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La lengua - Horacio Quiroga

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Horacio Quiroga nació en Salto, Uruguay, el 31 de diciembre de 1879. Vivió muchos años en la selva misionera, donde recogió abundante material para escribir sus cuentos más logrados. Con una vida signada por las desgracias, se suicidó el 19 de febrero de 1937.
El cuento "La lengua" fue tomado del libro Anaconda, Ed. Club Sudamericana.

La lengua

Hospicio de las Mercedes…

No sé cuándo acabará este infierno. Esto sí, es muy posible que consigan lo que desean. ¡Loco perseguido! ¡Tendría que ver!… Yo propongo esto: ¡A todo el que es lengualarga, que se pasa la vida mintiendo y calumniando, arránquesele la lengua, y se verá lo que pasa! ¡Maldito sea el día que yo también caí! El individuo no tuvo la más elemental misericordia. Sabía como el que más que un dentista sujeto a impulsividades de sangre podrá tener todo, menos clientela. Y me atribuyó estos y aquellos arrebatos; que en el hospital había estado a punto de degollar a un dependiente de fiambrería; que una sola gota de sangre me enloquecía…
¡Arrancarle la lengua!… Quiero que alguien me diga qué había hecho yo a Felippone para que se ensañara de ese modo conmigo. ¿Por hacer un chiste?… Con esas cosas no se juega, bien lo sabe él. Y éramos amigos.
¡Su lengua!… Cualquier persona tiene derecho a vengarse cuando lo han herido. Supóngase ahora lo que me pasaría a mí, con mi carrera rota a un principio, condenado a pasarme todo el día por el estudio sin clientes, y con la pobreza que yo solo sé…
Todo el mundo lo creyó. ¿Por qué no lo iban a creer? De modo que cuando me convencí claramente de que su lengua había quebrado para siempre mi porvenir, resolví una cosa muy sencilla: arrancársela.
Nadie con más facilidades que yo para atraerlo a casa. Lo encontré una tarde y lo cogí, riendo, de la cintura, mientras lo felicitaba por su broma que me atribuía no sé qué impulsos…
El hombre, un poco desconfiado al principio, se tranquilizó al ver mi falta de rencor de pobre diablo. Seguimos charlando una infinidad de cuadras, y de vez en cuando festejábamos alegremente la ocurrencia.
—Pero de veras —me detenía a ratos—. ¿Sabías que era yo el que había inventado la cosa?
—¡Claro que lo sabía! —le respondía riéndome.
Volvimos a vernos con frecuencia. Conseguí que fuera al consultorio, donde confiaba en conquistarlo del todo. En efecto, se sorprendió mucho de un trabajo de puente que me vio ejecutar.
—No me imaginaba —murmuró mirándome— que trabajaras tan bien…
Quedó un rato pensativo y de pronto, como quien se acuerda de algo que aunque ya muy pasado causa siempre gracias, se echó a reír.
—¿Y desde entonces viene poca gente, no?
—Casi nadie —le contesté sonriendo como un simple.


¡Y sonriendo así tuve la santa paciencia de esperar, esperar! Hasta que un día vino a verme apurado, porque le dolía vivamente una muela.
¡Ah, ah! ¡Le dolía a él! ¡Y a mí, nada, nada!
Examiné largamente el raigón doloroso, manejándole las mejillas con una suavidad de amigo que le encantó. Lo emborraché luego de ciencia odontológica, haciéndole ver en su raigón un peligro siempre de temer…
Felippone se entregó en mis brazos, aplazando la extracción de la muela para el día siguiente.
¡Su lengua!… Veinticuatro horas pueden pasar como un siglo de esperanzas para el hombre que aguarda al final un segundo de dicha.
A las dos en punto llegó Felippone. Pero tenía miedo. Se sentó en el sillón sin apartar sus ojos de los míos.
—¡Pero hombre! —le dije paternalmente, mientras disimulaba en la mano el bisturí—. ¡Se trata de un simple raigón! ¿Qué sería si…? ¡Es curioso que les impresione más el sillón del dentista que la mesa de operaciones! —concluí, bajándole el labio con el dedo.
—¡Y es verdad! —asintió con la voz gutural.
—¡Claro que lo es! —sonreí aún, introduciendo en su boca el bisturí para descarnar la encía.
Felippone apretó los ojos, pues era un individuo flojo.
—Abre más la boca —le dije.
Felippone la abrió. Metí la mano izquierda, le sujeté rápidamente la lengua y se la corté de raíz.
¡Plum! ¡Chismes y chismes y chismes, su lengua! Felippone mugió echando por la boca una ola de sangre y se desmayó.
Bueno. En la mano yo tenía su lengua. Y el diablo, la horrible locura de hacer lo que no tiene utilidad alguna, estaban en mis dos ojos. Con aquella podredumbre de chismes en la mano izquierda, ¿qué necesidad tenía yo de mirar allá?
Y miré, sin embargo. Le abrí la boca a Felippone, acerqué bien la cara, y miré en el fondo. ¡Y vi que asomaba por entre la sangre un lengüita roja! ¡Una lengüita que crecía rápidamente, que crecía y se hinchaba, como si yo no tuviera la otra en la mano!
Cogí una pinza, la hundí en el fondo de la garganta y arranqué el maldito retoño. Miré de nuevo, y vi otra vez —¡maldición!— que subían dos nuevas lengüitas moviéndose…
Metí la pinza y arranqué eso, con ellas una amígdala…
La sangre me impedía ver el resultado. Corrí a la camilla, ajusté un tubo, y eché en el fondo de la garganta un chorro violento. Volví a mirar: cuatro lengüitas crecían ya…
¡Desesperación! Inundé otra vez la garganta, hundí los ojos en la boca abierta, y vi una infinidad de lengüitas que retoñaban vertiginosamente…
Desde ese momento fue una locura de velocidad, una carrera furibunda, arrancando, echando el chorro, arrancando de nuevo, tornando a echar agua, sin poder dominar aquella monstruosa reproducción. Al fin lancé un grito y disparé. De la boca le salía un pulpo de lenguas que tanteaban a todos.
¡Las lenguas! Ya comenzaba a pronunciar mi nombre…

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