Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche no se ven ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.
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En un bohío - Juan Bosch
La mujer no se atrevía a pensar. Cuando creía oír pisadas de bestias se lanzaba a la puerta, con los ojos ansiosos; después volvía al cuarto y se quedaba allí un rato largo, sumida en una especie de letargo.
El bohío era una miseria. Ya estaba negro de tan viejo, y adentro se vivía entre tierra y hollín. Se volvería inhabitable desde que empezaran las lluvias; ella lo sabía, y sabía también que no podía dejarlo, porque fuera de esa choza no tenía una yagua donde ampararse.
El etnografo - Jorge Luis Borges
El caso me lo refirieron en Texas, pero había acontenido en otro estado. Cuenta con un solo protagonista, salvo que en toda historia los protagonistas son miles, visibles e invisibles, vivos y muertos. Se llamaba, creo, Fred Murdock.
El enemigo – Miguel Alfonseca
Este hombre había muerto en silencio, con los ojos violetas por el crepúsculo, cada vez más tieso el puño izquierdo cerca de la pared cribada por las balas. Ninguno se atrevió a tocarlo – ni siquiera Sara- porque sentíamos su odio a pesar de haber muerto. Sentíamos odio vivía, que dormía tan sólo, en su cuerpo derribado, ensangrentado por nuestras armas. Había gravitado demasiado sobre nuestras vidas para terminar tan fácilmente, con sólo un charco de sangre en el asfalto mojado por la lluvia de primavera.
La mancha indeleble - Juan Bosch
Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas, y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado, pues las cabezas se conservaban en forma admirable, casi como si estuvieran vivas, aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror. Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar, yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia.
La calumnia - Antón Pávlovich Chéjov
El profesor de caligrafía
Serguéi Kapitónich Ajiniéiev había concedido la mano de su hija Natalia al
profesor de historia y geografía Iván Petróvich Loshadín. La fiesta nupcial
transcurría a las mil maravillas. En la sala se cantaba, se tocaba y se
bailaba. Los lacayos del club, contratados por aquel día, con sus fraques
negros y sus cuellos blancos manchados, iban y venían por la casa sin un
momento de reposo. Había mucho alborozo, y las conversaciones eran animadas. El
profesor de matemáticas Tarántulov,el francés Padekuá y el inspector subalterno
de Hacienda Egor Venediktich Mzdá, sentados en el diván, contaban a otros
invitados, atropelladamente e interrumpiendo se entre sí, casos de inhumación
de personas vivas y manifestaban su opinión acerca del espiritismo. Ninguno de
los tres creía en él, pero todos admitían que son muchas las cosas de este
mundo a las que nunca llegará la mente humana. En otra estancia, el profesor de
la lengua y literatura Dodonski explicaba a otro grupo en qué casos el centinela
tiene derecho a disparar sobre los viandantes. Como ven ustedes, las conversaciones
eran espantosas, pero resultaban sumamente agradables. Por las ventanas que
daban al patio se asomaban los mirones cuya posición social no les permitía
entrar.
Etiquetas:
Antón Pávlovich Chéjov,
cuento,
Rusos
Ubicación: San Nicolás, Buenos Aires, Argentina
Santo Domingo, República Dominicana
El hombre mudo - Sherwood Anderson
Hay una historia –no la
puedo contar- no tengo palabras. La historia está casi olvidada pero a veces me
acuerdo.
La historia se refiere a
tres hombres en una casa en una calle. Si yo pudiera decir
las palabras yo cantaría
la historia. Yo le susurraría a los oídos de las mujeres,
de las madres. Corría por
las calles diciéndolo una y otra vez. Mi
lengua se desgarraría -se
estrellaría contra mis dientes.
El billete de lotería - Antón Pávlovich Chéjov
Iván Dmitritch, un hombre de clase media que vivía con su
familia y muy satisfecho con su suerte, se sentó en el sofá después de cenar y
empezó a leer el periódico.
-Hoy me olvidé de mirar el periódico -le dijo su esposa
mientras levantaba la mesa-. Fíjate si están los resultados.
-Acá están -dijo Iván-, ¿pero no pasó ya el sorteo de ese
billete?
Había una vez - MARGARET ATWOOD
─Había una vez una niña pobre, buena
como era de hermosa, quien vivía con su cruel madrastra en una casa en el
bosque.
─ ¿Bosque? El bosque es atrasado,
quiero decir, he tenido suficiente de las cosas salvajes. No es una
imagen acorde a nuestra sociedad de hoy. Para cambiar digamos que es algo urbano.
─ Había una vez una niña pobre, buena
como era de hermosa, quien vivía con su cruel madrastra en una casa en los
suburbios.
─Eso está mejor. Pero tengo que poner en duda seriamente la palabra pobre.
La desgracia - Juan Bosch
El viejo Nicasio no acaba de
hallarse a gusto con el aspecto de la mañana. Mala cosa era coger el camino a
pie y que le cayera arriba el aguacero y se botara el río y se llenara de lodo
la vereda del conuco.
El grillo - Carlos Salazar Herrera
Carlos Salazar Herrera: nació en San José, Costa Rica, el 6 de setiembre de 1906 fue un dibujante, escritor, escultor, grabadista y periodista. La obra literaria de Salazar ha sido encasillada en el Realismo. Muestra la lengua, los paisajes y sociedad costarricense. Murió en julio de 1980.
El indio José había conseguido
un lugar solitario en el ancho playón de la bahía y entre los jícaros y los
tamarindos armó su rancho.
En las grandes crecientes de
marzo el oleaje llegaba a empollones hasta los cimientos, y todo el rancho se
estremecía.
− ¡Tampoco voy a poder dormir
esta noche!... ¡Ese grillo me está volviendo loco!.
En el reino de la basura - Rima De Vallbona
Rima De Vallbona: nació en Costa Rica en 1931. Filóloga, poetisa y narradora. Es muy reconocida por el desempeñó en su profesión y también por sus obras literaria la cual le ha dado un puesto importante entre el resurgir de la literatura costarricense. Ha sido galardonada con varios premios como el Premio "Jorge Luis Borges" de cuentos en Buenos Aires. Sus obras se encuentran entre lo fantástico y lo real con un lenguaje que refleja el habla costarricense y centroamericana en general. Parte de sus obras son Mujeres y Agonía, Las sombras que perseguimos en prosa y Yolanda Oreamuno y Vida y sucesos de Monja Alférez ensayo.
Fea, horrible, hedionda,
ojoslegañosos, chorreamocos, hedés, a orines y a pan mojado. Las costras te
hacen mapas oscuros en los brazos en las piernas, en la cara. Piojosa,
pulguienta, todo el polvo de la calle apestosa a boñiga, lo llevas en las
greñas y en lo opaco de los ojos. ¿Cómo cabe tanto polvo en el ojal de tus ojos
y en el montocillo de tu carne? ¡Inútil, no sabes ni apañar la bola ni hacer
jugadas con los chumicos, ni bailar el trompo de guachipelin! ¡Inútil! ¿Para
qué servís? ¿Serví de algo acaso? Pertenecés al rincón de los chunches viejos
donde te podes confundir con las cosas inservibles. No, mejor a la basura,
entre las cáscaras de plátanos y chayote, entre la broza de café, los jugos
pútridos de las frutas a medio comer y la hediondez de la carroña. En el hueco
del excusado estarías mejor, diluidas tus costras y fetidez en los excrementos
y la hedentina, para que no molestés a nadie… en el hueco de excusado… en el
fondo de la basura…
El regreso - José Diez Canseco
José Diez Canseco (1904 - 1949): periodista y escritor peruano. Se le considera precursor del realismo urbano en el Perú. Se hizo famoso en el ambito periodistico por su forma peculiar, colorida y satirica de comentar sobre la política de la cual estaba siempre pendiente. Su obra narrativa abordaba las diferentes clases sociales con escenas de la vida costeña y en lengua popular. Sus obras son El gaviota, El kilometro 83, Suzy, entre otras.Sobre la espuma, fulgurante de la luna, la “Feliciana” entra a la rada de Huarmey corriendo bordadas con sólo el foque cubierto. Un viento húmedo y recio de Sur encrespa las olas y las hace crecer con sorda furia, reventando en el Peñón del Gato con un estruendo como de fiesta maligna. Ese mismo viento arreó las nubes hacia el Norte y dejó al cielo de claridad azul y pálida. La luna, en cuarto creciente, parecía los dedos de un dios mozalbete de los vientos que le hacia, con el índice y el meñique, el rufo gesto:
– ¡Lagarto!
Y dulces, pálidas, gentiles, las constelaciones vagabundas iban cayendo, a esa hora de madrugada marina, sobre el horizonte negro de tormenta y prieto de fuerza.
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