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En un bohío - Juan Bosch

La mujer no se atrevía a pensar. Cuando creía oír pisadas de bestias se lanzaba a la puerta, con los ojos ansiosos; después volvía al cuarto y se quedaba allí un rato largo, sumida en una especie de letargo.
El bohío era una miseria. Ya estaba negro de tan viejo, y adentro se vivía entre tierra y hollín. Se volvería inhabitable desde que empezaran las lluvias; ella lo sabía, y sabía también que no podía dejarlo, porque fuera de esa choza no tenía una yagua donde ampararse.

El enemigo – Miguel Alfonseca

     Este hombre había muerto en silencio, con los ojos violetas por el crepúsculo, cada vez más tieso el puño izquierdo cerca de la pared cribada por las balas. Ninguno se atrevió a tocarlo – ni siquiera Sara- porque sentíamos su odio a pesar de haber muerto. Sentíamos odio vivía, que dormía tan sólo, en su cuerpo derribado, ensangrentado por nuestras armas. Había gravitado demasiado sobre nuestras vidas para terminar tan fácilmente, con sólo un charco de sangre en el asfalto mojado por la lluvia de primavera.

La mancha indeleble - Juan Bosch

Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas, y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado, pues las cabezas se conservaban en forma admirable, casi como si estuvieran vivas, aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror. Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar, yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia.

Catatonico - Virgilio Díaz Grullón

Encogió los hombros y las piernas apretando los codos contra los costados y cerró los puños adoptando la postura que aprendiera cuando niño de Paulino Uzcudún sintiéndose ahora invulnerable a cualquier ataque viniera de donde viniera ya de un puño disparado ya de una bota agresiva o de las melifluas frases proferidas por esa boca que se abría y cerraba y se movía lateralmente y de abajo hacia arriba frente a él dejando escapar las palabras como insectos asustados a través de la abertura que enmarcaban los labios temblones y que volaban en línea recta hacía el muro impenetrable que había construido con sus brazos y muslos petrificados protegiéndole el pecho y el estómago y las mejillas y sobre todo las orejas donde zumbaban las palabras antes de chocar contra su frente y caer desarticuladas en sílabas quebrándose después en letras menudas al encuentro con el duro suelo del hospital permaneciendo amontonadas unas sobre otras como muertas mariposas nocturnas vencidas por el día y que disimuladamente él fue empujando con el pie bajo la silla desde donde observaba impertérrito el sordo empeño del hombre de la bata blanca de acribillarlo con su espesa andanada de palabras que cada vez fueron saliendo de su boca con mayor rapidez hasta superar su capacidad de ocultarlas por lo que el montón fue creciendo en el piso forzándolo a abandonar el intento de esconderlo bajo la silla y resignándolo a observar indiferente como se elevaba sobre el suelo la pila de palabras desmembradas que fue inexorablemente alcanzando la altura del hombre de la bata blanca trepando primero minuciosamente por sus piernas ocupando después las caderas y el pecho y luego invadiendo tenazmente el contorno de la cabeza hasta cubrir todo el cuerpo arropándolo por completo y sumergiendo y ahogando bajo una hirviente masa negruzca la voz meliflua cuyo sonido fue sobrepasado entonces por el apagado y múltiple murmullo satisfecho del enjambre de diminutos signos alfabéticos degustando bocado a bocado el pellejo y los músculos y huesos y cartílagos en un feroz ataque antropofágico que él observó inmerso en su neutralidad impávida hasta que del hombre sólo quedó la arrugada bata blinca sobre el suelo como una humillada bandera en derrota mientras se producía la desbandada total de las letras que fueron encontrando una a una las grietas escondidas del piso y las paredes y desapareciendo por ellas con apresurada impaciencia de hormigas atolondradas dejando sólo en la habitación al vencedor que estiró las piernas arqueando el torso y alzó las manos entrelazadas por encima de la cabeza porque este round lo había ganado él y podía ahora bajar la guardia hasta el momento en que una nueva cometida de palabras entrometidas despertara otra vez la compulsiva necesidad de proteger a toda costa su intimidad 'amenazada obligándolo a remedar de nuevo la defensa de uzcudún y repetir su victoria y entonces volver a esperar con la misma vigilancia pasiva pero alerta cualquier otro intento de conturbar la infinita paz que había conquistado a través de tantos sacrificios y a la que jamás renunciará no importa qué.

Virgilio Díaz Grullón, Dominicano.

El corcho sobre el río – Virgilio Díaz Grullón

Apenas transcurrió ese espacio de tiempo –sin medida ni definición posibles- que sucede al instante preciso de despertar, y durante el cual parece que recogemos los trozos dispersos de nuestra mente y los unimos con rapidez mágica para formar de golpe el rompecabezas de nuestro mundo consciente; tan pronto se sintió vivo una vez más y recordó que se llamaba Luis Almovar, y se le reveló que justamente amanecía el día doce de julio saltó de la cama y caminó con decisión hacia el lavabo que se levantaba en un rincón de la estancia. No fue sino después de haberse salpicado la cara con agua fresca, y mientras buscabas a tientas la colgada a su lado, cuando reparó, a través de los ojos entrecerrados, en el sobre blanco que reposaba en suelo, junto a la puerta cerrada de la habitación.

La desgracia - Juan Bosch

         El viejo Nicasio no acaba de hallarse a gusto con el aspecto de la mañana. Mala cosa era coger el camino a pie y que le cayera arriba el aguacero y se botara el río y se llenara de lodo la vereda del conuco.

El sedicioso - Virgilio Díaz Grullón

Lo trajeron engrillado y con escolta escolta a la hora en que el capitán Núñez solía descansar su sueñito cotidiano en el patio de la fortaleza, a la sombra de los muros que se levantaban a ambos lados del enorme portón que daba acceso al recinto.

Tanto lo querían – Rosa Julia Vargas

Rosa Julia Vargas: nació en Rep. Dominicana. Es Licenciada en Administración de empresa y Licenciada en Contabilidad por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. La novela con la cual inicia su faceta de narradora es El rastro de Caín (1998). Es fundadora y editora de la revista de difusión literaria Mythos, aparecida en 1999. Con su primer libro de cuentos obtuvo el premio de cuentos Jaime Colson del concurso Por nuestro país primero 2007 de la Fundación Brugal y la Sociedad Renovación. Varios de sus cuentos han sido recogidos antologías.

“Tanto la quería… que tardé en aprender a olvidarla diecinueve días”…, la esforzada voz de Sabina fue el último sonido musical registrado, disfrutado a buen volumen por todos los presentes después de estar todo el santo día anterior a puro clásico. Se oía en la radió mientras terminábamos de la cuarta partida de dominó,… “Y quinientas noches”, coreó uno de los contrincantes mientras sostenía en alto una ficha que ondeó al ritmo de la música antes de depositarla ruidosamente en mesa diciendo, Se acabó el juego.Debían irse a la iglesia, pues ninguno quería perderse la misa de resurrección, la ceremonia con las velas encendidas que el sábado santo ponía el broche de oro a la cuaresma. La celebración familiar del feriado de primavera se había iniciado como siempre el viernes, cuando se fue casi todo el grupo en la madrugada a visitar los altares mientras algunas de las mujeres se turnaron para quedarse cocinando la dieta habitual de los días sagrados, el eterno bacalao, arroz guandules y demás yerbas y terminar el postre de rigor, los frijoles con dulce que amanecieron en la nevera ya colados pero faltaba agregarle todavía ingredientes y especias. Otros nos quedamos porque ya las rodillas no permitían completar el trayecto de comenzar en San Martín de Villa Olga, llegar a la capilla de Albergue, seguir por la Duarte al Sagrado Corazón, baja por la Hostos al Hospicio, por la Sabana Larga hasta la Altagracia, por la Dieciséis de Agosto a la Catedral y de ahí llegar a San Antonio por la calle Del Sol para completar las sietes iglesias, y como Santa Ana está al lado hacen siempre una adicional.

Presagios - José Alcántara Almánzar

José Alcántara Almánzar: nace en Rep. Dominicana el 2 de mayo de 1946. Es crítico literario, educador, ensayista y narrador. Se inició en su ciudad natal como profesor de Idiomas, Literatura e Historia. Enseñó Sociología en varias universidades dominicanas. Desde su primer libro de cuentos, Viaje al otro mundo (1973), muestra al sociólogo que vive en él: su temática incluye los conflictos entre clases sociales, las injusticias sociales y políticas, el abuso de poder y la pobreza. Premio Nacional de Literatura 2009. 
El cajero soñaba que querían estrangular al gerente y al despertar le dolía la garganta y en su cuello tenía impresa la marca de la soga. Soñaba que el gerente se había ahogado en la playa y a la mañana siguiente casi no podía respirar, había arena cama y las sábanas mojadas, con un fuerte olor a mar. Soñaba que tenía gripe y era el gerente quien faltaba a la oficina, pretextando fiebre y tos. Soñaba que viajaría a otro país y al poco tiempo era el gerente quien se encontraba a bordo de un avión, con gastos pagados por el banco en que ambos trabajaban.