían de nuevo en la casa.
Yo peleaba contra un tipo que después llegó a un puesto muy alto en la Marina de los Estados Unidos. Un día peleé con él desde las ocho y media de la mañana hasta la puesta del sol. Nadie nos detuvo a pesar de que estábamos bien a la vista, en su jardín delantero, bajo dos enormes pimenteros desde donde los gorriones nos cagaron todo el día.
Fue una lucha implacable, a muerte. Él era más grande, un poco mayor que yo y más pesado, pero yo estaba más loco. Paramos de común acuerdo: no sé cómo funciona eso, hay que experimentarlo para entenderlo, pero después de que dos personas se pegan durante ocho o nueve horas, surge una extraña especie de hermandad.
Al día siguiente yo tenía todo el cuerpo amoratado. No podía usar los labios para hablar ni mover ninguna parte del cuerpo sin sentir dolor. Estaba en la cama preparándome para morir cuando apareció mi madre con la camisa que había usado durante la pelea. Me la puso delante de la cara, sobre la cama, y me dijo:
—¡Mira, tienes manchas de sangre en esta camisa! ¡Manchas de sangre!
—¡Lo siento!
—¡No las voy a poder sacar NUNCA!
—Son manchas de sangre de él.
—¡Qué importa! ¡Es sangre! ¡No sale!

El domingo era nuestro día, nuestro día cómodo y tranquilo. Íbamos al Burbank. Siempre daban primero una película mala. Una película muy antigua, que uno miraba mientras hacía tiempo. Mientras pensaba en las chicas. Había tres o cuatro músicos en el foso que tocaban fuerte, quizá no muy bien pero sí fuerte, y por fin salían las mujeres y agarraban el telón, el borde del telón, como si fuera un hombre, y meneaban el cuerpo haciendo bop, bop, contra ese telón. Después giraban y empezaban a desnudarse. Si tenías dinero suficiente, hasta podías comer una bolsa de palomitas de maíz, y si no, te jodías.
Antes del número siguiente había un intermedio. Aparecía un hombrecito que decía:
—Señoras y señores, pido su amable atención... —Vendía anillos visores. En el cristal de cada anillo, si se apuntaba hacia la luz, había una imagen maravillosa. ¡Lo juraba! Cada anillo costaba sólo 50 centavos, un valioso objeto para toda la vida por sólo 50 centavos, disponible nada más que para los clientes del Burbank—. ¡Apunten hacia la luz y verán! Y gracias, señoras y señores, por su amable atención. Ahora los acomodadores irán por los pasillos a ofrecerlos.
Un par de infelices con olor a moscatel se acercaban por los pasillos con una bolsa de anillos visores en la mano. Nunca vi que nadie comprara uno. Pero me imagino que si mirabas hacia la luz veías en el cristal a una mujer desnuda.
La banda empezaba a tocar de nuevo y se abría el telón y aparecían las coristas, la mayoría ex artistas de striptease viejas con mucho rímel y colorete y pintura de labios y pestañas postizas. Hacían lo imposible por moverse al compás de la música, pero siempre se atrasaban un poco. Sin embargo, no dejaban de esforzarse. Me parecían muy valientes.
Entonces venía el cantante. Costaba que te gustara el cantante. Cantaba muy fuerte sobre amores contrariados. No sabía cantar, y cuando terminaba abría los brazos e inclinaba la cabeza agradeciendo unos aplausos casi inexistentes. Después llegaba el cómico. ¡Y qué bueno era!
Aparecía vestido con un viejo abrigo marrón, un sombrero calado hasta los ojos, encorvado y caminando como un pobre diablo, un pobre diablo que no tiene nada que hacer ni a donde ir. Una chica atravesaba el escenario y él la seguía con la mirada. Entonces se volvía hacia el público y con aquella boca desdentada decía:
—¡Caracoles!
Salía otra chica al escenario y él se le acercaba, pegaba la cara a la de ella y decía:
—Soy un viejo, paso de los cuarenta y cuatro, pero cuando se rompe la cama acabo en el suelo.
Eso bastaba. ¡Cómo nos reíamos! Cómo nos reíamos, jóvenes y viejos. Y después venía el número de la maleta. El hombre trataba de ayudar a una chica a hacer la maleta. La ropa no terminaba de acomodarse.
—¡No la puedo meter!
—A ver, que te ayudo.
—¡Volvió a salir!
—¡Espera! ¡La voy a pisar!
—¡Qué dices! ¡Ni se te ocurra pisarla!
El número de la maleta seguía y seguía. ¡Qué gracioso era aquel hombre!
Por último volvían a salir las tres o cuatro primeras strippers. Cada uno tenía su favorita y cada uno estaba enamorado de esa favorita. Baldy había elegido a una francesa delgada y asmática con ojeras oscuras. A Jimmy le gustaba la Mujer Tigre (más correctamente, La Tigresa). Le hice ver a Jimmy que la Mujer Tigre tenía, sin la menor duda, una teta más grande que la otra. La mía era Rosalie.
Rosalie tenía un culo grande y lo meneaba cantando divertidas cancioncillas, y mientras iba y venía quitándose la ropa hablaba sola y soltaba risitas. Era la única que disfrutaba de su trabajo. Yo estaba enamorado de Rosalie. A menudo pensaba en escribirle y decirle cuánto la admiraba pero, no sé por qué, nunca llegué a hacerlo.
Una tarde, en la parada del tranvía después del espectáculo, encontramos a la Mujer Tigre. Llevaba un vestido ajustado y nos quedamos mirándola.
—Es tu chica, Jimmy, es la Mujer Tigre.
—Oye, ¡qué bien está! ¡Mírala!
—Voy a hablar con ella —dijo Baldy.
—Es la chica de Jimmy.
—No quiero hablar con ella —dijo Jimmy.
—Voy a hablar con ella —dijo Baldy.
Se puso un cigarrillo en la boca, lo encendió y se acercó a la mujer.
—Hola, cariño —dijo con una sonrisa.
La Mujer Tigre no respondió. Se quedó mirando hacia delante, esperando el tranvía.
—Sé quién eres. Hoy vi cómo te desnudabas. Estás muy bien, cariño, muy bien de verdad. 
La Mujer Tigre no respondió.
—Cómo lo mueves. Dios mío, ¡cómo lo mueves!
La Mujer Tigre no se inmutó. Baldy seguía mirándola con aquella sonrisa idiota.
—Quiero que lo sepas. Me gustaría metértela. Me gustaría follarte, cariño.
Nos acercamos y sacamos de allí a Baldy. Nos lo llevamos con nosotros.
—¡Imbécil! ¡No tienes derecho a hablarle de esa manera!
—Entonces, ¿por qué menea el culo? ¿Por qué se pone delante de los hombres y se menea así?
—Trata de ganarse la vida, nada más.
—¡Está caliente, caliente como una perra, y tiene ganas!
—Estás loco.
Lo alejamos de allí.
No mucho tiempo después empecé a perder interés en las visitas a la calle principal los domingos. Supongo que el Follies y el Burbank siguen allí. Por supuesto, la Mujer Tigre y la stripper con asma y Rosalie, mi Rosalie, ya no están más. Quizá hayan muerto. Quizá el enorme y movedizo culo de Rosalie esté muerto. Y cuando ando por mi barrio paso por delante de la casa donde vivía, habitada ahora por desconocidos. Sin embargo, aquellos domingos, la mayoría de aquellos domingos, eran magníficos, una pequeña luz en los tiempos oscuros de la depresión, cuando nuestros padres salían al porche, desempleados e impotentes, y miraban cómo nos molíamos a palos y después entraban y se quedaban mirando las paredes, sin atreverse a encender la radio por miedo a la factura de la luz.

De Tráeme tu amor y otros relatos, Ed. Libros del Zorro Rojo. 
  • Otros cuentos de Charles Bukowski

No funciona el negocio - Charles Bukowski - Cuento


Cuento de Charles Bukowski

Manny Hyman estaba en el mundo del espectáculo desde los dieciséis años. Cuatro décadas en lo mismo y aún no tenía donde caerse muerto. Trabajaba en uno de los salones del Sunset Hotel. El salón pequeño. Él, Manny, era la «Comedia». Las Vegas ya no era la de antes. El dinero se había ido a Atlantic City, donde las cosas eran más frescas, más nuevas. Además, estaba la maldita recesión.
—Recesión —decía— es cuando tu mujer se escapa con alguien. Depresión es cuando alguien te la trae de vuelta. Alguien me trajo la mía de vuelta. Eso tiene su lado divertido, y cuando lo encuentre vendré aquí a contarlo...
Manny estaba sentado en el camerino tomándose a sorbos una botella de vodka. Se veía en el espejo. Entradas profundas... frente lustrosa, nariz torcida hacia la izquierda... ojos negros y tristes...
Mierda, pensó, creo que a todos les resulta difícil. Cada vez cuesta más, pero hay que seguir adelante. Eso o poner la cabeza sobre la vía del tren.
Alguien golpeó en la puerta.
—Adelante —dijo—, no hay aquí nada más que tranquilidad y un poco de vegetación judía...
Era Joe. Joe Silver. Joe contrataba los espectáculos del hotel. Joe acercó una silla, se sentó en ella al revés, apoyó los brazos y la barbilla en el respaldo y miró a Manny. Joe había estado contratando números durante el mismo tiempo que Manny había estado actuando. Tenían casi el mismo aspecto, con la diferencia de que Joe no tenía aspecto de pobre.
Joe suspiró, se desperezó y se frotó la nuca.
—Cuando estás con tu público, Manny, lo que haces es muy amargo. Quizá llevas demasiado tiempo metido en esto y la situación empieza a afectarte. Yo recuerdo cuando eras gracioso. Me hacías reír. Hasta hacías que se riera la gente. No parece algo tan lejano...
—¿Ah, sí? —sonrió Manny—. ¿Hablas de anoche?
—Hablo del año pasado. Hablo de... no me acuerdo cuándo.
—Vamos, Joe, no van tan mal las cosas —dijo Manny, sin dejar de mirar el espejo.
—No viene nadie, Manny. No atraes público. Tu número es tan chato que lo podrías pasar por debajo de una puerta.
—Pero ¿lo podrías pasar por debajo de una puerta corredera?
—Aquí tenemos una puerta giratoria, Manny. La puerta gira y te hace entrar, y si no das la talla en la vuelta siguiente te echa a la puta calle...
Manny torció la cabeza y miró a Joe.
—¿Qué me estás diciendo, Joe? ¡Yo soy uno de los grandes cómicos! Tengo los recortes para probarlo. «Uno de los grandes cómicos de nuestra era.» ¡Tú lo sabes!
—Hablas de la era glacial, Manny. ¡Ahora estamos en el presente! Tenemos que sentar a más personas en las mesas. Podría ir ahora por allí y arrojar tres kilos de arroz crudo y no acertar a nadie.
—Quizá a la gente no le gusta el arroz, Joe. Quizá lo prefiere cocido...
Joe negó con la cabeza.
—Manny, sales y te portas como un viejo amargado. ¡La gente sabe que el mundo es una mierda! Es lo que quiere olvidar.
Manny tomó un sorbo de vodka.
—Tienes razón, Joe. No entiendo qué me pasa. Como bien sabes, en este país vuelve a haber colas para tomar un plato de sopa. Como en los años treinta. Salgo y veo a esos cerdos comiendo y bebiendo y son tontos, tontos de verdad. ¿Qué derecho tienen a poseer tanto dinero? No entiendo nada.
Joe tocó a Manny en el brazo.
—Mira, sácate eso de la cabeza. No estás aquí para mejorar las cosas. Tu trabajo consiste en hacer reír.
—Sí, no lo dudo...
—Manny, como persona me caes bien. Sé que despilfarras el sueldo en mesas de juego y en chicas. Eso no me importa. Necesitas un desahogo. Y no me importa lo del vodka... siempre que produzcas algo. Pero A. J. me ha dicho que si no llenamos más mesas se acabó aquí mi empleo de promotor. ¡Tú no los haces reír, Manny! ¡Y ahora estoy yo con el culo al aire! Y tampoco me río. Estoy pensando en traer a ese chico, Benny Blue. No sólo inventa chistes sino que hace guarradas con pompas de jabón.
—Es un mediocre, un imbécil de pésimo nivel, Joe. ¿Oíste lo que hizo el otro día? Ciego de cocaína, meó a una de las camareras. Después le dio cinco dólares y le dijo que volviera a la noche siguiente para un bis.
—Lo oí. Pero el chico es bueno en el escenario. ¡Y eso es lo que me preocupa!
—Yo no tomo cocaína, Joe.
—¡Qué me importa lo que tomas! ¡Me importa lo que haces! Fuera figura tu nombre en letras luminosas, y en las mesas no veo a nadie...
—¡Joder! ¿No te has enterado? ¡Hay recesión, Joe!
—Y por favor, Manny, ¡basta de chistes sobre la recesión! ¡Pones incómoda a la gente! ¡La gente quiere reír! ¡Algo falla, Manny, porque no entra nadie!
Manny tomó otro trago de vodka, se dio la vuelta y se quedó mirando a Joe.
—Bueno... ¿quieres que te diga la verdad? ¡Son esas malditas coristas! ¡Hace tres o cuatro temporadas que tienen las mismas chicas con el mismo vestuario! ¡Se les empiezan a caer las tetas! ¡El culo les ha crecido más que la deuda nacional! Y... ¡después de hora se dedican a la prostitución! Las Tortolitas ¡un cuerno! ¡Habría que ponerles Hermanitas Herpes! ¡A quién le interesa ver un lote de putas enfermas levantando las piernas al mismo tiempo!
—No podemos comprarles vestuario nuevo, Manny. ¿Sabes cuánto cuesta vestirlas?
—Pongan al menos algo nuevo dentro de esa ropa.
—Manny, no es ése el problema. Tú eres el problema. ¡Levantas o te vas! Tendré que traer a Benny Blue y sus Burbujas Guarras.
—¿Levantar? ¿Levantar?
—No es más que una frase. Quiero decir que necesitas levantar la puntería con tu número, hacerlo despegar. Y si tenemos que sacrificar un culo, será el tuyo...
—Gracias, Joe.
—Supongo que sabes que Ginny tiene cáncer de mama. Estoy hasta las cejas de facturas del hospital.
—Me había enterado... —Manny le ofreció la botella a Joe—. Tómate un trago de vodka.
—Gracias, Manny...
Joe tomó un sorbo.
—Dime, Manny, ¿cuánto sacaste anoche en las mesas?
—No me vas a creer, pero saqué mil quinientos.
—¡Magnífico! Escucha, Manny...
—¿Sí?
—No los gastes.
Joe se levantó.
—Bueno, ¡te deseo toda la suerte del mundo!
—¿Por que no la del universo?
—Esa también.

Manny estaba sentado delante del espejo; la botella había bajado bastante. Oía al solista cantando una balada sentimentaloide. Nunca se burlaban de esos imbéciles. Las mujeres los adoraban y los hombres los sufrían, encantados de no ser como ellos. Manny había conocido a ese tipo. Un marginado del Pasadena City College con patillas hasta el culo. El cabronazo tomaba batidos de leche malteada y jugaba a las máquinas tragaperras con las abuelas. Tenía tanta clase como el ojete de un gato.
Sonó otro golpe en la puerta.
—Te toca ahora, Manny...
Manny tomó un buen trago, se miró en el espejo y se sacó la lengua. La lengua era de un blanco grisáceo. La guardó con rapidez.
Allí fuera había mucha luz y hacía mucho calor. Manny dejó que se le acostumbraran los ojos, vio tal vez a cinco o seis parejas en las mesas. El lugar contaba con veintiséis mesas. Todas las parejas tenían un aspecto hosco. No se hablaban. No se movían más que para levantar lo que estaban bebiendo, dejarlo en la mesa y pedir más.
—Bueno, hola... amigos —improvisó Manny—. Sabéis que entre Johnny Carson y yo hay poca diferencia. Carson usa un traje nuevo cada noche. Nunca se lo ve dos veces con el mismo traje. Me pregunto qué hará con los usados. Una cosa sé: que no se los regala a Ed McMahon...
Silencio.
—Ed McMahon no cabe en los pantalones de Carson... ¿Se entiende? Claro que sí. Pero creo que no es muy divertido. Bueno, me gusta ir ajustando el humor poco a poco, de manera sigilosa...
—¡Espero que lo consigas antes del amanecer! —gritó un borracho corpulento desde el fondo de la sala.
Manny miró con ojos de miope hacia la oscuridad.
—Ah, ya te veo, amigo. ¡Eres un GRANDÍSIMO gilipollas! ¡Un gilipollas tan grandísimo que por el culo te podrían meter el Queen Mary y aún quedaría sitio para la procesión de Semana Santa!
—¡Qué pésimo eres! —respondió el borracho—. ¿No puedes bailar un poco de claqué?
—Bueno... —empezó a decir Manny.
—O mejor aún, hacer que te trague la tierra —gritó otro borracho.
El escaso público aplaudió con entusiasmo.
Manny esperó a que volviera el silencio.
—Ahora —dijo— entiendo por qué sois tan desdichados: vuestras novias se acuestan con los árabes y habéis tenido que vender el Volkswagen para pagar el próximo recibo de la hipoteca, pero aquí estoy yo para haceros reír aunque no queráis...
—¡Pues hazlo de una vez, mamón kosher! —gritó el borracho corpulento.
—Gracias por indicarme lo que tengo que hacer —dijo Manny sin levantar la voz—. Ahora, si dejas de follar a tu mujer con los dedos por debajo del mantel, sigo con el número.
—¡Más te valdrá! ¡Está a punto de amanecer!
—De acuerdo. ¿Habéis oído el del soldado de chocolate que se acostó con la chica de chocolate que compró por correo?
—¡Sí!
—Muy bien, ¿y el del presidente Reagan y la enorme sorpresa que Nancy le tenía preparada?
—¡Lo contaste anoche!
—¿Tú estuviste aquí anoche?
—¡Sí!
—¿Y estás hoy aquí?
—¡Sí!
—Entonces, gilipollas, somos dos los imbéciles. ¡Con la única diferencia de que a mí me pagan!
—¡Si vengo mañana y tú sigues ahí todavía, tendrán que pagarme a mí!
El público aplaudió. Manny esperó hasta que volvió el silencio.
—La única diferencia entre vosotros y los pobladores de un cementerio es que vosotros estáis sentados —dijo muy tranquilo.
—¡La única diferencia entre tu número y un cementerio es que en un cementerio no hay consumición mínima!
Se oyeron algunas risas. Manny parpadeó.
—A ver... ¿De dónde habéis salido? ¿Del útero o de las paredes?
—¡Hemos salido del útero! Tú ¿has salido de algún sitio?
Manny sacó el micrófono portátil de la base y se sentó en el borde del escenario con las piernas colgando. Sacó la botella de vodka, la vació y la tiró.
—Me gustáis mucho. Estáis llenos de mierda. ¿Sabéis una cosa? Yo solía correr con Lenny Bruce.
—¡Con razón se murió de una sobredosis!
—Y todas esas preciosas damas, ¿de dónde han salido? Para mí, del Museo de Cera. ¿Alguna necesita una vela para el coño?
—¡Judío, no me haces ninguna gracia! ¡No puedes hablar así de mi mujer!
Era el borracho corpulento del fondo de la sala, que se levantó de la mesa. Tenía un tamaño impresionante.
Como una ola de carne, se puso en marcha hacia Manny. Manny parecía incapaz de moverse.
Las luces del escenario se apagaron y se encendieron. La orquesta atacó. Las coristas salieron con sus culos grandes y sus tetas caídas. Agitaban las piernas y la música sonaba con fuerza.
El borracho seguía avanzando hacia Manny a través del sonido. Cuando lo tuvo a su alcance, Manny le dio una tremenda patada en los huevos. El gigantón soltó un gruñido pero no se cayó. Siguió allí de pie y cuando Manny se levantó para huir del escenario el borracho logró agarrarle una pernera del pantalón y bajarlo. Manny aterrizó de bruces. El borracho lo cogió, lo levantó por encima de la cabeza y lo estrelló contra una mesa desocupada mientras entraban corriendo los guardas de seguridad. La banda seguía tocando. Las chicas levantaban las piernas todo lo que podían.
Benny Blue había llegado un rato antes. Estaba de pie en la entrada. Como siempre, tenía consigo el equipo para fabricar burbujas. Lo sacó y se puso a trabajar. Sopló un pene flácido con huevos caídos. Su creación flotó por encima del tumulto. Había nacido una estrella.

Del libro Tráeme tu amor y otros relatos.

Tráeme tu amor - Charles Bukowski


Cuento de Charles Bukowski

Harry bajó por la escalera hasta el jardín. Allí estaban muchos de los pacientes. Le habían dicho que allí estaba su mujer, Gloria. La vio sentada a una mesa, sola. Se acercó a ella en diagonal, por un lado y un poco por detrás. Caminó alrededor de la mesa y se sentó frente a ella. Gloria estaba muy erguida y muy pálida. Lo miró pero no lo vio. Entonces lo vio.
—¿Eres el revisor? —preguntó.
—¿El revisor de qué?
—El revisor de la verosimilitud.
—No, no lo soy.
Estaba pálida y tenía ojos de un azul muy, muy pálido.
—¿Cómo te sientes, Gloria?
Era una mesa de hierro pintada de blanco, una mesa que duraría siglos. En el centro había un pequeño florero donde unas flores mustias, apagadas, colgaban de tallos tristes y marchitos.
—Eres un putañero, Harry. No haces más que follar putas.
—No es cierto, Gloria.
—¿También te la chupan? ¿Te chupan la polla?
—Pensaba traer a tu madre, Gloria, pero está en cama con gripe.
—Esa vieja bruja siempre está en cama con algo... ¿Eres el revisor?
Había pacientes en otras mesas o de pie contra los árboles o tendidos en el césped. Todos inmóviles y en silencio.
—¿Qué tal es aquí la comida, Gloria? ¿Tienes amigos?
—Terrible. Y no. Putañero.
—¿Quieres algo para leer? ¿Qué puedo traerte?
Gloria no respondió. Levantó la mano derecha, la miró, cerró el puño y se pegó de lleno en la nariz, con fuerza. Por encima de la mesa, Harry le sujetó las dos manos.
—¡Gloria, por favor!
Gloria se echó a llorar.
—¿Por qué no me traes bombones?
—Gloria, me dijiste que detestabas los bombones.
Por las mejillas de Gloria rodaban abundantes lágrimas.
—¡No detesto los bombones! ¡Me encantan los bombones!
—No llores, Gloria, por favor... Te traeré bombones, lo que quieras... Escucha, he alquilado una habitación en un motel a un par de calles, sólo para estar cerca de ti.
Aquellos ojos pálidos se agrandaron.
—¿Una habitación de motel? ¡Estás allí con una puta de mierda! ¡Veis juntos películas porno y hay un espejo de los que ocupan todo el techo!
—Estaré cerca un par de días, Gloria —dijo Harry con voz tranquilizadora—. Te traeré todo lo que quieras.
—Entonces tráeme tu amor —exclamó—. ¿Por qué demonios no me traes tu amor?
Algunos de los pacientes volvieron la cabeza y miraron.
—Gloria, estoy seguro de que no hay nadie que se preocupe por ti tanto como yo.
—¿Así que quieres traerme bombones? ¡Pues métetelos en el culo!
Harry sacó una tarjeta de la cartera. Una tarjeta del motel. Se la entregó a Gloria.
—Quiero darte esto antes de que me olvide. ¿Te dejan llamar al exterior? No dudes en llamarme si precisas algo.
Gloria no respondió. Cogió la tarjeta y la dobló hasta formar un pequeño cuadrado. Después se agachó, se quitó uno de los zapatos, metió la tarjeta dentro y se lo puso de nuevo.
Entonces Harry vio que el doctor Jensen se acercaba atravesando el jardín. Sonriente, el doctor Jensen se detuvo delante de ellos.
—Bueno, bueno, bueno... —dijo.
—Hola, doctor Jensen.
En las palabras de Gloria no había emoción.
—¿Puedo sentarme? —preguntó el médico.
—Por supuesto —dijo Gloria.
El médico era un hombre corpulento. Rezumaba corpulencia y responsabilidad y autoridad. Sus cejas parecían gruesas y pesadas, eran gruesas y pesadas. Querían deslizarse hacia aquella boca circular y húmeda y desaparecer, pero la vida se lo impedía.
El médico miró a Gloria. El médico miró a Harry.
—Bueno, bueno, bueno —dijo—. Estoy muy contento con el progreso que hemos hecho hasta ahora...
—Sí, doctor Jensen. Le estaba contando a Harry lo estable que me siento, lo que me han ayudado las consultas y las sesiones de grupo. Se me ha ido en gran medida aquella ira irracional, aquella frustración inútil y buena parte de aquella autocompasión tan destructiva...
Gloria, las manos cruzadas sobre el regazo, sonreía.
El médico miró a Harry con una sonrisa.
—Gloria ha tenido una notable recuperación.
—Sí —dijo Harry—, me he dado cuenta.
—Creo, Harry, que en muy poco tiempo más tendrá a Gloria con usted en casa.
—Doctor —dijo Gloria—, ¿me da un cigarrillo?
—Por supuesto —respondió el médico sacando un paquete de cigarrillos y haciendo asomar uno con un golpecito. Gloria lo sacó y el médico alargó la mano haciendo funcionar el encendedor bañado en oro. Gloria inhaló, exhaló...
—Tiene bellas manos, doctor Jensen —dijo.
—Muchas gracias, querida.
—Y una bondad que salva, una bondad que cura...
—Bueno, aquí hacemos lo que podemos... —dijo el doctor Jensen con voz suave—. Ahora, si me disculpan, iré a hablar con otros pacientes.
Levantó con facilidad el corpachón de la silla y fue hacia una mesa donde había otra mujer visitando a otro hombre.
Gloria miró a Harry.
—¡Gordo imbécil! ¡Almuerza con mierda que cagan las enfermeras!
—Gloria, me ha encantado verte, pero hice un viaje largo y necesito descansar un poco. Y creo que el médico tiene razón. He notado cierta mejoría.
Gloria se echó a reír. Pero no era una risa alegre, era una risa falsa, como ensayada.
—No he mejorado nada; más bien he empeorado...
—Eso no es cierto, Gloria...
—Yo soy la paciente, Cabeza de Pez. Me puedo diagnosticar mejor que nadie.
—¿Qué es eso de «Cabeza de Pez»?
—¿Nadie te ha dicho nunca que tienes la cabeza parecida a la de un pez?
—No.
—La próxima vez que te afeites, fíjate. Y procura no cortarte las agallas.
—Ahora me voy... pero mañana te visitaré de nuevo.
—La próxima vez trae al revisor.
—¿Estás segura de que no quieres nada?
—¡Vuelves a la habitación de ese motel sólo para follar a una puta!
—¿Qué te parece si te traigo un ejemplar de la New York? Te gustaba esa revista...
—¡Métete New York en el culo, Cabeza de Pez! ¡Y después, métete Time!
Harry se inclinó sobre la mesa y apretó la mano con la que ella se había golpeado la nariz.
—Sigue así, no te desanimes. Pronto te vas a poner bien...
Gloria no dio señales de haberlo oído.
Harry se levantó despacio, dio media vuelta y caminó hacia la escalera. Al llegar a la mitad de los escalones, miró hacia atrás y saludó a Gloria con la mano. Ella seguía inmóvil.

Estaban en la oscuridad, follando bien, cuando sonó el teléfono.
Harry siguió, y también el teléfono. Era muy molesto. Pronto se le ablandó la polla.

—Mierda —dijo mientras rodaba hacia un lado. Encendió la luz y cogió el teléfono.
—Hola.
Era Gloria.
—¡Estás follando a una puta!
—Gloria, ¿te dejan hablar por teléfono tan tarde? ¿No te dan una pastilla para dormir o algo por el estilo?
—¿Por qué tardaste tanto tiempo en coger el teléfono?
—¿Tú nunca cagas? Estaba en plena acción cuando se te ocurrió llamar.
—No lo dudo... ¿Vas a terminar de hacerlo cuando hayas logrado que cuelgue?
—Gloria, es esa maldita paranoia extrema lo que te ha llevado al sitio donde estás.
—Cabeza de Pez, mi paranoia ha anunciado muchas veces una inmediata verdad...
—Oye, estás diciendo incoherencias. Trata de dormir un rato. Mañana iré a verte.
—¡Sí, Cabeza de Pez, termina de follar!
Gloria colgó.

Nan, con la bata puesta, estaba sentada en el borde de la cama; en la mesilla de noche tenía un whisky con agua. Encendió un cigarrillo y cruzó las piernas.
—¿Y? —preguntó—. ¿Cómo está la dulce esposa?
Harry se sirvió un trago y se sentó al lado.
—Lo siento, Nan...
—¿Qué dices? ¿Hablas de mí, de ella o de qué?
Harry apuró su trago de whisky.
—No hagamos de esto una maldita telenovela.
—¿Ah, sí? Bueno, ¿qué quieres que sea entonces? ¿Un simple revolcón? ¿Vas a tratar de terminar lo que empezaste? ¿O prefieres ir al baño a cascártela?
Harry miró a Nan.
—Maldita sea, no te hagas la lista. Conocías tan bien como yo la situación. ¡Quisiste acompañarme!
—¡Lo hice porque sabía que si no venía traerías a una puta!
—Mierda —dijo Harry— otra vez esa palabra.
—¿Qué palabra? ¿Qué palabra?
Nan vació el vaso y lo arrojó contra la pared.
Harry se levantó y fue a buscarlo, lo llenó de nuevo y se lo entregó a Nan; después llenó el suyo.
Nan miró el vaso, tomó un sorbo y lo dejó sobre la mesilla de noche.
—¡Voy a llamarla, voy a contarle todo!
—¡Ni lo sueñes! ¡Es una mujer enferma!
—¡Y tú eres un hijo de puta enfermo!
En ese momento volvió a sonar el teléfono. Estaba en el suelo, en el centro de la habitación, donde lo había dejado Harry. Los dos saltaron de la cama hacia él. Al sonar por segunda vez, ambos agarraron el auricular. Rodaron una y otra vez sobre la alfombra, resoplando, todo brazos y piernas y cuerpos desesperadamente yuxtapuestos como reflejó con fidelidad el espejo que ocupaba todo el techo.

Del libro Tráeme tu amor y otros relatos.

El gato negro - Edgar Allan Poe

Cuento de Edgar Allan Poe

Ni espero ni quiero que se dé crédito a la historia más extraordinaria, y, sin embargo, más familiar, que voy a referir. Tratándose de un caso en el que mis sentidos se niegan a aceptar su propio testimonio, yo habría de estar realmente loco si así lo creyera. No obstante, no estoy loco, y, con toda seguridad, no sueño. Pero mañana puedo morir y quisiera aliviar hoy mi espíritu. Mi inmediato deseo es mostrar al mundo, clara, concretamente y sin comentarios, una serie de simples acontecimientos domésticos que, por sus consecuencias, me han aterrorizado, torturado y anonadado. A pesar de todo, no trataré de esclarecerlos. A mí casi no me han producido otro sentimiento que el de horror; pero a muchas personas les parecerán menos terribles que baroques. Tal vez más tarde haya una inteligencia que reduzca mi fantasma al estado de lugar común. Alguna inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, encontrará tan sólo en las circunstancias que relato con terror una serie normal de causas y de efectos naturalísimos.
La docilidad y humanidad de mi carácter sorprendieron desde mi infancia. Tan notable era la ternura de mi corazón, que había hecho de mí el juguete de mis amigos. Sentía una auténtica pasión por los animales, y mis padres me permitieron poseer una gran variedad de favoritos. Casi todo el tiempo lo pasaba con ellos, y nunca me consideraba tan feliz como cuando los daba de comer o los acariciaba. Con los años aumentó esta particularidad de mi carácter, y cuando fui hombre hice de ella una de mis principales fuentes de goce. Aquellos que han profesado afecto a un perro fiel y sagaz no requieren la explicación de la naturaleza o intensidad de los goces que eso puede producir. En el amor desinteresado de un animal, en el sacrificio de sí mismo, hay algo que llega directamente al corazón del que con frecuencia ha tenido ocasión de comprobar la amistad mezquina y la frágil fidelidad del Hombre natural.
Me casé joven. Tuve la suerte de descubrir en mi mujer una disposición semejante a la mía. Habiéndose dado cuenta de mi gusto por estos favoritos domésticos, no perdió ocasión alguna de proporcionármelos de la especie más agradable. Tuvimos pájaros, un pez de color de oro, un magnífico perro, conejos, un mono pequeño y un gato.
Era este último animal muy fuerte y bello, completamente negro y de una sagacidad maravillosa. Mi mujer, que era, en el fondo, algo supersticiosa, hablando de su inteligencia, aludía frecuentemente a la antigua creencia popular que consideraba a todos los gatos negros como brujas disimuladas. No quiere esto decir que hablara siempre en serio sobre este particular, y lo consigno sencillamente porque lo recuerdo.
Plutón —se llamaba así el gato— era mi predilecto amigo. Sólo yo le daba de comer, y adondequiera que fuese me seguía por la casa. Incluso me costaba trabajo impedirle que me siguiera por la calle.
Nuestra amistad subsistió así algunos años, durante los cuales mi carácter y mi temperamento —me sonroja confesarlo—, por causa del demonio de la intemperancia, sufrió una alteración radicalmente funesta. De día en día me hice más taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Empleé con mi mujer un lenguaje brutal, y con el tiempo la afligí incluso con violencias personales. Naturalmente, mi pobre favorito debió de notar el cambio de mi carácter. No solamente no les hacía caso alguno, sino que los maltrataba. Sin embargo, por lo que se refiere a Plutón, aún despertaba en mí la consideración suficiente para no pegarle. En cambio, no sentía ningún escrúpulo en maltratar a los conejos, al mono e incluso al perro, cuando, por casualidad o afecto, se cruzaban en mi camino. Pero iba secuestrándome mi mal, porque, ¿qué mal admite una comparación con el alcohol? Andando el tiempo, el mismo Plutón, que envejecía y, naturalmente se hacía un poco huraño, comenzó a conocer los efectos de mi perverso carácter.
Una noche, en ocasión de regresar a casa completamente ebrio, de vuelta de uno de mis frecuentes escondrijos del barrio, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo cogí, pero él, horrorizado por mi violenta actitud, me hizo en la mano, con los dientes, una leve herida. De mí se apoderó repentinamente un furor demoníaco. En aquel instante dejé de conocerme. Pareció como si, de pronto, mi alma original hubiese abandonado mi cuerpo, y una ruindad superdemoníaca, saturada de ginebra, se filtró en cada una de las fibras de mi ser. Del bolsillo de mi chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por la garganta y, deliberadamente, le vacié un ojo... Me cubre el rubor, me abrasa, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad.
Cuando, al amanecer, hube recuperado la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi crápula nocturna, experimenté un sentimiento mitad horror, mitad remordimiento, por el crimen que había cometido. Pero, todo lo más, era un débil y equívoco sentimiento, y el alma no sufrió sus acometidas. Volví a sumirme en los excesos, y no tardé en ahogar en el vino todo recuerdo de mi acción.
Curó entre tanto el gato lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, es cierto, un aspecto espantoso. Pero después, con el tiempo, no pareció que se daba cuenta de ello. Según su costumbre, iba y venía por la casa; pero, como debí suponerlo, en cuanto veía que me aproximaba a él, huía aterrorizado. Me quedaba aún lo bastante de mi antiguo corazón para que me afligiera aquella manifiesta antipatía en una criatura que tanto me había amado anteriormente. Pero este sentimiento no tardó en ser desalojado por la irritación. Como para mi caída final e irrevocable, brotó entonces el espíritu de perversidad, espíritu del que la filosofía no se cuida ni poco ni mucho.
No obstante, tan seguro como que existe mi alma, creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano, una de esas indivisibles primeras facultades o sentimientos que dirigen el carácter del hombre... ¿Quién no se ha sorprendido numerosas veces cometiendo una acción necia o vil, por la única razón de que sabía que no debía cometerla? ¿No tenemos una constante inclinación, pese a lo excelente de nuestro juicio, a violar lo que es la ley, simplemente porque comprendemos que es la Ley?
Digo que este espíritu de perversidad hubo de producir mi ruina completa. El vivo e insondable deseo del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar y últimamente a llevar a efecto el suplicio que había infligido al inofensivo animal. Una mañana, a sangre fría, ceñí un nudo corredizo en torno a su cuello y lo ahorqué de la rama de un árbol. Lo ahorqué con mis ojos llenos de lágrimas, con el corazón desbordante del más amargo remordimiento. Lo ahorqué porque sabía que él me había amado, y porque reconocía que no me había dado motivo alguno para encolerizarme con él. Lo ahorqué porque sabía que al hacerlo cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía a mi alma inmortal, hasta el punto de colocarla, si esto fuera posible, lejos incluso de la misericordia infinita del muy terrible y misericordioso Dios.
En la noche siguiente al día en que fue cometida una acción tan cruel, me despertó del sueño el grito de: "¡Fuego!" Ardían las cortinas de mi lecho. La casa era una gran hoguera. No sin grandes dificultades, mi mujer, un criado y yo logramos escapar del incendio. La destrucción fue total. Quedé arruinado, y me entregué desde entonces a la desesperación.
No intento establecer relación alguna entre causa y efecto con respecto a la atrocidad y el desastre. Estoy por encima de tal debilidad. Pero me limito a dar cuenta de una cadena de hechos y no quiero omitir el menor eslabón. Visité las ruinas el día siguiente al del incendio. Excepto una, todas las paredes se habían derrumbado. Esta sola excepción la constituía un delgado tabique interior, situado casi en la mitad de la casa, contra el que se apoyaba la cabecera de mi lecho. Allí la fábrica había resistido en gran parte a la acción del fuego, hecho que atribuí a haber sido renovada recientemente. En torno a aquella pared se congregaba la multitud, y numerosas personas examinaban una parte del muro con atención viva y minuciosa. Excitaron mi curiosidad las palabras: "extraño", "singular", y otras expresiones parecidas. Me acerqué y vi, a modo de un bajorrelieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de un gigantesco gato. La imagen estaba copiada con una exactitud realmente maravillosa. Rodeaba el cuello del animal una cuerda.
Apenas hube visto esta aparición —porque yo no podía considerar aquello más que como una aparición—, mi asombro y mi terror fueron extraordinarios. Por fin vino en mi amparo la reflexión. Recordaba que el gato había sido ahorcado en un jardín contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardín fue invadido inmediatamente por la muchedumbre, y el animal debió de ser descolgado por alguien del árbol y arrojado a mi cuarto por una ventana abierta. Indudablemente se hizo esto con el fin de despertarme. El derrumbamiento de las restantes paredes había comprimido a la víctima de mi crueldad en el yeso recientemente extendido. La cal del muro, en combinación con las llamas y el amoníaco del cadáver, produjo la imagen tal como yo la veía.
Aunque prontamente satisfice así a mi razón, ya que no por completo mi conciencia, no dejó, sin embargo, de grabar en mi imaginación una huella profunda el sorprendente caso que acabo de dar cuenta. Durante algunos meses no pude liberarme del fantasma del gato, y en todo este tiempo nació en mi alma una especie de sentimiento que se parecía, aunque no lo era, al remordimiento. Llegué incluso a lamentar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los miserables tugurios que a la sazón frecuentaba, otro favorito de la misma especie y de facciones parecidas que pudiera sustituirle.
Hallábame sentado una noche, medio aturdido, en un bodegón infame, cuando atrajo repentinamente mi atención un objeto negro que yacía en lo alto de uno de los inmensos barriles de ginebra o ron que componían el mobiliario más importante de la sala. Hacía ya algunos momentos que miraba a lo alto del tonel, y me sorprendió no haber advertido el objeto colocado encima. Me acerqué a él y lo toqué. Era un gato negro, enorme, tan corpulento como Plutón, al que se parecía en todo menos en un pormenor: Plutón no tenía un solo pelo blanco en todo el cuerpo, pero éste tenía una señal ancha y blanca aunque de forma indefinida, que le cubría casi toda la región del pecho.
Apenas puse en él mi mano, se levantó repentinamente, ronroneando con fuerza, se restregó contra mi mano y pareció contento de mi atención. Era pues, el animal que yo buscaba. Me apresuré a proponer al dueño su adquisición, pero éste no tuvo interés alguno por el animal. Ni le conocía ni le había visto hasta entonces.
Continué acariciándole, y cuando me disponía a regresar a mi casa, el animal se mostró dispuesto a seguirme. Se lo permití, e inclinándome de cuando en cuando, caminamos hacia mi casa acariciándole. Cuando llego a ella se encontró como si fuera la suya, y se convirtió rápidamente en el mejor amigo de mi mujer.
Por mi parte, no tardó en formarse en mí una antipatía hacia él. Era, pues, precisamente, lo contrario de lo que yo había esperado. No sé cómo ni por qué sucedió esto, pero su evidente ternura me enojaba y casi me fatigaba. Paulatinamente, estos sentimientos de disgusto y fastidio acrecentaron hasta convertirse en la amargura del odio. Yo evitaba su presencia. Una especie de vergüenza, y el recuerdo de mi primera crueldad, me impidieron que lo maltratara. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de tratarle con violencia; pero gradual, insensiblemente, llegué a sentir por él un horror indecible, y a eludir en silencio, como si huyera de la peste, su odiosa presencia.
Sin duda, lo que aumentó mi odio por el animal fue el descubrimiento que hice a la mañana del siguiente día de haberlo llevado a casa. Como Plutón, también él había sido privado de uno de sus ojos. Sin embargo, esta circunstancia contribuyó a hacerle más grato a mi mujer, que, como he dicho ya, poseía grandemente la ternura de sentimientos que fue en otro tiempo mi rasgo característico y el frecuente manantial de mis placeres más sencillos y puros.
Sin embargo, el cariño que el gato me demostraba parecía crecer en razón directa de mi odio hacia él. Con una tenacidad imposible de hacer comprender al lector, seguía constantemente mis pasos. En cuanto me sentaba, acurrucábase bajo mi silla, o saltaba sobre mis rodillas, cubriéndome con sus caricias espantosas. Si me levantaba para andar, metíase entre mis piernas y casi me derribaba, o bien, clavando sus largas y agudas garras en mi ropa, trepaba por ellas hasta mi pecho. En esos instantes, aun cuando hubiera querido matarle de un golpe, me lo impedía en parte el recuerdo de mi primer crimen; pero, sobre todo, me apresuro a confesarlo, el verdadero terror del animal.
Este terror no era positivamente el de un mal físico, y, no obstante, me sería muy difícil definirlo de otro modo. Casi me avergüenza confesarlo. Aun en esta celda de malhechor, casi me avergüenza confesar que el horror y el pánico que me inspiraba el animal habíanse acrecentado a causa de una de las fantasías más perfectas que es posible imaginar. Mi mujer, no pocas veces, había llamado mi atención con respecto al carácter de la mancha blanca de que he hablado y que constituía la única diferencia perceptible entre el animal extraño y aquel que había matado yo. Recordará, sin duda, el lector que esta señal, aunque grande, tuvo primitivamente una forma indefinida. Pero lenta, gradualmente, por fases imperceptibles y que mi razón se esforzó durante largo tiempo en considerar como imaginaria, había concluido adquiriendo una nitidez rigurosa de contornos.
En ese momento era la imagen de un objeto que me hace temblar nombrarlo. Era, sobre todo, lo que me hacía mirarle como a un monstruo de horror y repugnancia, y lo que, si me hubiera atrevido, me hubiese impulsado a librarme de él. Era ahora, digo, la imagen de una cosa abominable y siniestra: la imagen ¡de la horca! ¡Oh lúgubre y terrible máquina, máquina de espanto y crimen, de muerte y agonía!
Yo era entonces, en verdad, un miserable, más allá de la miseria posible de la Humanidad. Una bestia bruta, cuyo hermano fue aniquilado por mí con desprecio, una bestia bruta engendraba en mí en mí, hombre formado a imagen del Altísimo, tan grande e intolerable infortunio. ¡Ay! Ni de día ni de noche conocía yo la paz del descanso. Ni un solo instante, durante el día, dejábame el animal. Y de noche, a cada momento, cuando salía de mis sueños lleno de indefinible angustia, era tan sólo para sentir el aliento tibio de la cosa sobre mi rostro y su enorme peso, encarnación de una pesadilla que yo no podía separar de mí y que parecía eternamente posada en mi corazón.
Bajo tales tormentos sucumbió lo poco que había de bueno en mí. Infames pensamientos convirtiéronse en mis íntimos; los más sombríos, los más infames de todos los pensamientos. La tristeza de mi humor de costumbre se acrecentó hasta hacerme aborrecer a todas las cosas y a la Humanidad entera. Mi mujer, sin embargo, no se quejaba nunca ¡Ay! Era mi paño de lágrimas de siempre. La mas paciente víctima de las repentinas, frecuentes e indomables expansiones de una furia a la que ciertamente me abandoné desde entonces.
Para un quehacer doméstico, me acompañó un día al sótano de un viejo edificio en el que nos obligara a vivir nuestra pobreza. Por los agudos peldaños de la escalera me seguía el gato, y, habiéndome hecho tropezar la cabeza, me exasperó hasta la locura. Apoderándome de un hacha y olvidando en mi furor el espanto pueril que había detenido hasta entonces mi mano, dirigí un golpe al animal, que hubiera sido mortal si le hubiera alcanzado como quería. Pero la mano de mi mujer detuvo el golpe. Una rabia más que diabólica me produjo esta intervención. Liberé mi brazo del obstáculo que lo detenía y le hundí a ella el hacha en el cráneo. Mi mujer cayó muerta instantáneamente, sin exhalar siquiera un gemido.
Realizado el horrible asesinato, inmediata y resueltamente procuré esconder el cuerpo. Me di cuenta de que no podía hacerlo desaparecer de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de que se enteraran los vecinos. Asaltaron mi mente varios proyectos. Pensé por un instante en fragmentar el cadáver y arrojar al suelo los pedazos. Resolví después cavar una fosa en el piso de la cueva. Luego pensé arrojarlo al pozo del jardín. Cambien la idea y decidí embalarlo en un cajón, como una mercancía, en la forma de costumbre, y encargar a un mandadero que se lo llevase de casa. Pero, por último, me detuve ante un proyecto que consideré el mas factible. Me decidí a emparedarlo en el sótano, como se dice que hacían en la Edad Media los monjes con sus víctimas.
La cueva parecía estar construida a propósito para semejante proyecto. Los muros no estaban levantados con el cuidado de costumbre y no hacía mucho tiempo había sido cubierto en toda su extensión por una capa de yeso que no dejó endurecer la humedad.
Por otra parte, había un saliente en uno de los muros, producido por una chimenea artificial o especie de hogar que quedó luego tapado y dispuesto de la misma forma que el resto del sótano. No dudé que me sería fácil quitar los ladrillos de aquel sitio, colocar el cadáver y emparedarlo del mismo modo, de forma que ninguna mirada pudiese descubrir nada sospechoso.
No me engañó mi cálculo. Ayudado por una palanca, separé sin dificultad los ladrillos, y, habiendo luego aplicado cuidadosamente el cuerpo contra la pared interior, lo sostuve en esta postura hasta poder establecer sin gran esfuerzo toda la fábrica a su estado primitivo. Con todas las precauciones imaginables, me preocupé una argamasa de cal y arena, preparé una capa que no podía distinguirse de la primitiva y cubrí escrupulosamente con ella el nuevo tabique.
Cuando terminé, vi que todo había resultado perfecto. La pared no presentaba la más leve señal de arreglo. Con el mayor cuidado barrí el suelo y recogí los escombros, miré triunfalmente en torno mío y me dije: "Por lo menos, aquí, mi trabajo no ha sido infructuoso".
Mi primera idea, entonces, fue buscar al animal que fue causante de tan tremenda desgracia, porque, al fin, había resuelto matarlo. Si en aquel momento hubiera podido encontrarle, nada hubiese evitado su destino. Pero parecía que el artificioso animal, ante la violencia de mi cólera, habíase alarmado y procuraba no presentarse ante mí, desafiando mi mal humor. Imposible describir o imaginar la intensa, la apacible sensación de alivio que trajo a mi corazón la ausencia de la detestable criatura. En toda la noche se presentó, y ésta fue la primera que gocé desde su entrada en la casa, durmiendo tranquila y profundamente. Sí; dormí con el peso de aquel asesinato en mi alma.
Transcurrieron el segundo y el tercer día. Mi verdugo no vino, sin embargo. Como un hombre libre, respiré una vez más. En su terror, el monstruo había abandonado para siempre aquellos lugares. Ya no volvería a verle nunca. Mi dicha era infinita. Me inquietaba muy poco la criminalidad de mi tenebrosa acción. Incióse una especie de sumario que apuró poco las averiguaciones. También se dispuso un reconocimiento, pero, naturalmente, nada podía descubrirse. Yo daba por asegurada mi felicidad futura.
Al cuarto día después de haberse cometido el asesinato, se presentó inopinadamente en mi casa un grupo de agentes de Policía y procedió de nuevo a una rigurosa investigación del local. Sin embargo, confiado en lo impenetrable del escondite, no experimenté ninguna turbación.
Los agentes quisieron que les acompañase en sus pesquisas. Fue explorado hasta el último rincón. Por tercera o cuarta vez bajaron por último a la cueva. No me altere lo más mínimo. Como el de un hombre que reposa en la inocencia, mi corazón latía pacíficamente. Recorrí el sótano de punta a punta, cruce los brazos sobre mi pecho y me paseé indiferente de un lado a otro. Plenamente satisfecha, la Policía se disponía a abandonar la casa. Era demasiado intenso el júbilo de mi corazón para que pudiera reprimirlo. Sentía la viva necesidad de decir una palabra, una palabra tan sólo a modo de triunfo, y hacer doblemente evidente su convicción con respecto a mi inocencia.
—Señores —dije, por último, cuando los agentes subían la escalera—, es para mí una gran satisfacción habrá desvanecido sus sospechas. Deseo a todos ustedes una buena salud y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, señores, tienen ustedes aquí una casa construida —apenas sabía lo que hablaba, en mi furioso deseo de decir algo con aire deliberado—. Puedo asegurar que ésta es una casa excelentemente construida. Estos muros... ¿Se van ustedes, señores? Estos muros están construidos con una gran solidez.
Entonces, por una fanfarronada frenética, golpeé con fuerza, con un bastón que tenía en la mano en ese momento, precisamente sobre la pared del tabique tras el cual yacía la esposa de mi corazón.
¡Ah! Que por lo menos Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio. Apenas húbose hundido en el silencio el eco de mis golpes, me respondió una voz desde el fondo de la tumba. Era primero una queja, velada y encontrada como el sollozo de un niño. Después, en seguida, se hinchó en un prolongado, sonoro y continuo, completamente anormal e inhumano. Un alarido, un aullido, mitad horror, mitad triunfo, como solamente puede brotar del infierno, horrible armonía que surgiera al unísono de las gargantas de los condenados en sus torturas y de los demonios que gozaban en la condenación.
Sería una locura expresaros mis sentimientos. Me sentí desfallecer y, tambaleándome, caí contra la pared opuesta. Durante un instante detuviéronse en los escalones los gentes. El terror los había dejado atónitos. Un momento después, doce brazos robustos atacaron la pared, que cayó a tierra de un golpe. El cadáver, muy desfigurado ya y cubierto de sangre coagulada, apareció, rígido, a los ojos de los circundantes.
Sobre su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y llameando el único ojo, se posaba el odioso animal cuya astucia me llevó al asesinato y cuya reveladora voz me entregaba al verdugo. Yo había emparedado al monstruo en la tumba.

El ahorcado* - Ambrose Bierce

Cuento de Ambrose Bierce

I
Desde un puente ferroviario de Alabama del Norte, un hombre miraba las aguas que se deslizaban veloces veinte pies más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, ceñidas las muñecas por una cuerda. Una soga atada a una viga, sobre su cabeza, le rodeaba flojamente el cuello; el seno de la soga pendía al nivel de sus rodillas. Algunos tablones sueltos, colocados sobre los durmientes que sustentaban las vías férreas, sosteníanle a él y a sus verdugos: dos soldados rasos del ejército federal, dirigidos por un sargento que, en tiempos de paz, podría haber sido ayudante de sheriff. A corta distancia, y sobre la misma improvisada plataforma, había un oficial armado, con el uniforme correspondiente a su graduación: capitán. En cada extremo del puente, un centinela en posición de presentar armas, es decir, con el fusil vertical frente al hombro izquierdo, el percutor apoyado en el antebrazo, y éste horizontal y rígido a través del pecho; posición solemne y antinatural, que obliga a mantener el cuerpo erguido. En apariencia, estos dos hombres no debían darse por enterados de lo que ocurría en el centro del puente; se limitaban a bloquear los dos extremos de la tablazón que lo atravesaba.
Detrás de uno de los centinelas no se divisaba a nadie: las vías férreas penetraban rectamente en un bosque, en un trecho de cien yardas, y después se curvaban y desaparecían. Más lejos, seguramente, habría un puesto de avanzada. La opuesta margen del río era terreno despejado, una suave cuesta coronada por una barrera de troncos verticales, aspillerada para los fusiles, con una sola tronera por donde asomaba la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. En mitad de la cuesta, entre el puente y el fuerte, estaban los espectadores: una compañía de infantería de línea, en posición de descanso, las culatas de los fusiles apoyadas en el suelo, los cañones ligeramente inclinados hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas sobre la caja. A la derecha de la formación había un teniente; la punta de su espada rayaba el suelo; su mano izquierda descansaba sobre la derecha. Salvo el grupo de cuatro hombres que ocupaban el centro del puente, nadie se movía. Los soldados miraban con fijeza el puente, pétreos e inmóviles. Los centinelas, apostados en las márgenes del río, parecían estatuas. El capitán, de brazos cruzados, silencioso, observaba la labor de sus subordinados, pero sin hacer un gesto. La muerte es un personaje que, cuando viene precedido de anuncio, deben recibir con formales manifestaciones de respeto aun aquellos que más familiarizados están con ella. En el código de la etiqueta militar, el silencio y la inmovilidad son otras tantas formas de respeto.
El hombre cuya ocupación, en aquel instante, era hacerse ahorcar, aparentaba unos treinta y cinco años. Vestía de paisano, de hacendado, para ser más exactos. Sus rasgos eran regulares: nariz recta, boca firme, frente amplia, larga cabellera oscura peinada hacia atrás, que detrás de las orejas caía sobre el cuello de la chaqueta bien ceñida al cuerpo. Tenía bigote y barba en punta, pero no patillas; sus ojos eran grandes, de color gris oscuro, y abrigaban una expresión bondadosa, sorprendente en quien, como él, tenía la garganta ceñida por la soga. No era, evidentemente, un asesino vulgar. Pero el código militar, muy liberal en estas cosas, prevé la posibilidad de ahorcar a toda clase de gentes, sin excluir a los caballeros.
Acabados los preparativos, los dos soldados se apartaron llevándose los tablones que les habían servido de sostén. El sargento volvióse hacia el capitán, saludó y se colocó tras él; el oficial, a su vez, dio un paso a un costado. Estos movimientos dejaron al reo y al sargento parados en los extremos del mismo tablón, que atravesaba tres durmientes. El extremo que sostenía al condenado tocaba casi un cuarto durmiente; el peso del capitán había mantenido firme el tablón; ahora lo afianzaba el del sargento. A una señal de aquél, el sargento daría un paso a un costado, se volcaría la tabla y el reo caería entre dos durmientes. El condenado debió reconocer que el procedimiento era simple y eficaz. No le habían cubierto la cara ni vendado los ojos. Contempló un instante su "inseguro apoyo"; después dejó que su mirada vagase sobre el agua del río que corría debajo. Llamóle la atención un pedazo de madera flotante que danzaba en el agua, y sus ojos lo observaron descender la corriente. ¡Con cuánta lentitud se movía! ¡Qué arroyo perezoso!
Cerró los ojos, para fijar sus últimos pensamientos en su esposa y sus hijos. El agua dorada por el sol matinal, las melancólicas nubecillas de vapor allá lejos, junto a las márgenes del río; el fuerte, los soldados, el leño flotante, todas esas cosas lo habían distraído. Y ahora tuvo conciencia de una nueva perturbación, que desintegraba el recuerdo de sus seres amados. Era un sonido que no podía ignorar ni comprender, una percusión aguda, neta, metálica, como el golpe del martillo sobre el yunque del herrero; una sucesión de notas tintineantes. Se preguntó qué era, y si estaba lejos o cerca, pues tanto parecía lo uno como lo otro. Su ritmo era regular, pero lento como el de las campanas que tocan a difunto. Aguardaba cada toque con impaciencia y, sin saber por qué, con aprensión. Los intervalos de silencio se alargaron progresivamente; las demoras se tornaron obsesivas. A medida que se volvían más infrecuentes, los sonidos aumentaban en fuerza y agudeza. Heríanle el oído como puñaladas; sintió miedo de gritar. Lo que oía era el tictac de su reloj.
Abrió los ojos y nuevamente vio el agua a sus pies. "Si pudiera desatarme las manos —pensó—, acaso tendría tiempo para desceñirme la soga y zambullirme en el río. Buceando, podría escapar a las balas, y nadando vigorosamente alcanzar la orilla, ganar el bosque y llegar a mi casa. Las líneas del enemigo, gracias a Dios, no han rebasado mi casa; los invasores no han llegado aún a mi esposa y mis hijos."
Mientras el cerebro del condenado, más que elaborar estos pensamientos que hemos intentado traducir en palabras, los recibía como fugaces destellos, el capitán hizo al sargento la señal convenida. El sargento dio un paso a un costado.

II
Peyton Farquhar era un hacendado rico, perteneciente a una antigua y respetada familia de Alabama. Siendo amo de esclavos y político, como todos los demás esclavistas, era también naturalmente secesionista de alma y ardoroso partidario de la causa sudista. Motivos de fuerza mayor, que no es menester relatar aquí, le impidieron sentar plaza en el valeroso ejército que luchó en las desastrosas campañas cuya culminación fue la caída de Corinth. La inactividad, sin embargo, acabó por enardecerlo como una afrenta. Deseaba una válvula de escape para sus energías, anhelaba la vida noble del soldado y la oportunidad de distinguirse. Y estaba seguro de que tarde o temprano se le presentaría la oportunidad, como se presenta a todos en tiempos de guerra. Entretanto, hacía lo que podía. Ningún servicio le habría parecido demasiado humilde, siempre que contribuyera a la causa del Sur; ninguna aventura demasiado peligrosa, siempre que estuviera acorde con el carácter de un paisano que, en el fondo de su corazón, era militar, y que de buena fe y sin mayor discriminación estaba de acuerdo, al menos en parte, con el aforismo que dice —con evidente infamia— que en la guerra y en el amor sólo importan los medios.
Una tarde, mientras Farquhar y su esposa estaban sentados en un banco rústico, cerca de la entrada del parque, un jinete con uniforme gris llegó al portón y pidió un vaso de agua. La señora Farquhar tuvo a honra el servirle con sus propias manos. Mientras iba en busca del agua, su esposo se acercó al polvoriento jinete y le preguntó con ansiedad qué noticias traía del frente.
—Los yanquis están arreglando las vías férreas —respondió el hombre—, y se preparan para otro avance. Han llegado al puente de Owl Creek. Lo repararon y alzaron una empalizada en la otra margen. El comandante publicó un bando y lo hizo clavar en todas partes. Dice que cualquier civil a quien se sorprenda dañando las vías férreas, puentes, túneles o trenes será ahorcado sumariamente. Yo mismo vi el bando.
—¿Qué distancia hay de aquí al puente de Owl Creek?
—Unas treinta millas.
—Y de este lado del arroyo, ¿no hay fuerzas enemigas?
—Sólo un puesto avanzado, a media milla de distancia, sobre el ferrocarril, y un centinela en la cabeza del puente.
—Y si un hombre, un civil, un perito en ahorcaduras —dijo Farquhar sonriendo—, eludiera el puesto de avanzada y dominara al centinela, ¿qué podría hacer?
El soldado reflexionó.
—Estuve allí hace un mes —repuso—. Observé que la inundación del invierno último había acumulado una gran cantidad de leños flotantes contra la primera pila del puente. Ahora la madera está seca y arderá como estopa.
La mujer trajo el agua, que el soldado bebió. Le agradeció ceremoniosamente, hizo una reverencia a su esposo y se marchó. Una hora después, ya entrada la noche, volvió a pasar por la plantación, rumbo al norte, de donde había venido. Era un espía federal.

III
Al caer en línea recta entre las traviesas del puente, Peyton Farquhar perdió el sentido, y fue como si perdiera la vida. De ese estado vino a sacarle —siglos después, o tal al menos le pareció— el dolor de una fuerte presión en la garganta, seguido por una sensación de sofoco. Agudos, lacerantes alfilerazos irradiaban de su garganta y estremecían hasta la última fibra de su cuerpo y de sus extremidades. Esas lumbraradas de dolor parecían propagarse a lo largo de ramificaciones perfectamente definidas, y pulsar con periodicidad inconcebiblemente veloz. Eran como pequeños torrentes de fuego palpitante que calentaban su cuerpo a una temperatura insoportable. En cuanto a su cabeza, sólo experimentaba una sensación de congestión, como si fuera a estallarle. Estas impresiones estaban desligadas del pensamiento. La parte intelectual de su ser ya se había desvanecido; sólo podía sentir, y sentir era el tormento. Tenía conciencia de que se estaba moviendo. Rodeado por una nube luminosa, de la que era apenas el corazón incandescente, ya sin sustancia material, se balanceaba en inconcebibles arcos de oscilación, como un vasto péndulo. De pronto, con terrible subitaneidad, la luz que lo rodeaba saltó disparada hacia arriba, y sintió el chapoteo de una zambullida. Un estruendo brutal palpitaba en sus oídos, y todo estaba frío y oscuro. Recuperó la facultad pensar: comprendió que la soga se había cortado; había caído al arroyo. La sensación de asfixia no aumentó: el nudo que le apretaba el cuello lo sofocaba ya e impedía que el agua llegara a sus pulmones. ¡Morir estrangulado en el fondo de un río! La idea le pareció absurda. Abrió los ojos en la negrura, y vio sobre su cabeza un fulgor, pero ¡cuán distante, cuán inaccesible! Seguía hundiéndose, porque la luz se tornaba más débil, cada vez más débil, hasta convertirse en mera vislumbre. Después comenzó a crecer y abrillantarse, y adivinó que ascendía a la superficie... Lo comprendió con disgusto, pues había empezado a experimentar una sensación de bienestar. "Ahorcado y ahogado —pensó—, vaya y pase; pero no quiero que me baleen. No, no quiero que me baleen; no es justo."
No tuvo conciencia del esfuerzo, pero un agudo dolor en las muñecas le advirtió que estaba tratando de soltar sus manos. Prestó cierta atención indiferente al forcejeo, como un curioso que observa las proezas de un juglar, sin interesarse mucho por el resultado. ¡Qué espléndido esfuerzo! ¡Qué vigor magnifico y sobrehumano! ¡Ah, valerosa empresa! ¡Bravo! La cuerda estaba rota; sus brazos se abrieron y flotaron hacia arriba; las manos tornáronse vagamente visibles a la luz que aumentaba. Con renovado interés las observó precipitarse —primero una, después la otra— sobre el nudo que le ceñía el cuello. Lo arrancaron y lo echaron ferozmente a un costado, y las ondulaciones de la soga le hicieron pensar en una culebra de agua.
—¡Átenla otra vez! ¡Átenla otra vez!
Creyó gritar estas palabras a sus manos. Porque a la ausencia del nudo habían sucedido las más espantosas ansias experimentadas hasta ese momento. El cuello le dolía terriblemente; el cerebro lo sentía como incendiado; el corazón, que hasta entonces había aleteado débilmente, le pareció que daba un gran salto y buscaba salírsele por la boca. Sentía todo el cuerpo atormentado y dilacerado por insoportables ramalazos. Pero sus manos rebeldes no obedecían la orden. Golpeaban vigorosamente el agua, con rápidas brazadas verticales, obligándole a salir a la superficie. Sintió emerger su cabeza; el pecho se le expandió convulsivamente, y con un supremo estremecimiento de dolor sus pulmones aspiraron una gran bocanada de aire, que expelió instantáneamente con un aullido.
Estaba ahora en plena posesión de sus sentidos. Más aún, los sentía sobrenaturalmente aguzados y vigilantes. Algo, dentro de la terrible perturbación de su sistema orgánico, se los había exaltado y refinado a tal punto que registraban cosas jamás percibidas anteriormente. Sentía los rizos del agua, escuchaba separadamente el ruido que hacía cada uno de ellos al chocar contra su cara. Miró el bosque en la margen del arroyo, vio los árboles, las hojas, las nervaduras de cada hoja... Vio los insectos que se movían en las hojas, las cigarras, las mariposas multicolores, las arañas grises que tendían sus telas entre una rama y otra. Percibió los colores prismáticos de las gotas de rocío en millones de briznas de hierba. El zumbido de los mosquitos que danzaban sobre los remansos de la corriente, el chasquido de alas de las libélulas, los golpes de las patas de las esquilas, como remos impulsando un bote... Oía con perfecta claridad todos esos sonidos. Bajo sus ojos se deslizó un pez, y oyó el ruido que hacia su cuerpo hendiendo el agua.
Había salido a la superficie, de espaldas al puente. Un segundo más tarde el mundo visible pareció girar, pausado, tomándolo a él como centro, y entonces vio el puente, el fuerte, los soldados sobre el puente, el capitán, el sargento, los dos soldados rasos, sus verdugos. Estaban recortados en silueta contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban, señalándolo; el capitán había desenfundado su pistola, pero no hizo fuego; los otros estaban desarmados. Sus movimientos eran grotescos y horribles, gigantesca su estampa.
Súbitamente oyó una detonación y algo chasqueó en el agua a pocos centímetros de su cabeza, salpicándole la cara. Luego, un segundo estampido, y vio a uno de los centinelas, fusil al hombro; una nubecita de humo brotaba del caño. El fugitivo vio el ojo de aquel hombre clavado en los suyos detrás de la mira del fusil. Era un ojo gris, y recordó haber leído alguna vez que los ojos grises eran los más certeros, y que todos los tiradores famosos tenían ojos grises. Éste, sin embargo, había errado.
Un remolino atrapó a Farquhar y lo hizo dar media vuelta; quedó mirando nuevamente el bosque de la orilla opuesta al fuerte. Una voz clara y penetrante, que entonaba una cantilena monótona, vibraba ahora a sus espaldas y se deslizaba sobre el agua con una nitidez que perforaba y mitigaba todos los otros ruidos, inclusive el palpitar de las ondas contra su rostro. Aunque no era soldado, había frecuentado los campamentos lo bastante para comprender la significación terrible de ese canturreo deliberado, arrastrado y lento. El teniente, en la orilla, había resuelto intervenir en los acontecimientos matinales. Cuán frías e inmisericordes, con qué entonación inexpresiva y tranquila, presagiando y afianzando la serenidad de los tiradores, cuán exactamente espaciadas cayeron aquellas crueles palabras:
—Atención, compañía... Preparen armas... Listos... Apunten... Fuego.
Farquhar buceó, se hundió todo lo que pudo. El agua aullaba en sus oídos con la voz del Niágara, y aun así, escuchó el trueno opaco de la salva, y al ascender a la superficie halló en su camino relucientes fragmentos metálicos, singularmente achatados, que bajaban oscilando lentamente. Algunos lo tocaron en la cara y en las manos; después se desprendieron y siguieron su descenso. Uno se alojó entre el cuello de su camisa y la nuca; estaba desagradablemente tibio, y Farquhar lo arrancó de un tirón.
Al salir jadeando a la superficie, comprendió que había estado mucho tiempo bajo el agua. La corriente lo había arrastrado en forma perceptible. Estaba cada vez más cerca de la salvación. Los soldados acababan de cargar nuevamente sus armas; las baquetas metálicas llamearon simultáneamente a la luz del sol, al salir de las bocas de los fusiles; describieron un círculo en el aire y desaparecieron en las fundas. Los dos centinelas hicieron fuego nuevamente, por separado, mas sin puntería.
El perseguido vio todo esto por sobre el hombro; ahora nadaba vigorosamente a favor de la corriente. Su cerebro funcionaba con tanta energía como sus brazos y sus piernas. Sus pensamientos tenían la velocidad del relámpago.
"El oficial —razonó— no repetirá ese error, típico del militar riguroso. Es tan fácil esquivar una andanada como un solo tiro. Probablemente ha ordenado ya fuego a discreción. ¡Válgame Dios, no puedo eludir todas las balas!"
A dos pasos de distancia hubo un tremendo chapoteo, y luego un sonido penetrante y móvil, que pareció propagarse de regreso al fuerte, y culminó en una explosión que conmovió el río hasta sus profundidades. Una columna de agua descendió sobre él, cegándolo, estrangulándolo. El cañón participaba en el juego. Al asomar la cabeza en el hervor del agua convulsionada, oyó el silbido del rebote, y casi al mismo tiempo la bala tronchaba estruendosamente los arbustos del bosque cercano.
"No volverán a equivocarse —pensó—. La próxima vez usarán metralla. No debo perder de vista ese cañón. El humo me servirá de advertencia; la detonación llega demasiado tarde, demora más que el proyectil. Es un buen cañón."
Súbitamente sintió que giraba y giraba como un trompo. El agua, las márgenes, el puente ahora distante, el fuerte y los hombres, todo estaba mezclado y confuso. De los objetos, sólo percibía el color: bandas horizontales y circulares de color. Giraba en el centro de un torbellino, y la velocidad de rotación y de avance lo enfermaba y aturdía. Pocos segundos más tarde fue lanzado sobre la grava, al pie de la margen izquierda del río (la margen meridional), detrás de una saliente que lo ocultaba a sus enemigos. Lo volvieron a la realidad la súbita interrupción del movimiento y el escozor de una de sus manos lacerada por la arenilla. Lloró de alegría. Hundió los dedos en la arena, la derramó a puñados sobre su cabeza y la bendijo en alta voz. Era como el oro, como una lluvia de diamantes, rubíes, esmeraldas. Nada había más hermoso. Los árboles de la ribera parecían gigantescas plantas de jardín; notó en ellos un orden definido. Aspiró la fragancia de sus flores. Entre los troncos brillaba una extraña luz rosada, y el viento arrancaba de sus ramas la música de las arpas eólicas. Peyton Farquflar no sintió deseos de perfeccionar su huida; se contentaba con permanecer en ese lugar encantado hasta que volvieran a capturarlo.
Un zumbido, y luego un repiqueteo de metralla que conmovió las altas ramas de los árboles, lo arrancaron de su ensoñación. El frustrado artillero había disparado al azar un cañonazo de despedida. Peyton Farquhar se incorporó de un salto, corrió por el declive de la ribera y se internó en el bosque. Anduvo todo el día, orientándose por el sol. El bosque parecía interminable; no se veía un claro, ni siquiera una picada de leñadores. Nunca había creído vivir en una comarca tan salvaje; la revelación tenía algo de pavoroso.
Al caer la noche estaba postrado por la fatiga y el hambre, con los pies llagados. El recuerdo de su esposa y de sus hijos lo obligó a seguir. Por fin halló un camino, y comprendió que iba en la dirección propicia. Era ancho y recto como una calle de ciudad; sin embargo, parecía intransitado. Ni campos cultivados lo bordeaban, ni habitación alguna, ni el ladrido de un perro sugería la presencia humana. Los troncos negros de los grandes árboles formaban paredes verticales a ambos lados, convergiendo en un punto del horizonte, como un diagrama en una lección de perspectiva. Alzó la vista y vio fulgir grandes estrellas de oro, que le parecieron desconocidas y formaban extrañas constelaciones. Abrigó la certeza de que estaban agrupadas en un orden provisto de secreto y maligno significado. Poblaban el bosque a ambos lados extraños rumores: oyó, repetidamente, murmullos en un idioma desconocido.
Le dolía el cuello. Al tocarlo con la mano lo notó horriblemente hinchado. Adivinó un círculo negro donde lo había ceñido la cuerda. Sentía los ojos congestionados; ya no podía cerrarlos. La sed le hinchaba la lengua: la sed y la fiebre; para mitigarla, sacó la lengua al aire fresco, entre los dientes. El césped de la intransitada alameda era como una alfombra blanda. Ya no sentía el camino bajo sus pies.
Indudablemente, a pesar del sufrimiento, se ha quedado dormido mientras caminaba, porque ahora contempla otra escena... O quizá, simplemente, ha vuelto en sí después de un delirio. Se halla ante la reja de su propia casa. Todo está como lo dejó, todo brilla espléndido bajo el sol matinal. Seguramente ha caminado toda la noche. Abre el portón, echa a andar por la amplia vereda blanca, ve un revuelo de faldas; su mujer, fresca, bella y dulce, baja de la veranda a su encuentro. Al pie de la escalinata se queda esperando, con una sonrisa de inefable alegría, en una actitud de incomparable gracia y dignidad. ¡Cuán hermosa es! Él avanza con los brazos abiertos. Y cuando va a estrecharla, siente un golpe demoledor en la nuca; una enceguecedora luz blanca fulgura a su alrededor, oye un ruido semejante a un cañonazo...
¡Después todo es oscuridad y silencio!
Peyton Farquhar estaba muerto. Su cadáver, con el cuello quebrado, se balanceaba suavemente entre los maderos del viejo puente de Owl Creek.

*Este cuento también suele encontrarse con el título de "El puente sobre el río del Búho".
De Ambrose Bierce, en Antología del cuento extraño (selección, traducción y noticias biográficas de Rodolfo J. Walsh), Ed. Edicial.

El León y la espina - Ambrose Bierce

Microcuento de Ambrose Bierce

Un León que rondaba por el bosque se clavó una espina en la pata y, al encontrarse con un Pastor, le pidió que se la quitara. El Pastor así lo hizo, y el León, satisfecho porque ya se había comido a otro pastor, se alejó sin hacerle daño. Un tiempo después condenaron al Pastor, por una falsa acusación, a ser arrojado a los leones en el anfiteatro. Cuando estaban a punto de devorarlo, uno de ellos dijo:
—Este es el hombre que me quitó la espina de la pata.
Al escuchar esto, los otros leones se abstuvieron honorablemente, y el solicitante se comió al Pastor él solo.

De En frasco chico, Ed. Colihue

Ylla - Ray Bradbury

Cuento de Ray Bradbury

Tenían en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa de columnas de cristal, y todas las mañanas se podía ver a la señora K mientras comía la fruta dorada que brotaba de las paredes de cristal, o mientras limpiaba la casa con puñados de un polvo magnético que recogía la suciedad y luego se dispersaba en el viento cálido. A la tarde, cuando el mar fósil yacía inmóvil y tibio, y las viñas se erguían tiesamente en los patios, y en el distante y recogido pueblito marciano nadie salía a la calle, se podía ver al señor K en su cuarto, que leía un libro de metal con jeroglíficos en relieve, sobre los que pasaba suavemente la mano como quien toca el arpa. Y del libro, al contacto de los dedos, surgía un canto, una voz antigua y suave que hablaba del tiempo en que el mar bañaba las costas con vapores rojos y los hombres lanzaban al combate nubes de insectos metálicos y arañas eléctricas.
El señor K y su mujer vivían desde hacía ya veinte años a orillas del mar muerto, en la misma casa en que habían vivido sus antepasados, y que giraba y seguía el curso del sol, como una flor, desde hacía diez siglos.
El señor K y su mujer no eran viejos. Tenían la tez clara, un poco parda, de casi todos los marcianos; los ojos amarillos y rasgados, las voces suaves y musicales.
En otro tiempo habían pintado cuadros con fuego químico, habían nadado en los canales, cuando corría por ellos el licor verde de las viñas y habían hablado hasta el amanecer, bajo los azules retratos fosforescentes, en la sala de las conversaciones.
Ahora no eran felices.
Aquella mañana, la señora K, de pie entre las columnas, escuchaba el hervor de las arenas del desierto, que se fundían en una cera amarilla, y parecían fluir hacia el horizonte.
Algo iba a suceder.
La señora K esperaba.
Miraba el cielo azul de Marte, como si en cualquier momento pudiera encogerse, contraerse, y arrojar sobre la arena algo resplandeciente y maravilloso.
Nada ocurría.
Cansada de esperar, avanzó entre las húmedas columnas. Una lluvia suave brotaba de los acanalados capiteles, caía suavemente sobre ella y refrescaba el aire abrasador. En estos días calurosos, pasear entre las columnas era como pasear por un arroyo. Unos frescos hilos de agua brillaban sobre los pisos de la casa. A lo lejos oía a su marido que tocaba el libro, incesantemente, sin que los dedos se le cansaran jamás de las antiguas canciones. Y deseó en silencio que él volviera a abrazarla y a tocarla, como a una arpa pequeña, pasando tanto tiempo junto a ella como el que ahora dedicaba a sus increíbles libros.
Pero no. Meneó la cabeza y se encogió imperceptiblemente de hombros. Los párpados se le cerraron suavemente sobre los ojos amarillos. El matrimonio nos avejenta, nos hace rutinarios, pensó.
Se dejó caer en una silla, que se curvó para recibirla, y cerró fuerte y nerviosamente los ojos.
Y tuvo el sueño.
Los dedos morenos temblaron y se alzaron, crispándose en el aire.
Un momento después se incorporó, sobresaltada, en su silla. Miró vivamente a su alrededor, como si esperara ver a alguien, y pareció decepcionada. No había nadie entre las columnas.
El señor K apareció en una puerta triangular.
—¿Llamaste? —preguntó, irritado.
—No —dijo la señora K.
—Creí oírte gritar.
—¿Grité? Descansaba y tuve un sueño.
—¿Descansabas a esta hora? No es tu costumbre.
La señora K seguía sentada, inmóvil, como si el sueño le hubiese golpeado el rostro.
—Un sueño extraño, muy extraño —murmuró.
—Ah.
Evidentemente, el señor K quería volver a su libro.
—Soñé con un hombre —dijo su mujer.
—¿Con un hombre?
—Un hombre alto, de un metro ochenta de estatura.
—Qué absurdo. Un gigante, un gigante deforme.
—Sin embargo... —replicó la señora K buscando las palabras—. Y... ya sé que creerás que soy una tonta, pero... ¡tenía los ojos azules!
—¿Ojos azules? ¡Dioses! —exclamó el señor K— ¿Qué soñarás la próxima vez? Supongo que los cabellos eran negros.
—¿Cómo lo adivinaste? —preguntó la señora K excitada.
El señor K respondió fríamente:
—Elegí el color más inverosímil.
—¡Pues eran negros! —exclamó su mujer—. Y la piel, ¡blanquísima! Era muy extraño. Vestía un uniforme raro. Bajó del cielo y me habló amablemente.
—¿Bajó del cielo? ¡Qué disparate!
—Vino en una cosa de metal que relucía a la luz del sol —recordó la señora K, y cerró los ojos evocando la escena—. Yo miraba el cielo y algo brilló como una moneda que se tira al aire y de pronto creció y descendió lentamente. Era un aparato plateado, largo y extraño. Y en un costado de ese objeto de plata se abrió una puerta y apareció el hombre alto.
—Si trabajaras un poco más no tendrías esos sueños tan tontos.
—Pues a mí me gustó —dijo la señora K reclinándose en su silla—. Nunca creí tener tanta imaginación. ¡Cabello negro, ojos azules y tez blanca! Un hombre extraño, pero muy hermoso.
—Seguramente tu ideal.
—Eres antipático. No me lo imaginé deliberadamente, se me apareció mientras dormitaba. Pero no fue un sueño, fue algo tan inesperado, tan distinto...
El hombre me miró y me dijo: «Vengo del tercer planeta. Me llamo Nathaniel York...»
—Un nombre estúpido. No es un nombre.
—Naturalmente, es estúpido porque es un sueño —explicó la mujer suavemente—. Además me dijo: «Este es el primer viaje por el espacio. Somos dos en mi nave; yo y mi amigo Bart.»
—Otro nombre estúpido.
—Y luego dijo: «Venimos de una ciudad de la Tierra; así se llama nuestro planeta.» Eso dijo, la Tierra. Y hablaba en otro idioma. Sin embargo yo lo entendía con la mente. Telepatía, supongo.
El señor K se volvió para alejarse; pero su mujer lo detuvo, llamándolo con una voz muy suave.
—¿Yll? ¿Te has preguntado alguna vez... bueno, si vivirá alguien en el tercer planeta?
—En el tercer planeta no puede haber vida —explicó pacientemente el señor K—. Nuestros hombres de ciencia han descubierto que en su atmósfera hay demasiado oxígeno.
—Pero, ¿no sería fascinante que estuviera habitado? ¿Y que sus gentes viajaran por el espacio en algo similar a una nave?
—Bueno, Ylla, ya sabes que detesto los desvaríos sentimentales. Sigamos trabajando.
Caía la tarde, y mientras se paseaba por entre las susurrantes columnas de lluvia, la señora K se puso a cantar. Repitió la canción, una y otra vez.
—¿Qué canción es ésa? —le preguntó su marido, interrumpiéndola, mientras se acercaba para sentarse a la mesa de fuego.
La mujer alzó los ojos y sorprendida se llevó una mano a la boca.
—No sé.
El sol se ponía. La casa se cerraba, como una flor gigantesca. Un viento sopló entre las columnas de cristal. En la mesa de fuego, el radiante pozo de lava plateada se cubrió de burbujas. El viento movió el pelo rojizo de la señora K y le murmuró suavemente en los oídos. La señora K se quedó mirando en silencio, con ojos amarillos, húmedos y dulces al lejano y pálido fondo del mar, como si recordara algo.
—Drink to me with thine eyes, and I will pledge with mine (Brinda por mí con tus ojos y yo te prometeré con los míos) —cantó lenta y suavemente, en voz baja—. Or leave a kiss within the cup, and I'll not ask for wine. (O deja un beso en tu copa y no pediré vino.)
Cerró los ojos y susurró moviendo muy levemente las manos. Era una canción muy hermosa.
—Nunca oí esa canción. ¿Es tuya? —le preguntó el señor K mirándola fijamente.
—No. Sí... No sé —titubeó la mujer—. Ni siquiera comprendo las palabras. Son de otro idioma.
—¿Qué idioma?
La señora K dejó caer, distraídamente, unos trozos de carne en el pozo de lava.
—No lo sé.
Un momento después sacó la carne, ya cocida, y se la sirvió a su marido.
—Es una tontería que he inventado, supongo. No sé por qué.
El señor K no replicó. Observó cómo su mujer echaba unos trozos de carne en el pozo de fuego siseante. El sol se había ido. Lenta, muy lentamente, llegó la noche y llenó la habitación, inundando a la pareja y las columnas, como un vino oscuro que subiera hasta el techo. Sólo la encendida lava de plata iluminaba los rostros.
La señora K tarareó otra vez aquella canción extraña.
El señor K se incorporó bruscamente y salió irritado de la habitación.
Más tarde, solo, el señor K terminó de cenar.
Se levantó de la mesa, se desperezó, miró a su mujer y dijo bostezando:
—Tomemos los pájaros de fuego y vayamos a entretenernos a la ciudad.
—¿Hablas seriamente? —le preguntó su mujer—. ¿Te sientes bien?
—¿Por qué te sorprendes?
—No vamos a ninguna parte desde hace seis meses.
—Creo que es una buena idea.
—De pronto eres muy atento.
—No digas esas cosas —replicó el señor K disgustado—. ¿Quieres ir o no?
La señora K miró el pálido desierto; las mellizas lunas blancas subían en la noche; el agua fresca y silenciosa le corría alrededor de los pies. Se estremeció levemente. Quería quedarse sentada, en silencio, sin moverse, hasta que ocurriera lo que había estado esperando todo el día, lo que no podía ocurrir, pero tal vez ocurriera. La canción le rozó la mente, como un ráfaga.
—Yo...
—Te hará bien —musitó su marido—. Vamos.
—Estoy cansada. Otra noche.
—Aquí tienes tu bufanda —insistió el señor K alcanzándole un frasco—. No salimos desde hace meses.
Su mujer no lo miraba.
—Tú has ido dos veces por semana a la ciudad de Xi —afirmó.
—Negocios.
—Ah —murmuró la señora K para sí misma.
Del frasco brotó un liquido que se convirtió en una neblina azul y envolvió en sus ondas el cuello de la señora K.
Los pájaros de fuego esperaban, como brillantes brasas de carbón, sobre la fresca y tersa arena. La flotante barquilla blanca, unida a los pájaros por mil cintas verdes, se movía suavemente en el viento de la noche.
Ylla se tendió de espaldas en la barquilla, y a una palabra de su marido, los pájaros de fuego se lanzaron ardiendo, hacia el cielo oscuro. Las cintas se estiraron, la barquilla se elevó deslizándose sobre las arenas, que crujieron suavemente. Las colinas azules desfilaron, desfilaron, y la casa, las húmedas columnas, las flores enjauladas, los libros sonoros y los susurrantes arroyuelos del piso quedaron atrás. Ylla no miraba a su marido. Oía sus órdenes mientras los pájaros en llamas ascendían ardiendo en el viento, como diez mil chispas calientes, como fuegos artificiales en el cielo, amarillos y rojos, que arrastraban el pétalo de flor de la barquilla.
Ylla no miraba las antiguas y ajedrezadas ciudades muertas, ni los viejos canales de sueño y soledad. Como una sombra de luna, como una antorcha encendida, volaban sobre ríos secos y lagos secos.
Ylla sólo miraba el cielo.
Su marido le habló.
Ylla miraba el cielo.
—¿No me oíste?
—¿Qué?
El señor K suspiró.
—Podías prestar atención.
—Estaba pensando.
—No sabía que fueras amante de la naturaleza, pero indudablemente el cielo te interesa mucho esta noche.
—Es hermosísimo.
—Me gustaría llamar a Hulle —dijo el marido lentamente—. Quisiera preguntarle si podemos pasar unos días, una semana, no más, en las montañas Azules. Es sólo una idea...
—¡En las montañas Azules! —Gritó Ylla tomándose con una mano del borde de la barquilla y volviéndose rápidamente hacia él.
—Oh, es sólo una idea...
Ylla se estremeció.
—¿Cuándo quieres ir?
—He pensado que podríamos salir mañana por la mañana —respondió el señor K negligentemente—. Nos levantaríamos temprano...
—¡Pero nunca hemos salido en esta época!
—Sólo por esta vez. —El señor K sonrió. —Nos hará bien. Tendremos paz y tranquilidad. ¿Acaso has proyectado alguna otra cosa? Iremos, ¿no es cierto?
Ylla tomó aliento, esperó, y dijo:
—¿Qué?
El grito sobresaltó a los pájaros; la barquilla se sacudió.
—No —dijo Ylla firmemente—. Está decidido. No iré.
El señor K la miró y no hablaron más. Ylla le volvió la espalda.
Los pájaros volaban, como diez mil teas al viento.
Al amanecer, el sol que atravesaba las columnas de cristal disolvió la niebla que había sostenido a Ylla mientras dormía. Ylla había pasado la noche suspendida entre el techo y el piso, flotando suavemente en la blanda alfombra de bruma que brotaba de las paredes cuando ella se abandonaba al sueño. Había dormido toda la noche en ese río callado, como un bote en una corriente silenciosa. Ahora el calor disipaba la niebla, y la bruma descendió hasta depositar a Ylla en la costa del despertar.
Abrió los ojos.
El señor K, de pie, la observaba como si hubiera estado junto a ella, inmóvil, durante horas y horas. Sin saber por qué, Ylla apartó los ojos.
—Has soñado otra vez —dijo el señor K—. Hablabas en voz alta y me desvelaste. Creo realmente que debes ver a un médico.
—No será nada.
—Hablaste mucho mientras dormías.
—¿Sí? —dijo Ylla, incorporándose.
Una luz gris le bañaba el cuerpo. El frío del amanecer entraba en la habitación.
—¿Qué soñaste?
Ylla reflexionó unos instantes y luego recordó.
—La nave. Descendía otra vez, se posaba en el suelo y el hombre salía y me hablaba, bromeando, riéndose, y yo estaba contenta.
El señor K, impasible, tocó una columna. Fuentes de vapor y agua caliente brotaron del cristal. El frío desapareció de la habitación.
—Luego —dijo Ylla—, ese hombre de nombre tan raro, Nathaniel York, me dijo que yo era hermosa y... y me besó.
—¡Ah! —exclamó su marido, dándole la espalda.
—Sólo fue un sueño —dijo Ylla, divertida.
—¡Guárdate entonces esos estúpidos sueños de mujer!
—No seas niño —replicó Ylla reclinándose en los últimos restos de bruma química.
Un momento después se echó a reír.
—Recuerdo algo más —confesó.
—Bueno, ¿qué es, qué es?
—Yll, tienes muy mal carácter.
—¡Dímelo! —exigió el señor K inclinándose hacia ella con una expresión sombría y dura—. ¡No debes ocultarme nada!
—Nunca te vi así —dijo Ylla, sorprendida e interesada a la vez—. Ese Nathaniel York me dijo... Bueno, me dijo que me llevaría en la nave, de vuelta a su planeta. Realmente es ridículo.
—¡Si! ¡Ridículo! —gritó el señor K—. ¡Oh, dioses! ¡Si te hubieras oído, hablándole, halagándolo, cantando con él toda la noche! ¡Si te hubieras oído!
—¡Yll!
—¿Cuándo va a venir? ¿Dónde va a descender su maldita nave?
—Yll, no alces la voz.
—¡Qué importa la voz! ¿No soñaste —dijo el señor K inclinándose rígidamente hacia ella y tomándola de un brazo— que la nave descendía en el valle Verde? ¡Contesta!
—Pero, si...
—Y descendía esta tarde, ¿no es cierto?
—Sí, creo que sí, pero fue sólo un sueño.
—Bueno —dijo el señor K soltándola—, por lo menos eres sincera. Oí todo lo que dijiste mientras dormías. Mencionaste el valle y la hora.
Jadeante, dio unos pasos entre las columnas, como cegado por un rayo. Poco a poco recuperó el aliento. Su mujer lo observaba como si se hubiera vuelto loco. Al fin se levantó y se acercó a él.
—Yll —susurró.
—No me pasa nada.
—Estás enfermo.
—No —dijo el señor K con una sonrisa débil y forzada—. Soy un niño, nada más. Perdóname, querida. —La acarició torpemente. —He trabajado demasiado en estos días. Lo lamento. Voy a acostarme un rato.
—¡Te excitaste de una manera!
—Ahora me siento bien, muy bien. —Suspiró. —Olvidemos esto. Ayer me dijeron algo de Uel que quiero contarte. Si te parece, preparas el desayuno, te cuento lo de Uel y olvidamos este asunto.
—No fue más que un sueño.
—Por supuesto —dijo el señor K, y la besó mecánicamente en la mejilla—. Nada más que un sueño.
Al mediodía, las colinas resplandecían bajo el sol abrasador.
—¿No vas al pueblo? —preguntó Ylla.
El señor K arqueó ligeramente las cejas.
—¿Al pueblo?
—Pensé que irías hoy.
Ylla acomodó una jaula de flores en su pedestal. Las flores se agitaron abriendo las hambrientas bocas amarillas. El señor K cerró su libro.
—No —dijo—. Hace demasiado calor, y además es tarde.
—Ah —exclamó Ylla. Terminó de acomodar las flores y fue hacia la puerta—. En seguida vuelvo —añadió.
—Espera un momento. ¿A dónde vas?
—A casa de Pao. Me ha invitado —contestó Ylla, ya casi fuera de la habitación.
—¿Hoy?
—Hace mucho que no la veo. No vive lejos.
—¿En el valle Verde, no es así?
—Sí, es sólo un paseo —respondió Ylla alejándose de prisa.
—Lo siento, lo siento mucho. —El señor K corrió detrás de su mujer, como preocupado por un olvido. —No sé cómo he podido olvidarlo. Le dije al doctor Nlle que viniera esta tarde.
—¿Al doctor Nlle? —dijo Ylla volviéndose.
—Sí —respondió su marido, y tomándola de un brazo la arrastró hacia adentro.
—Pero Pao...
—Pao puede esperar. Tenemos que obsequiar al doctor Nlle.
—Un momento nada más.
—No, Ylla.
—¿No?
El señor K sacudió la cabeza.
—No. Además la casa de Pao está muy lejos. Hay que cruzar el valle Verde, y después el canal y descender una colina, ¿no es así? Además hará mucho, mucho calor, y el doctor Nlle estará encantado de verte. Bueno, ¿qué dices?
Ylla no contestó. Quería escaparse, correr. Quería gritar. Pero se sentó, volvió lentamente las manos, y se las miró inexpresivamente.
—Ylla —dijo el señor K en voz baja—. ¿Te quedarás aquí, no es cierto?
—Sí —dijo Ylla al cabo de un momento—. Me quedaré aquí.
—¿Toda la tarde?
—Toda la tarde.
Pasaba el tiempo y el doctor Nlle no había aparecido aún. El marido de Ylla no parecía muy sorprendido. Cuando ya caía el sol, murmuró algo, fue hacia un armario y sacó de él un arma de aspecto siniestro, un tubo largo y amarillento que terminaba en un gatillo y unos fuelles. Luego se puso una máscara, una máscara de plata, inexpresiva, la máscara con que ocultaba sus sentimientos, la máscara flexible que se ceñía de un modo tan perfecto a las delgadas mejillas, la barbilla y la frente. Examinó el arma amenazadora que tenía en las manos. Los fuelles zumbaban constantemente con un zumbido de insecto. El arma disparaba hordas de chillonas abejas doradas. Doradas, horribles abejas que clavaban su aguijón envenenado, y caían sin vida, como semillas en la arena.
—¿A dónde vas? —preguntó Ylla.
—¿Qué dices? —El señor K escuchaba el terrible zumbido del fuelle— El doctor Nlle se ha retrasado y no tengo ganas de seguir esperándolo. Voy a cazar un rato. En seguida vuelvo. Tú no saldrás, ¿no es cierto?
La máscara de plata brillaba intensamente.
—No.
—Dile al doctor Nlle que volveré pronto, que sólo he ido a cazar.
La puerta triangular se cerró. Los pasos de Yll se apagaron en la colina. Ylla observó cómo se alejaba bajo la luz del sol y luego volvió a sus tareas. Limpió las habitaciones con el polvo magnético y arrancó los nuevos frutos de las paredes de cristal. Estaba trabajando, con energía y rapidez, cuando de pronto una especie de sopor se apoderó de ella y se encontró otra vez cantando la rara y memorable canción, con los ojos fijos en el cielo, más allá de las columnas de cristal.
Contuvo el aliento, inmóvil, esperando.
Se acercaba.
Ocurriría en cualquier momento.
Era como esos días en que se espera en silencio la llegada de una tormenta, y la presión de la atmósfera cambia imperceptiblemente, y el cielo se transforma en ráfagas, sombras y vapores. Los oídos zumban, empieza uno a temblar. El cielo se cubre de manchas y cambia de color, las nubes se oscurecen, las montañas parecen de hierro. Las flores enjauladas emiten débiles suspiros de advertencia. Uno siente un leve estremecimiento en los cabellos. En algún lugar de la casa el reloj parlante dice: «Atención, atención, atención, atención...», con una voz muy débil, como gotas que caen sobre terciopelo.
Y luego, la tormenta. Resplandores eléctricos, cascadas de agua oscura y truenos negros, cerrándose, para siempre.
Así era ahora. Amenazaba, pero el cielo estaba claro. Se esperaban rayos, pero no había una nube.
Ylla caminó por la casa silenciosa y sofocante. El rayo caería en cualquier instante; habría un trueno, un poco de humo, y luego silencio, pasos en el sendero, un golpe en los cristales, y ella correría a la puerta...
—Loca Ylla —dijo, burlándose de sí misma—. ¿Por qué te permites estos desvaríos?
Y entonces ocurrió.
Calor, como si un incendio atravesara el aire. Un zumbido penetrante, un resplandor metálico en el cielo.
Ylla dio un grito. Corrió entre las columnas y abriendo las puertas de par en par, miró hacia las montañas. Todo había pasado. Iba ya a correr colina abajo cuando se contuvo. Debía quedarse allí, sin moverse. No podía salir. Su marido se enojaría muchísimo si se iba mientras aguardaban al doctor.
Esperó en el umbral, anhelante, con la mano extendida. Trató inútilmente de alcanzar con la vista el valle Verde.
Qué tonta soy, pensó mientras se volvía hacia la puerta. No ha sido más que un pájaro, una hoja, el viento, o un pez en el canal. Siéntate. Descansa.
Se sentó.
Se oyó un disparo.
Claro, intenso, el ruido de la terrible arma de insectos.
Ylla se estremeció. Un disparo. Venía de muy lejos. El zumbido de las abejas distantes. Un disparo. Luego un segundo disparo, preciso y frío, y lejano.
Se estremeció nuevamente y sin saber por qué se incorporó gritando, gritando, como si no fuera a callarse nunca. Corrió apresuradamente por la casa y abrió otra vez la puerta.
Ylla esperó en el jardín, muy pálida, cinco minutos.
Los ecos morían a los lejos.
Se apagaron.
Luego, lentamente, cabizbaja, con los labios temblorosos, vagó por las habitaciones adornadas de columnas, acariciando los objetos, y se sentó a esperar en el ya oscuro cuarto del vino. Con un borde de su chal se puso a frotar un vaso de ámbar.
Y entonces, a lo lejos, se oyó un ruido de pasos en la grava. Se incorporó y aguardó, inmóvil, en el centro de la habitación silenciosa. El vaso se le cayó de los dedos y se hizo trizas contra el piso.
Los pasos titubearon ante la puerta.
¿Hablaría? ¿Gritaría; «¡Entre, entre!»?, se preguntó.
Se adelantó. Alguien subía por la rampa. Una mano hizo girar el picaporte.
Sonrió a la puerta. La puerta se abrió. Ylla dejó de sonreír. Era su marido. La máscara de plata tenía un brillo opaco.
El señor K entró y miró a su mujer sólo un instante. Sacó luego del arma dos fuelles vacíos y los puso en un rincón. Mientras, en cuclillas, Ylla trataba inútilmente de recoger los trozos del vaso.
—¿Qué estuviste haciendo? —preguntó.
—Nada —respondió él, de espaldas, quitándose la máscara.
—Pero... el arma. Oí dos disparos.
—Estaba cazando, eso es todo. De vez en cuando me gusta cazar. ¿Vino el doctor Nlle?
—No.
—Déjame pensar. —El señor K castañeteó fastidiado los dedos. —Claro, ahora recuerdo. No iba a venir hoy, sino mañana. Qué tonto soy.
Se sentaron a la mesa. Ylla miraba la comida, con las manos inmóviles.
—¿Qué te pasa? —le preguntó su marido sin mirarla, mientras sumergía en la lava unos trozos de carne.
—No sé. No tengo apetito.
—¿Por qué?
—No sé. No sé por qué.
El viento se levantó en las alturas. El sol se puso, y la habitación pareció de pronto más fría y pequeña.
—Quisiera recordar —dijo Ylla rompiendo el silencio y mirando a lo lejos, más allá de la figura de su marido, frío, erguido, de mirada amarilla.
—¿Qué quisieras recordar? —preguntó el señor K bebiendo un poco de vino.
—Aquella canción —respondió Ylla—, aquella dulce y hermosa canción. Cerró los ojos y tarareó algo, pero no la canción. —La he olvidado y no se por qué. No quisiera olvidarla. Quisiera recordarla siempre.
Movió las manos, como si el ritmo pudiera ayudarle a recordar la canción. Luego se recostó en su silla.
—No puedo acordarme —dijo, y se echó a llorar.
—¿Por qué lloras? —le preguntó su marido.
—No sé, no sé, no puedo contenerme. Estoy triste y no sé por qué. Lloro y no sé por qué.
Lloraba con el rostro entre las manos; los hombros sacudidos por los sollozos.
—Mañana te sentirás mejor —le dijo su marido.
Ylla no lo miró. Miró únicamente el desierto vacío y las brillantísimas estrellas que aparecían ahora en el cielo negro, y a lo lejos se oyó el ruido creciente del viento y de las aguas frías que se agitaban en los largos canales. Cerró los ojos, estremeciéndose.
—Sí —dijo—, mañana me sentiré mejor.

Ray Bradbury, de Crónicas marcianas.