Apenas
transcurrió ese espacio de tiempo –sin medida ni definición posibles- que
sucede al instante preciso de despertar, y durante el cual parece que recogemos
los trozos dispersos de nuestra mente y los unimos con rapidez mágica para
formar de golpe el rompecabezas de nuestro mundo consciente; tan pronto se
sintió vivo una vez más y recordó que se llamaba Luis Almovar, y se le reveló
que justamente amanecía el día doce de julio saltó de la cama y caminó con
decisión hacia el lavabo que se levantaba en un rincón de la estancia. No fue
sino después de haberse salpicado la cara con agua fresca, y mientras buscabas
a tientas la colgada a su lado, cuando reparó, a través de los ojos
entrecerrados, en el sobre blanco que reposaba en suelo, junto a la puerta cerrada
de la habitación.
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CUENTO POLICIAL - MARCO DENEVI
Rumbo
a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por
delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer
jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes
que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que
guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la
platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se
introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a
gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó sin haber
podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no
descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda,
la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó
todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en el que
había escrito que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de
ojos verdes, era su amante y que esa noche la visitaría.
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Cuento para tahúres - Rodolfo Walsh
Cuento policial de Rodolfo Walsh
Salió nomás el 10 —un 4
y un 6— cuando ya nadie lo creía. A mí qué me importaba, hacía rato que me
habían dejado seco. Pero hubo un murmullo feo entre los jugadores acodados a la
mesa del billar y los mirones que formaban rueda. Renato Flores palideció y se
pasó el pañuelo a cuadros por la frente húmeda. Después juntó con pesado
movimiento los billetes de la apuesta, los alisó uno a uno y, doblándolos en
cuatro, a lo largo, los fue metiendo entre los dedos de la mano izquierda,
donde quedaron como otra mano rugosa y sucia entrelazada perpendicularmente a
la suya. Con estudiada lentitud puso los dados en el cubilete y empezó a
sacudirlos. Un doble pliegue vertical le partía el entrecejo oscuro. Parecía
barajar un problema que se le hacía cada vez más difícil. Por fin se encogió de
hombros.
—Lo que quieran...
—dijo.
Ya nadie se acordaba del
tachito de la coima. Jiménez, el del negocio, presenciaba desde lejos sin
animarse a recordarlo. Jesús Pereyra se levantó y echó sobre la mesa, sin
contarlo, un montón de plata.
—La suerte es la suerte
—dijo con una lucecita asesina en la mirada—. Habrá que irse a dormir.
Yo soy hombre tranquilo;
en cuanto oí aquello, gané el rincón más cercano a la puerta. Pero Flores bajó
la vista y se hizo el desentendido.
—Hay que saber perder
—dijo Zúñiga sentenciosamente, poniendo un billetito de cinco en la mesa. Y
añadió con retintín—: Total, venimos a divertirnos.
—¡Siete pases seguidos!
—comentó, admirado, uno de los de afuera. Flores lo midió de arriba abajo.
—¡Vos, siempre rezando!
—dijo con desprecio.
Después he tratado de
recordar el lugar que ocupaba cada uno antes de que empezara el alboroto.
Flores estaba lejos de la puerta, contra la pared del fondo. A la izquierda,
por donde venía la ronda, tenía a Zúñiga. Al frente, separado de él por el
ancho de la mesa del billar, estaba Pereyra. Cuando Pereyra se levantó dos o
tres más hicieron lo mismo. Yo me figuré que sería por el interés del juego,
pero después vi que Pereyra tenía la vista clavada en las manos de Flores. Los
demás miraban el paño verde donde iban a caer los dados, pero él sólo miraba
las manos de Flores.
El montoncito de las
apuestas fue creciendo: había billetes de todos tamaños y hasta algunas monedas
que puso uno de los de afuera. Flores parecía vacilar. Por fin largó los dados.
Pereyra no los miraba. Tenía siempre los ojos en las manos de Flores.
—El cuatro —cantó
alguno.
En aquel momento, no sé
por qué, recordé los pases que había echado Flores: el 4, el 8, el 10, el 9, el
8, el 6, el 10... Y ahora buscaba otra vez el 4.
El sótano estaba lleno
del humo de los cigarrillos. Flores le pidió a Jiménez que le trajera un café,
y el otro se marchó rezongando. Zúñiga sonreía maliciosamente mirando la cara
de rabia de Pereyra. Pegado a la pared, un borracho despertaba de tanto en
tanto y decía con voz pastosa:
—¡Voy diez a la contra!
—Después se volvía a quedar dormido.
Los dados sonaban en el
cubilete y rodaban sobre la mesa. Ocho pares de ojos rodaban tras ellos. Por
fin alguien exclamó:
—¡El cuatro!
En aquel momento agaché
la cabeza para encender un cigarrillo. Encima de la mesa había una lamparita
eléctrica, con una pantalla verde. Yo no vi el brazo que la hizo añicos. El
sótano quedó a oscuras. Después se oyó el balazo.
Yo me hice chiquito en
mi rincón y pensé para mis adentros: "Pobre Flores, era demasiada
suerte". Sentí que algo venía rodando y me tocaba en la mano. Era un dado.
Tanteando en la oscuridad, encontré el compañero.
En medio del desbande,
alguien se acordó de los tubos fluorescentes del techo. Pero cuando los
encendieron, no era Flores el muerto. Renato Flores seguía parado con el
cubilete en la mano, en la misma posición de antes. A su izquierda, doblado en
su silla, Ismael Zúñiga tenía un balazo en el pecho.
"Le erraron a
Flores", pensé en el primer momento, "y le pegaron al otro. No hay
nada que hacerle, esta noche está de suerte."
Entre varios alzaron a
Zúñiga y lo tendieron sobre tres sillas puestas en hilera. Jiménez (que había
bajado con el café) no quiso que lo pusieran sobre la mesa de billar para que
no le mancharan el paño. De todas maneras ya no había nada que hacer.
Me acerqué a la mesa y
vi que los dados marcaban el 7. Entre ellos había un revólver 48.
Como quien no quiere la
cosa, agarré para el lado de la puerta y subí despacio la escalera. Cuando salí
a la calle había muchos curiosos y un milico que doblaba corriendo la esquina.
Aquella misma noche me
acordé de los dados, que llevaba en el bolsillo —¡lo que es ser distraído!—, y
me puse a jugar solo, por puro gusto. Estuve media hora sin sacar un 7. Los
miré bien y vi que faltaban unos números y sobraban otros. Uno de los
"chivos" tenía el 8, el 4 y el 5 repetidos en caras contrarias. El
otro, el 5, el 6 y el 1. Con aquellos dados no se podía perder. No se podía
perder en el primer tiro, porque no se podía formar el 2, el 3 y el 12, que en
la primera mano son perdedores. Y no se podía perder en los demás porque no se
podía sacar el 7, que es el número perdedor después de la primera mano. Recordé
que Flores había echado siete pases seguidos, y casi todos con números
difíciles: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10... Y a lo último había
sacado otra vez el 4. Ni una sola clavada. Ni una barraca. En cuarenta o
cincuenta veces que habría tirado los dados no había sacado un solo 7, que es
el número más salidor.
Y, sin embargo, cuando
yo me fui, los dados de la mesa formaban el 7, en vez del 4, que era el último
número que había sacado. Todavía lo estoy viendo, clarito: un 6 y un 1.
Al día siguiente
extravié los dados y me establecí en otro barrio. Si me buscaron, no sé; por un
tiempo no supe nada más del asunto. Una tarde me enteré por los diarios que
Pereyra había confesado. Al parecer, se había dado cuenta de que Flores hacía
trampa. Pereyra iba perdiendo mucho, porque acostumbraba jugar fuerte, y todo
el mundo sabía que era mal perdedor. En aquella racha de Flores se le habían
ido más de tres mil pesos. Apagó la luz de un manotazo. En la oscuridad erró el
tiro, y en vez de matar a Flores mató a Zúñiga. Eso era lo que yo también había
pensado en el primer momento.
Pero después tuvieron
que soltarlo. Le dijo al juez que lo habían hecho confesar a la fuerza.
Quedaban muchos puntos oscuros. Es fácil errar un tiro en la oscuridad, pero
Flores estaba frente a él, mientras que Zúñiga estaba a un costado, y la
distancia no habrá sido mayor de un metro. Un detalle lo favoreció: los vidrios
rotos de la lamparita eléctrica del sótano estaban detrás de él. Si hubiera sido
él quien dio el manotazo —dijeron— los vidrios habrían caído del otro lado de
la mesa de billar, donde estaban Flores y Zúñiga.
El asunto quedó sin
aclarar. Nadie vio al que pegó el manotazo a la lámpara, porque estaban todos
inclinados sobre los dados. Y si alguien lo vio, no dijo nada. Yo, que podía
haberlo visto, en aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo,
que no llegué a encender. No se encontraron huellas en el revólver, ni se pudo
averiguar quién era el dueño. Cualquiera de los que estaban alrededor de la
mesa —y eran ocho o nueve— pudo pegarle el tiro a Zúñiga.
Yo no sé quién habrá
sido el que lo mató. Quien más quien menos tenía alguna cuenta que cobrarle.
Pero si yo quisiera jugarle sucio a alguien en una mesa de pase inglés, me sentaría
a su izquierda, y al perder yo, cambiaría los dados legítimos por un par de
aquellos que encontré en el suelo, los metería en el cubilete y se los pasaría
al candidato. El hombre ganaría una vez y se pondría contento. Ganaría dos
veces, tres veces... y seguiría ganando. Por difícil que fuera el número que
sacara de entrada, lo repetiría siempre antes de que saliera el 7. Si lo
dejaran, ganaría toda la noche, porque con esos dados no se puede perder.
Claro que yo no
esperaría a ver el resultado. Me iría a dormir, y al día siguiente me enteraría
por los diarios. ¡Vaya usted a echar diez o quince pases en semejante compañía!
Es bueno tener un poco de suerte; tener demasiada no conviene, y ayudar a la
suerte es peligroso...
Sí, yo creo que fue
Flores nomás el que lo mató a Zúñiga. Y en cierto modo lo mató en defensa
propia. Lo mató para que Pereyra o cualquiera de los otros no lo mataran a él.
Zúñiga —por algún antiguo rencor, tal vez— le había puesto los dados falsos en
el cubilete, lo había condenado a ganar toda la noche, a hacer trampa sin
saberlo, lo había condenado a que lo mataran, o a dar una explicación
humillante en la que nadie creería.
Flores tardó en darse
cuenta; al principio creyó que era pura suerte; después se intranquilizó; y
cuando comprendió la treta de Zúñiga, cuando vio que Pereyra se paraba y no le
quitaba la vista de las manos, para ver si volvía a cambiar los dados,
comprendió que no le quedaba más que un camino. Para sacarse a Jiménez de
encima, le pidió que le trajera un café. Esperó el momento. El momento era
cuando volviera a salir el 4, como fatalmente tenía que salir, y cuando todos
se inclinaran instintivamente sobre los dados.
Entonces rompió la
bombita eléctrica con un golpe del cubilete, sacó el revólver con aquel pañuelo
a cuadros y le pegó el tiro a Zúñiga. Dejó el revólver en la mesa, recobró los
"chivos" y los tiró al suelo. No había tiempo para más. No le
convenía que se comprobara que había estado haciendo trampa, aunque fuera sin
saberlo. Después metió la mano en el bolsillo de Zúñiga, le buscó los dados
legítimos, que el otro había sacado del cubilete, y cuando ya empezaban a
parpadear los tubos fluorescentes, los tiró sobre la mesa.
Y esta vez sí echó
clavada, un 7 grande como una casa, que es el número más salidor...
Fuente:
Rodolfo Walsh, Cuento para tahúres y
otros relatos policiales
La casa adecuada - Henry Slesar
Cuento policial de Henry Slesar
El automóvil que estacionó frente a la oficina de bienes raíces de Aaron Hacker tenía patente de Nueva York, pero Aaron no necesitaba ver aquel rectángulo amarillo para saber que su propietario era recién llegado a las sombreadas calles de Ivy Corners. Se trataba de un convertible rojo, y no había nada parecido en toda la ciudad.
Un hombre bajó del auto.
—Sally —dijo Hacker a la aburrida joven que
ocupaba el otro escritorio de la inmobiliaria. Ella tenía un libro barato
apoyado contra la máquina de escribir, y masticaba algo perezosamente.
—¿Sí, señor Hacker?
—Parece que tenemos un cliente. ¿Crees que
debemos aparentar mucho trabajo? —preguntó suavemente.
—Seguro, señor Hacker —respondió ella sonriendo,
y apartó el libro para colocar una hoja de papel en blanco en la máquina—. ¿Qué
le parece que copie?
—¡Cualquier cosa; cualquier cosa! —contestó
él, ceñudo.
El individuo parecía realmente un cliente;
avanzaba directamente hacia la puerta de vidrio, y tenía un periódico doblado
debajo de su brazo derecho. Aaron lo describió posteriormente como un hombre de
complexión robusta, pero en realidad era gordo. Vestía un traje liviano, de
colores apagados, y la transpiración había marcado grandes círculos húmedos
alrededor de sus axilas. Debía de andar alrededor de los cincuenta, pero
conservaba todo su cabello, aún negro y rizado. La piel de su rostro estaba
enrojecida y acalorada, pero sus ojos entrecerrados permanecían alertas y fríos
como el hielo.
Atravesó rápidamente la puerta de vidrio,
echó una mirada fugaz en dirección del sonido de la máquina de escribir, y
luego saludó a Aaron con una inclinación de cabeza.
—¿El señor Hacker?
—Efectivamente —sonrió Aaron—. ¿Qué puedo
hacer por usted?
El gordo agitó el periódico, y explicó:
—Encontré su dirección en la sección de
propiedades del diario.
—Sí. Suelo poner un aviso por semana.
También lo hago en el Times, cada tanto. Hay mucha gente de la ciudad interesada
en vivir en un pueblo pequeño como el nuestro, ¿señor...?
—Waterbury —contestó el hombre, sacando un
pañuelo blanco de su bolsillo para secarse el rostro—. Hace calor hoy.
—Bastante más que lo usual —informó Aaron—.
Esta ciudad no suele ser tan calurosa. La temperatura media oscila alrededor de
los veintiséis grados en verano. Estamos muy cerca del lago... ¿no es verdad,
Sally?
La muchacha estaba demasiado absorta en su
tarea como para oírlo, así que continuó:
—¿Quiere tomar asiento, señor Waterbury?
—Gracias —aceptó el recién llegado,
ubicándose en la silla ofrecida con un suspiro de alivio—, he estado conduciendo
toda la mañana. Pensé que era conveniente echar una mirada a los alrededores
antes de venir por aquí. Es una hermosa ciudad, aunque sea pequeña.
—Sí; a nosotros nos agrada. ¿Un cigarro?
—ofreció Hacker, abriendo una caja sobre su escritorio.
—No, gracias; en realidad no dispongo de
demasiado tiempo, señor Hacker. Supongo que podemos ir directamente al grano,
¿verdad?
—Eso me gusta, señor Waterbury. —Miró en
dirección al repiqueteo de la máquina y gritó: —¡Sally!
—¿Sí, señor?
—¡Termina con ese maldito escándalo!
—Sí, señor Hacker —contestó la muchacha,
retirando las manos del teclado, y contemplando fijamente al incomprensible
revoltijo de letras en el papel.
—Ahora bien —continuó Aaron—, ¿hay alguna
propiedad que le interese en particular, señor Waterbury?
—En realidad, sí. Hay una casa en los
límites de la ciudad, justo enfrente de un edificio viejo. No sé muy bien de
qué edificio se trata... está deshabitado.
—Era una fábrica de hielo —explicó Aaron—.
¿Usted se refiere a una casa con pilares?
—Exacto. Ese es el lugar. ¿Está en venta?
Creo que vi el cartel, pero no estoy muy seguro.
Aaron sacudió negativamente la cabeza, y
sonrió dubitativamente:
—Efectivamente, está en venta —hojeó
rápidamente una carpeta, y señaló una hoja mecanografiada— pero no creo que
siga interesado mucho tiempo.
—¿Por qué no?
—Véalo usted mismo —contestó Aaron,
ofreciéndole la carpeta para que el cliente la pudiera leer.
COLONIAL AUTÉNTICA. Ocho habitaciones; dos
baños; calefacción central automática; gran recepción; jardín decorado, con
gran arboleda y arbustos. Cerca de centros comerciales y escuela. Total: 75.000
dólares.
—¿Aún sigue interesado?
El hombre se agitó incómodo.
—¿Por qué no? ¿Hay algo raro en la casa?
—Bueno... —Aaron se tocó la frente—, si a
usted realmente le gusta el pueblo, señor Waterbury... Quiero decir, si
verdaderamente desea establecerse aquí, tengo un montón de propiedades que le
resultarán más apropiadas que ésa.
—¡Espere un momento! —El gordo parecía
indignado. —¿Qué es lo que pretende? Le estoy preguntando por esa casa colonial
en particular; ¿quiere o no quiere venderla?
—¿Si quiero? —rió Aaron—. Escúcheme; he
tenido esa casa en mis manos durante más de cinco años, y le aseguro que no
habría nada que me hiciera más feliz que venderla. Sólo que no creo que pueda
tener tanta suerte.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Quiero decir simplemente que no creo que
vaya a comprármela. Eso es lo que quiero decir. Si la he mantenido en mis
listas de venta, ha sido por la pobre vieja, Sadie Grimes. De otra manera, no
hubiera desperdiciado el espacio ni el dinero de los avisos, créame.
—No lo comprendo.
—Entonces déjeme explicarle. —Tomó un
cigarro de la caja, pero sólo para hacerlo girar entre sus dedos. —La vieja señora
Grimes puso esa casa en venta hace más de cinco años, cuando murió su hijo, y
me comisionó a mí para venderla. Yo no quería el trabajo... no, señor, y se lo
dije. Esa vieja casa no vale la cantidad que ella pide. ¡Qué diablos! En
realidad no vale ni siquiera diez mil.
El hombre se atragantó.
—¿Diez? ¿Y ella pide setenta y cinco?
—Exactamente. Y no me pregunte por qué. La
casa es demasiado vieja; con eso no quiero decir que no sea sólida y bien
construida, pero cuando le digo vieja,
quiero decir exactamente eso. Por ejemplo, jamás ha sido fumigada contra las
termitas; algunas de las vigas empezarán a ablandarse en un par de años más. El
sótano está lleno de agua la mayor parte del tiempo. El piso superior está
inclinado hacia la derecha casi veinticinco centímetros. Y los jardines son un
desastre.
—¿Y entonces por qué la ha tasado tan alto?
Aaron se encogió de hombros.
—No me lo pregunte a mí. Nostalgia, tal
vez. La casa ha pertenecido a la familia desde la Independencia , o
algo parecido.
El gordo estudió el piso, y luego exclamó:
—¡Qué lástima! ¡Es una verdadera lástima!
—Luego levantó la vista hacia el vendedor, y sonrió tímidamente. —Y la verdad,
es que la casa me gustaba de veras. Era... No sé cómo explicarlo... la casa adecuada.
—Comprendo lo que quiere decir. Es una
vieja casona. Una buena compra por diez mil, pero ¿setenta y cinco mil? —Se
rió. —Sin embargo, creo que Sadie está empezando a razonar. No tiene demasiado
dinero, ¿sabe? A su hijo le iba verdaderamente bien en la ciudad, y la
mantenía, pero cuando él murió, decidió que lo más razonable era vender. Así y
todo parece que no puede resignarse a dejar la vieja casa. Por eso le fijó un
precio tan alto que nadie quisiera ni acercarse a verla. Así alivia un poco su
conciencia. —Sacudió tristemente su cabeza, y continuó: —¿Éste es un mundo
extraño, verdad?
—Así es —confirmó Waterbury, distraído.
Luego se puso de pie.
—Le diré qué haremos, señor Hacker. Suponga
que me dé una vuelta por allá, y vea a la señora Grimes. Y suponga que hablo
con ella, y consigo que baje el precio.
—No se haga ilusiones, señor Waterbury. Yo
mismo he tratado de hacerlo durante cinco años.
—Tal vez si lo intentara otra persona...
Aaron Hacker hizo un gesto de impotencia.
—Tiene razón; no se puede saber. Éste es un
mundo extraño, señor Waterbury. Si quiere tomarse el trabajo, me sentiré encantado
de darle una mano.
—Bien. Entonces iré ahora mismo...
—¡Perfecto! Solamente déjeme telefonear a
Sadie Grimes. Le diré que usted va en camino.
Waterbury condujo lentamente a lo largo de las
calles tranquilas y solitarias. Los árboles que bordeaban las avenidas proyectaban
pacíficas sombras sobre el parabrisas del convertible, mientras el motor
ronroneaba suavemente, sin interferir con los alegres gorjeos de los pájaros.
El forastero alcanzó la casa de Sadie
Grimes sin haberse cruzado con ningún otro vehículo en su camino, y estacionó
el coche junto al carcomido cerco de madera, que cubría el frente de la casa
como una hilera de desordenados centinelas.
El jardín era una jungla de arbustos silvestres.
Las columnas que emergían de la entrada principal estaban cubiertas de desprolijas
plantas trepadoras.
Había un llamador en forma de mano en un
costado de la puerta. Waterbury lo hizo sonar dos veces.
La mujer que atendió el llamado era baja y regordeta;
su cabello blanco era vagamente purpúreo en algunos sectores, y los rasgos de
su rostro culminaban en una barbilla pequeña pero decidida. A pesar del calor,
vestía un pesado vestido de lana.
—Usted será el señor Waterbury —dijo—.
Aaron Hacker me avisó que vendría.
—Así es —sonrió el hombre gordo—. ¿Cómo
está usted, señora Grimes?
—Tan bien como podría esperarse. ¿Quiere
pasar?
—Muchas gracias. Hace un calor terrible
aquí afuera.
—Bueno, entre entonces. Tengo algo de
limonada en la heladera. Sin embargo, debo prevenirle que no intente regatear
conmigo, señor Waterbury. No soy ese tipo de persona.
—Por supuesto que no —dijo el hombre
persuasivamente, siguiéndola al interior.
La casa era fría y oscura. Los postigos de
las ventanas eran opacos, y estaban firmemente cerrados. Waterbury siguió a la
mujer al interior de una recepción cuadrada, con un mobiliario pesado y barroco
distribuido sin imaginación a lo largo de las paredes. La única nota de color
en todo el cuarto la ponían los desvaídos tonos de la alfombra que cubría el
piso desnudo.
La anciana se dirigió hacia una silla, y se
sentó en ella, con sus arrugadas manos cruzadas firmemente sobre la falda.
—¿Y bien? —preguntó—. Si tiene algo que
decir, señor Waterbury, le sugiero que lo haga.
El hombre aclaró su garganta.
—Señora Grimes; acabo de hablar con su
agente de bienes raíces, y...
—Eso ya lo sé —interrumpió ella—. Aaron es
un tonto si lo dejó llegar hasta aquí con la intención de hacerme cambiar de
idea. Soy demasiado vieja para cambiar de modo de pensar, señor Waterbury.
—Este... bueno... no estoy muy seguro que
ésa fuera mi única intención, señora Grimes. También pensé que quizá pudiéramos...
conversar un momento.
Ella se reclinó en su asiento, y la
mecedora crujió.
—La conversación es gratis —accedió— así
que diga lo que desee.
—Verá... —enjugó nuevamente su rostro, y
guardó a medias el pañuelo en el bolsillo del saco— bueno, déjeme decirlo de
este modo, señora Grimes. Soy un hombre de negocios. Soltero. He trabajado
durante mucho tiempo, y he logrado ahorrar una cantidad de dinero bastante
importante. Ahora estoy a punto de jubilarme, y deseo establecerme en un lugar
tranquilo y pacífico como Ivy Corners. Tuve ocasión de pasar por aquí hace
algunos años, en un viaje a... este... Albany, y recuerdo haber pensado: “Tal
vez algún día pueda venir a vivir a este lugar”.
—¿Y?
—Hoy, mientras estaba recorriendo el
pueblo, pasé por la puerta y vi esta casa y... me entusiasmé. Simplemente me
pareció... adecuada para mí.
—También a mí me gusta, señor Waterbury.
Ésa es la razón por la que pretendo un precio justo por ella.
—¿Un precio justo? —preguntó Waterbury,
parpadeando—. Tiene que admitir, señora Grimes, que en los tiempos que corren,
una casa como ésta no puede valer más de...
—¡Suficiente! —gritó la mujer—. Creo
haberle dicho, señor Waterbury, que no estoy dispuesta a pasarme todo el día
aquí sentada, discutiendo con usted. Si no está dispuesto a pagar el precio que
pido, será mejor que olvidemos el asunto.
—Pero, señora Grimes...
—¡Hasta
siempre, señor Waterbury! —La mujer se levantó como para indicar que la
conversación había terminado.
Pero él no la imitó.
—Espere un momento, señora Grimes —dijo—,
espere un momento. Sé que es una locura, pero... está bien. Pagaré lo que usted
pide.
La mujer lo miró durante un largo rato.
—¿Está seguro, señor Waterbury?
—Completamente. Tengo el dinero suficiente
para hacerlo, y si ésa es la única posibilidad de lograrlo, se hará como usted
quiere.
Ella sonrió ligeramente.
—Creo que la limonada está suficientemente
fría. Le traeré un poco... y luego le diré algunas cosas interesantes respecto
de esta casa.
Él estaba secando nuevamente su rostro
cuando ella regresó con la bandeja, y sorbió golosamente la helada bebida.
—Esta casa —comenzó la mujer, acomodándose
nuevamente en la mecedora— ha pertenecido a mi familia desde el año 1802,
aunque fue construida unos quince años antes de esa fecha. Todos los miembros
de la familia, excepto mi hijo Michael, han nacido en el dormitorio de arriba.
Yo fui la única “rebelde” —agregó con picardía—. Tenía ideas muy avanzadas
sobre los hospitales. —Sus ojos centelleaban. —Sé positivamente que ésta no es
la casa mas sólida de Ivy Corners. Después que traje a Michael del hospital,
hubo una inundación en el sótano, que jamás parece haberse secado del todo. Además,
Aaron no deja de decirme que la casa está llena de termitas, aunque yo jamás he
visto una. Y a pesar de todo, amo la vieja casona; comprende, ¿verdad?
—Por supuesto —dijo Waterbury.
—El padre de Michael murió cuando el niño
tenía nueve años. Ésas fueron épocas muy duras para nosotros. Yo hacía algunos
trabajos de costura. Mi padre me había dejado una pequeña renta anual, con la
que me mantengo actualmente. Por supuesto que no nado en la abundancia, pero me
las arreglo. Michael echó de menos a su padre, quizá más que yo misma. Así fue
como creció... Salvaje es la única
palabra que se me ocurre.
El hombre gordo meneó la cabeza, en señal
de simpatía.
—Michael dejó Ivy Corners cuando se graduó
en la universidad, para radicarse en la ciudad. Siempre en contra de mis deseos,
no se confunda. Pero él era como tantos otros jóvenes: lleno de ambiciones; de
ambiciones mal dirigidas. No sé muy bien a qué se dedicaba en la ciudad, pero
debe de haber tenido éxito, pues me enviaba dinero regularmente. —Sus ojos se
nublaron repentinamente. —No lo vi durante nueve años.
—Ah —suspiró tristemente Waterbury.
—Le aseguro que no fue nada fácil para mí.
Pero fue aun peor cuando Michael regresó a casa, porque cuando lo hizo, estaba
en problemas.
—Oh.
—Él no quiso que supiera la verdadera
gravedad de sus problemas, pero cuando se presentó, a medianoche, parecía mucho
más delgado y más viejo de lo que podría haberme imaginado. No traía equipaje
consigo; sólo una pequeña maleta negra. Y cuando traté de quitarla de su mano,
casi me golpea. ¡Golpearme a mí... a su
propia madre!
»Yo misma lo acosté, como si fuera
nuevamente un niño pequeño, y luego pude oírlo llorar con gran congoja durante
gran parte de la noche.
»Al día siguiente, al levantarse, me dijo
que tenía que abandonar la casa. “Sólo por unas pocas horas; tengo algo muy
importante que hacer”, dijo, pero no me explicó qué. Sin embargo, a la noche,
cuando regresó, me di cuenta de que el pequeño maletín había desaparecido.
Los
ojos del hombre gordo se agrandaron detrás del vaso de limonada.
—¿Y eso qué significaba? —preguntó.
—En ese momento no lo sabía, pero pronto lo
descubrí... Esa noche llegó un hombre a nuestra casa; ni siquiera sé cómo logró
entrar. La primera noticia que tuve de que estaba allí, fue cuando lo oí
discutir con Michael, en el cuarto. Me dirigí a la puerta, tratando de oír;
tratando de descubrir la clase de problema en que estaba metido mi hijo. Pero
sólo escuché gritos, y amenazas. Y luego...
La mujer hizo una pausa, y sus hombros se
agitaron convulsivamente.
—Luego escuché un disparo —continuó— un
disparo de pistola. Cuando logré entrar en la habitación la ventana estaba
abierta, y el extraño se había marchado. Michael... estaba en el piso... muerto.
La silla crujió débilmente.
—Eso fue hace cinco años —dijo—. Cinco
largos años. Pasó cierto tiempo antes de que comprendiera lo que había
sucedido. En realidad, fue la policía la que me contó la verdadera historia.
Michael y el desconocido habían estado involucrados en un delito; un delito muy
grave. Habían robado muchos miles de dólares. Michael se había apoderado del
dinero, y había huido con él, tratando de despojar a su cómplice de la parte
que le correspondía. Pero el otro hombre vino a buscarlo, intentando recuperar
el botín; y cuando descubrió que el dinero había desaparecido... ¡asesinó a mi
hijo!
La señora Grimes levantó la vista y
continuó:
—Fue entonces cuando puse en venta la casa,
a setenta y cinco mil dólares. Sabía que, algún día, el asesino de mi hijo volvería,
y querría comprar esta casa a cualquier precio. Todo lo que tenía que hacer era
esperar que un hombre quisiera pagar por ella muchísimo más de lo que vale.
Comenzó a hamacarse suavemente.
Waterbury apartó el vaso vacío y se pasó la
lengua por los labios. Sus ojos ya no podían enfocar el rostro de la anciana y
su cabeza oscilaba flojamente sobre sus hombros.
—¡Uf! —dijo con voz pastosa—. Esta limonada
sabe muy amarga.
Fuente: Henry
Slesar, de La crema del crimen 2, Ed.
Emecé.
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