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La pulsera de cascabeles - Manuel Mujica Lainez - Cuento

Cuento de Mujica Lainez

1720

Por el ventanuco enrejado, Bingo espía a los negreros ingleses. Sus figuras se recortan en la barranca del Retiro, con fondo de crepúsculo, más allá de las higueras y de los naranjos. Fuman sus largas pipas de tierra blanca, con los sombreros echados hacia atrás, y sus casacas color pasa, color aceituna, color miel y color tabaco se empañan y confunden sus tonos frente al esclavo que llora. Bingo vuelve los ojos hacia su hermana muerta, que yace junto a él sobre el suelo duro. A lo largo de la habitación, apíñanse los cuerpos sudorosos. Hay treinta o cuarenta negros, hombres y mujeres, los unos sobre los otros, como fardos. Su tufo y sus gemidos se mezclan en el aire que anuncia el otoño, como si fueran una sola cosa palpable.
En la barranca, los ingleses de la South Sea Company pasean lentamente. Rudyard, el ciego, tantea la tierra con su bastón. Ríe de las bromas de sus compañeros, con una risa pastosa que estremece sus hombros de gigante. Se han detenido frente a la fosa que cavan los africanos, más allá de la huerta. Ya sepultaron a doce apestados. Basta por hoy.
Bingo salmodia con su voz gutural, extraña, una oración por la hermana que ha muerto. Su canto repta y ondula sobre las cabezas de los esclavos como si de repente hubiera entrado en la cuadra una ráfaga del viento de Guinea. Incorpóranse los otros encarcelados y mientras la noche desciende suman sus voces a la melopea dolorosa.
Pero a los empleados de la South Sea Company poco les importan los himnos lúgubres. Están habituados a ellos. Tampoco les importa la peste que diezma a los cautivos. Mañana fondeará en el Riachuelo un barco que viene de África con cuatrocientos esclavos más. Los negocios marchan bien, muy bien para la Compañía. Hace siete años que adquirió el privilegio de introducir sus cargamentos en el Río de la Plata, y desde entonces más de una fortuna se labró en Londres, más de un aventurero adquirió carroza y se insinuó entre las bellas de Covent Garden y del Strand, porque en el otro extremo del mundo, en la diminuta Buenos Aires, los caballeros necesitan vivir como orientales opulentos, dentro de la sencillez de sus casas de vastos patios.
Rudyard, el ciego, muerde la pipa blanca. Pronto llegará la hora de buscar a su favorita, a Temba, la muchachita frágil que lleva en la muñeca su pulsera de cobre con tres cascabeles. Ignora que Temba ha muerto también. Ignora que en ese mismo instante Bingo, su hermano, la está despojando del brazalete.
Desnúdase la noche, velo a velo. El edificio de la factoría comienza a fundirse con las sombras. Los negreros se enorgullecen de él. Es uno de los pocos de Buenos Aires que cuenta con dos pisos. Se levanta en las afueras de la ciudad, entre enhiestos tunales, en un solar que antes perteneció al gobernador Robles, al general don Miguel de Riglos y a la Real Compañía portuguesa, y que se extiende con más de mil varas de frente, sobre el río, y una legua de fondo, hacia la llanura.
A esa casa regresan los ingleses. Junto a la fosa, sobre la tierra removida, las palas quedaron espejeando, abandonadas a la luz de las estrellas. En la galería los hombres se separan de Rudyard. Ríen obscenamente porque saben a dónde va. Palmean las anchas espaldas del ciego, quien se aleja, vacilando, hacia la cuadra hedionda.
Su mujer de la pulsera… su mujercita de la pulsera… Bajo los ojos incoloros, inmóviles, terribles, apagados para siempre por la enfermedad cruel de Guinea, se le frunce la nariz y le tiembla la papada colgante. Esto de la pulsera de cascabeles es invención suya, sólo suya. Cuando descargan en el Retiro una remesa de África, Rudyard anda una hora entre las hembras, manoseándolas o rozándolas apenas con las yemas sutiles. Hasta que escoge la preferida y le ciñe, para reconocerla entre el rebaño oscuro, la pulsera de cobre. Nunca se equivoca en la elección. Sus compañeros lo comentan chasqueando la lengua, maravillados. Ni tampoco osará la mujer quitarse la ajorca. Una lo hizo y recibió cien azotes, a la madrugada. Había muerto ya cuando iban por la mitad de la cuenta. Su cabeza pendía a un costado, como una gran borla crespa, y seguían azotándola.
El ciego palpa los muros. Titubea su bastón. Su mujercita de la pulsera, miedosa, fina… Será su última noche, porque mañana aparecería por la factoría, después de atravesar la ciudad por el camino del bajo, desde la barraca del Riachuelo, la caravana de carne nueva.
Descorre el cerrojo y empuja la puerta. Su enorme masa ventruda bloquea la entrada. Llama, impaciente:
—¡Temba! ¡Temba!
En el rincón le responde el son familiar de los cascabeles, asustado. El ciego sonríe. Noche a noche repite la escena que le divierte. Se hace a un lado para que la muchacha pase. La cazará al vuelo, al cruzar la puerta, como si fuera un pájaro veloz, y la arrastrará al jardín.
Bingo se alza y toca en silencio la mejilla de su hermana. Sesenta ojos están fijos en él. Brillan en la inmensa habitación, como luciérnagas. Sólo los ojos de Rudyard, espantosamente claros, no relampaguean. Todo calla en torno suyo. Se oyen las respiraciones jadeantes. El olor es tan recio que, con estar acostumbrado a él, el inglés se lleva una mano al rostro.
El negro es elástico, delgado y pequeño como su hermana. Se le señala el esqueleto bajo la piel. Avanza encorvado hacia el enemigo y a su paso los cuerpos de ébano se apartan, sigilosos.
—¡Temba! ¡Temba!
Temba descansa para siempre, rígida, y Bingo levanta en la diestra, como una sonaja de bailarín, la pulsera de cobre. Sólo tres metros le separan ahora del gigante ciego. Calcula la distancia y de un brinco salta por el vano de la puerta. Rudyard le arroja el bastón entre las piernas, pero yerra el golpe. Las sonajas cantan su victoria afuera, en la galería.
Rudyard asegura los cerrojos y se echa a reír. Arriba, los negreros ríen también, borrachos de gin, acodados sobre la mesa como personajes de Hogarth. Escuchan los trancos inseguros del ciego, los choques de su bastón contra las columnas, la vocecita de los cascabeles.
—¡Temba! ¿Dónde estás?
Temba está en la cuadra, con los brazos sobre los pechos de mármol negro. Los esclavos no osan acercarse. Se acurrucan en los rincones. Hoy no podrán dormir. Escuchan, escuchan, como sus amos, el claro repiqueteo de las bolas de cobre.
Bingo baila, enloquecido, alrededor del hombracho. El inglés no para de reír y revolea su rama de pino. Han dejado el corredor y van el uno detrás del otro, hacia el declive de la barranca: el que huye, ágil como un simio; el perseguidor, pausado, macizo como un oso. Y todo el tiempo cantan los cascabeles. Hasta que Rudyard, fatigado, termina por enfurecer. Fustiga los limoneros, los perales. Embarulla los idiomas:
—¡Temba! ¿Dónde te escondes? ¿Where are you, tigra?
Sus botas destrozan las coles de la huerta, las cebollas, los ajos, las lechugas.
Han alcanzado el lugar en el cual fueron sepultados los negros. Bingo salta sobre la fosa y hace sonar los cascabeles. Es como si una serpiente llamara entre las tunas, con sus crótalos, con su tentación.
El ciego da un paso, dos, tres, balanceándose pesadamente, y su capuchón se derrumba en la humedad del hoyo. El negro no le concede un segundo de respiro. Levanta la pala como un hacha y, de un golpe, le parte el cráneo. Luego, sin un instante de reposo, empieza a cubrirlo de tierra. La pulsera de cascabeles lanza por última vez su pregón al aire, cuando cae en la fosa, sobre la casaca color aceituna.
En la factoría roncan los ingleses su borrachera, y los esclavos despiertos se abrazan, tiritando de frío.

De Misteriosa Buenos Aires, Ed. Planeta

El arzobispo de Samos - Manuel Mujica Lainez

Cuento de Mujica Lainez

1694

El arzobispo de Samos camina a grandes trancos por la celda del convento de Santo Domingo que le sirve de prisión. Walter ha escapado llevándose lo único que al griego le quedaba: su grueso anillo de oro cuya esmeralda ostenta labrado el mochuelo grato a Minerva. Mientras va y viene, colérico, el arzobispo se tortura pensando cómo habrá conseguido robarle la sortija. Los dedos de su mano derecha acarician incesantemente el anular izquierdo, como si esa fricción mecánica pudiera hacer surgir, bajo las yemas, la lisura familiar de la piedra preciosa.
Walter, su paje, desapareció hace quince horas con el anillo. ¡El anillo merced al cual Fray Joseph Georgerini proyectaba comprar su evasión a los carceleros! Y ahora no le resta nada, ni siquiera la esperanza. Él también parece un mochuelo, un enorme mochuelo absurdo, con sus ojos redondos y crueles, su nariz corva, su cara amarilla y sus ropas talares pardas y sucias, cuyas mangas flotantes se agitan como alas en la celda conventual.
¡Adiós, pues, a los planes de huida! El gobernador del Río de la Plata, el obispo y los comisarios de la Inquisición se salieron con la suya, y el arzobispo de Samos deberá emprender el camino de Lima, donde le aguardan los señores del Santo Oficio. Todo por culpa de Walter, por culpa de ese condenado inglés, hijo de mala madre, que sin duda se estará riendo ahora, rumbo al norte o al sur, lejos de los dominicos, de los interrogatorios, de los tribunales del Perú.
Fray Joseph Georgerini no teme el encuentro con los inquisidores. Otros careos más graves ha soportado en el curso de su vida azarosa y es hombre de mucho ingenio para que puedan hacerle trastrabillar las zancadillas de unos pequeños eclesiásticos coloniales. En cambio Walter sí lo temía. ¡Había que verle palidecer y demudarse, cuando se hablaba de los tormentos! Pero el arzobispo, con toda su ciencia sutil, no quiere enfrentarse con los agentes romanos. Prefiere que en Roma olviden su existencia. Y va y viene, rabioso, en tanto que las campanas del convento llaman a la primera misa.
Su cólera sube de punto. Hay en sus ojos de mochuelo un brillo peligroso. Desata el largo cordón que le ciñe la cintura y lo coloca en el piso, dibujando un triángulo. Luego se descalza, penetra en él, alza las palmas y comienza su invocación, implorando a Satán, Leviatán, Elioni, Astarot, Baalberit…
Las fórmulas mágicas de los grimorios, las del Libro de San Cipriano, las de la Clavícula de Salomón, resuenan en la celda de Buenos Aires. El arzobispo de Samos es ante todo un hechicero. Ahora no semeja un mochuelo sino un macho cabrío, temblorosa la barba, las cejas juntas, revuelto el pelo como una cornamenta, mientras repite por lo bajo los conjuros que otorgan la alianza del Demonio:
—Belfegor, Tanín, Belial, Alastor, Baal…
Hace más de cuatro meses que la impaciencia roe a Fray Joseph en el convento de Santo Domingo. Sólo una desgraciada tempestad y el naufragio de su barco pudieron llevarle a playa de tanta miseria. Cuando le condujeron desde las toscas, medio muerto, sobre una parihuela, entreabrió los párpados y vio desfilar a su lado la infinita pobreza de Buenos Aires que clamaba por la lluvia. Seguían su camilla, haciendo ademanes de teatro, el gobernador don Francisco de Robles, tres o cuatro oficiales reales, algunos soldados, y el extraño séquito del arzobispo: un paje inglés y los dos frailes agustinos, un español y un napolitano, que había recogido en sus andanzas. Detrás zozobraban los restos del navío y el lento olear del Río de la Plata batía contra unos pocos cajones tumbados en el barro. Todo se había perdido.
Días complicados aguardaban al griego. Naturalmente, nadie comprendía quién era. El comisario porteño del Santo Oficio estudió sus papeles dándose aires de sabiduría, pero fue en vano. Dio vueltas y vueltas a las dos bulas escritas con letras ilegibles sobre pergaminos en forma de media luna, por medio de las cuales el Gran Turco despojaba a Fray Joseph del arzobispado de la Isla de Samos. El comisario resoplaba sobre las iniciales de oro, fruncía las narices y aspiraba el sospechoso olor de la herejía.
Los dos agustinos salvaron su responsabilidad de inmediato. Arguyeron que le habían conocido recientemente, y, abriendo las manos en abanico sobre la boca, apuntaron que se dedicaban a ordenar sacerdotes cobrando por ello buenas monedas de plata. El arzobispo mascullaba en griego, en latín, en turco, barajando los vocablos. Su criado sólo hablaba inglés. Era imposible comprenderles y ellos mismos alimentaban la confusión adrede con tanto sonido ronco. Pero el comisario inquisitorial buscaba su pista dentro del laberinto. Iba arremangado, congestionado, repitiendo las preguntas.
Unas veces creía deducir que Fray Joseph Georgerini, griego de nación, cismático que había abjurado, había obtenido el permiso del Papa Clemente X para decir misa según el rito griego. Deducía otras que el forastero había vagado de Samos a Roma y de allí a Florencia, a París, a Marsella, a Londres, a Lisboa; que los ingleses le habían reducido a prisión; que había ambulado por Madrid con el hábito desgarrado, como un profeta antiguo. Y por fin, cuando estaba seguro de que Su Majestad vería con agrado que las autoridades de Buenos Aires procedieran contra el intruso, el griego sagaz lograba torcer el expediente y dar la impresión de que el monarca le había autorizado a pedir limosna en sus dominios por tiempo de un año.
El comisario don Sebastián Crespo y Flores se mesaba los escasos mechones y volvía a empezar. Desesperado, cerró las carpetas, escribió al Santo Oficio de Lima y ordenó que el arzobispo de Samos, o lo que fuera la jerarquía de su obligado visitante, se encerrara bajo custodia en el convento de los hijos de Guzmán. Allá se fue Fray Joseph Georgerini, aleteantes las mangas de su ropón. Le quedaba su esmeralda, con el grabado mochuelo de las viejas monedas atenienses. Seduciría con ella a sus guardianes y podría escapar. Y ahora Walter se la había robado…
—Satán, Leviatán, Elioni, Astarot, Baalberit…
El arzobispo de Samos llama al Demonio en su socorro; al Diablo a quien Erasmo vio en las pulgas de Rotterdam, a quien el ermitaño San Antonio escupió en la cara, a quien el Papa San Silvestre metió en una cueva, a quien San Cipriano abrazó en su juventud.
Y la celda se ilumina con el color del azufre en torno del brujo que semeja un macho cabrío.
Walter escapa a uña de caballo camino de Córdoba. En su anular izquierdo fulge la esmeralda con la pequeña ave rapaz que se nutre de reptiles y de roedores. El paje se detiene a pasar la noche bajo un espinillo. En la soledad que le oprime y le asusta, piensa, para distraerse y darse ánimo, en el mal rato que estará viviendo su señor. Una leve sonrisa asoma a sus labios pero pronto se borra. La imagen iracunda del arzobispo de Samos, a quien supone entregado a quién sabe qué ritos nefandos en el convento de Buenos Aires, basta para invadirle de zozobra. Durante los últimos meses, en el barco, ha espiado a Fray Joseph en más de una ocasión por el ojo de la cerradura, y le ha visto modelando figurillas de cera en las que luego clavaba alfileres agudos, o inclinado con el rostro descompuesto sobre sus libros arábigos. Pero por más que el griego quiera, no podrá alcanzarle hasta aquí con sus mañas. Hay muchas leguas entre ambos.
El muchacho enciende una fogata y se tumba a dormir arrebujado. Allá cerca, su caballo pasta en los cardales.
La noche pesa encima con su terrible negrura.
Horas más tarde, Walter despierta bruscamente. Algo, quizá un insecto, le ha picado el anular, en la mano donde lleva la sortija. La hoguera se ha extinguido casi y al tímido resplandor de las brasas el paje distingue, sobre el anillo, en la segunda falange, una diminuta mancha azul.
Alrededor la noche acentúa su desamparo. La pampa no goza ni de una estrella ni de un grillo. Sólo rompe el silencio, en las tinieblas cercanas, el balido de un animal que podría ser una cabra salvaje. Temeroso, Walter silba a su caballo y como respuesta oye, dentro de la fronda del árbol que le cobija, el grito de un ave oculta, quizás un mochuelo, como una risa falsa, destemplada. El muchacho se esfuerza por divisar algo en la sombra, pero la masa del espinillo se funde con las tintas nocturnas. Se pone de pie y, extendiendo los brazos como un ciego, sale en busca de su alazán. Lo silba de nuevo, lo llama, y entretanto el balido responde a la risa agorera que parte del tronco.
El dedo le quema como si lo hubiera arrimado al rescoldo. Acaso le haya mordido una víbora. Lívido de terror, Walter se quita la esmeralda y la coloca en el anular derecho. Mientras las palpa con angustia, siente que las falanges izquierdas se le hinchan y que el dolor se insinúa hacia la muñeca, hacia el brazo.
Entre los cardos roza por casualidad un fragmento de la brida de su cabalgadura. Se oprime la mano envenenada que al tacto parece algo monstruoso y caliente. A la distancia, escucha el alegre relincho del caballo que huye por la llanura desierta.
Walter regresa a los tropezones al refugio del fuego. Ahora le arde la otra mano, el otro anular, a la altura de la sortija. Saca también de allí el anillo y lo desliza en su faltriquera. Acerca los dedos a las brasas y ve que los de una mano, tumefactos, agarrotados, con las uñas irreconocibles, comienzan a cubrirse de una transpiración verde y mohosa. En la otra ya avanza la gangrena azul.
El paje llora de miedo y se echa a correr entre las matas. Bajo su faltriquera, en el muslo, la misma mordedura le irrita la carne. Toma el anillo griego, el anillo maldito, y lo arroja a la noche. La piedra brilla en el aire como un carbunclo. Pronto, los brazos de Walter penden, inertes, perdidos. Arrastra la pierna que le pesa como si fuera de plomo. Comprende que no podrá continuar así por mucho tiempo. Y en tanto vaga cayendo y levantándose, por el llano cruel, gimiendo como un loco, le persigue la risa del mochuelo invisible, que revolotea en la oscuridad y le golpea la cara con las alas duras.

De Misteriosa Buenos Aires, Ed. Planeta

El imaginero - Manuel Mujica Lainez

Cuento de Manuel Mujica Lainez

1679

Manuel Couto regresó a Buenos Aires presa de una obsesión que le trastornó el ánimo. Había permanecido cinco años en los calabozos del Santo Oficio de Lima. Fueron cinco terribles años, durante los cuales su razón, de suyo dada a la fantasía, se extravió lentamente. Por acusaciones de una mestiza y un negro, sus criados, había sido enviado a esas crueles cárceles. Los servidores se amaban en secreto y como el imaginero comenzó a perseguir a la mocita, resolvieron deshacerse de él tachándole de hereje. El portugués no tuvo defensa. Era cierto que para terminar la escultura de Nuestra Señora de la Concepción se había sentado sobre la talla y que, ante las hipócritas recriminaciones de la mestiza, le había respondido que no se preocupara, que aquella era una perdida como ella. Golpeando el madero, añadió: «Esto no es más que un pedazo de palo». Era cierto también que en otra oportunidad, hallándose enfermo, blasfemó contra la Virgen, pues no aplacaba sus dolores. Cierto y muy cierto, para su desgracia. Los jueces y comisarios eclesiásticos de Buenos Aires se negaron a escucharle, cuando protestó de su inocencia y juró su condición de cristiano viejo. La sola circunstancia de ser portugués, natural de San Miguel de Barreros cerca de Oporto, fomentaba la sospecha de su judaísmo. De nada le valió su buena amistad con el gobernador don José Martínez de Salazar, quien en 1671 le había confiado la ejecución del Santo Cristo que donó a la Catedral de Buenos Aires. Secuestraron sus bienes y le mandaron al Perú, como un fardo. Allí le tomaron declaración muchas veces y por fin le sometieron a tormento, poniéndole en la cincha. Naturalmente, confesó cuanto quisieron y salió por las calles, a horcajadas en un burro, vistiendo el sambenito amarillo y llevando en la diestra un cirio verde. El verdugo le dio doscientos azotes. Luego le condenaron a cuatro años más de presidio, en Valdivia, pero como había pasado varios en la Ciudad de los Reyes, logró esquivar ese encierro y volverse al Río de la Plata.
Lo extraño es que no alimentaba ningún deseo de venganza hacia sus entregadores. Éstos, por lo demás, habían desaparecido. Otra preocupación le guiaba, le encendía la mirada loca.
Está ahora en su taller, rodeado de imágenes. Va de la una a la otra, estudiándolas, pasando sobre las caras sus dedos trémulos. Ayer presentó a las autoridades la estatua de San Miguel que le encargaron para el Fuerte y por la cual le pagaron cien pesos redondos. Dos esculturas más, ya listas, con su policromía y sus ropas de lino y terciopelo, alzan los brazos implorantes junto a la ventana. Son dos apóstoles. Sobre un cofre hay cabezas de santos, barbadas, trágicas, las mejillas surcadas de lágrimas y de arrugas. Hay en otro el boceto de un calvario. En un rincón apílanse los troncos de cedro, de naranjo, de algarrobo, de lapacho, de urunday, que utilizará en trabajos futuros.
Da lástima verle, de tan macilento. Ha traído de Lima la costumbre de hablar solo, por lo bajo, a causa de la larga soledad. Ha traído también una mujer joven, muy blanca, que le sirve de modelo, le cocina y le limpia la habitación. Es la única que entra en el taller. Muy de tarde en tarde, anuncia a algún señorón porteño que acude con un encargo.
La mujer se llama Rosario y es hermosa.
La obsesión de Miguel Couto nació en su celda limeña. Durante un lustro, el cuitado imaginero no vio más ser viviente que los familiares del Santo Oficio. Aparecían a horas absurdas, graves, engolillados; los dominicos, de blanco y negro; precedidos por un fragor de cerrojos. Le preguntaban esto y aquello y lo anotaban minuciosamente. Luego tornaban a interrogar. Sopesaban lo declarado en balanzas celosas. Se valían de mil artimañas para arrancarle una palabra hebrea, una frase en griego. ¡Cómo si conociera algo que no fuera el portugués y un mal castellano! Y siempre le hablaban del alma, enredándose en zarzales de teología: que si el alma nos ha sido infundida por un soplo de Dios; que si el alma es inmortal, y cuando nos mudamos en un despojo miserable, vuelve al seno divino; que si queda flotando, invisible, o viaja a las moradas absolutas a recibir castigo y premio; que si el alma sí, que si el alma no… ¡El alma! El portugués creyó a veces, en su delirio, que el alma se le iba a escapar de los labios. Los apretaba entonces y juntaba las palmas en angustiada oración. O si no, en mitad de la noche oscurísima, temblando sobre el suelo duro, sentía alrededor un leve revoloteo, como de mariposas, como de silenciosos insectos. ¡Almas! La celda se llenaba de almas impalpables hasta que el amanecer asomaba en la altura de la reja.
Va a esculpir una talla nueva, pero no será un Cristo, ni un San Juan Bautista, ni una Magdalena, ni una Dolorosa. Será una talla que guardará para él. Si la vieran tendría que regresar a Lima, a la tortura, así que la ocultará como un avaro. Acaso esta obra, a diferencia de las otras, tenga alma, un alma, su alma. Después, el imaginero podrá morir.
Con el cuchillo filoso, comienza a raspar la madera blanda. Allí cerca, en cuclillas, Rosario borda. El artista no la necesita aún. Ella ni siquiera sabe qué resultará de la inspiración. Piensa que el tronco, casi tan blanco como su carne, se transformará en la Virgen de los Dolores, en la Virgen de la Paz… Y él, brillándole los ojos, hinca la hoja seguro.
Al cabo de una hora, cuando entra con el mate cebado, Rosario observa que la escultura tiene la traza de una mujer de pie, cuyos brazos se abandonan a lo largo del cuerpo. Manuel Couto da dos rápidas chupadas a la bombilla y ordena:
—Ahora desnúdate.
Enrojece la peruana. Es cosa que el maestro nunca le ha exigido. Todo se redujo a sentarse en el olear de los atavíos de pliegues geométricos, con un bulto que simulaba al Niño Jesús sobre las rodillas; o a soltarse el cabello y entornar los párpados, en la actitud de María de Magdala. ¡Pero esto! Enrojece y titubea.
Couto clava el cuchillo en la madera y repite, en un tono que no admite contestación:
—Desnúdate, mujer.
Rosario obedece con un suspiro y la presencia de su piel suavísima, surcada de venas celestes, torna más lúgubres las cabezas de los santos apóstoles, como si aquellas pupilas pintadas no resistieran la luz que despide su torso.
¿Eva? ¿Querrá el maestro labrar la imagen de Eva, madre de los mortales?
Rosario está de pie, desnuda, en el centro del taller. A lo largo de sus flancos reposan los brazos armoniosos. Tiemblan sus pechos gráciles.
Manuel Couto hunde el cuchillo en el leño elástico, cuyas vetas son como sutiles ríos de sangre azul.
Avanza la obra febrilmente. El escultor no descansa. A medianoche despierta a la muchacha, enciende unos gruesos cirios en el taller y reanuda la labor. Lo aguija la idea de no poder terminarla. Hasta entonces no dormirá tranquilo. Ha sido una semana de locura, pero falta poco. Ya se yergue en el aposento la figura de Rosario, con la boca entreabierta, con los brazos caídos en ofertorio, con el pecho breve y punzante. Jamás soñó Manuel que realizaría algo tan hermoso, tan verdadero.
Titilan las velas alrededor. Ahora, con sumo cuidado, el artista acuesta la estatua. Ha llegado el momento de policromarla. Mezcla los colores y, minuto a minuto, las fibras de la madera desaparecen bajo el pálido rosa, bajo el rojo que aviva los senos y los labios, bajo el verde que ilumina los ojos. Rosario contempla fascinada la operación. Detrás, en el chisporroteo de los pabilos, parece que los santos barbudos se inclinaran también.
Manuel Couto se ha sentado sobre el pecho de la escultura, para pintar el rostro.
Dice Rosario:
—¿Cómo os sentáis así sobre el cuerpo de nuestra madre Eva? ¿No es éste un gran pecado?
—¿Eva? ¿Y quién os ha contado que ésta es Eva? Ésta es sólo una perdida como vos.
El pincel queda inmóvil en el aire. De repente atraviesa la memoria del loco una escena idéntica a la que está viviendo. Es la que le precipitó en las mazmorras de Lima y le hizo sufrir las torturas de la Inquisición. La otra mujer, la mestiza, le había recriminado también que usara de la suerte, sin miramientos, de una talla…
El escultor se levanta de un brinco. En su puño relampaguea el cuchillo agudo con el cual fue arrancando las frágiles astillas. ¿Se propondrá esta hembra mandarle a presidio, como la otra? Pero, ¿por qué le persiguen así, por qué no le dejan en paz, si no busca guerra a nadie?
Rosario retrocede, asustada. En el ángulo de la habitación, los dos grandes apóstoles le cierran el paso. Grita de dolor, porque siente, entre los pechos, la hoja de metal que penetra y la sangre que mana a borbotones. Jadea desesperadamente, en el terror de la agonía.
El loco continúa de pie, saltándosele de las órbitas los ojos enormes. A un lado yace la mujer convulsa; al otro la que él esculpió, serena, con los brazos caídos que acompañan la línea del cuerpo.
Manuel no se demuda por el horror de su crimen. Su antigua obsesión se apodera de él. ¡El alma! ¡El alma de Rosario! No debe dejarla escapar. Debe cazarla al vuelo, como si fuera un pájaro, antes de que huya. Arrastra el madero tallado junto a la muchacha que casi no se mueve. Lo hace girar despacio, tomándolo por los hombros, hasta que la estatua cubre por completo a la moribunda y la desnudez viviente cede bajo el peso de la otra desnudez, ganada al tronco liso. Las bocas abiertas se rozan. No podrá seguir otro camino el alma volandera de Rosario.
La peruana esboza un rictus postrero y se estremece toda. El demente da un paso atrás y se seca el sudor frío que le baña las mejillas. Agitadas por el parpadeo de los cirios, las cabezas truncas de los santos le miran, amenazadoras, y los dos apóstoles oscilan como si se adelantaran hacia él, flotantes los ropajes bermejos. Empuja la mesa, para colocarla como un parapeto entre él y sus enemigos de madera y derriba los candelabros que caen con estrépito. ¿Y su última obra? ¿Acaso no se mueve también, en el suelo?
El fuego se adhiere a los mantos rojos y corre hacia la ventana. Manuel Couto vocifera y se golpea contra las paredes. Crepitan en torno, coléricos, los sacros personajes.
A la madrugada, los vecinos le hallaron, carbonizado, bajo las ruinas de su taller. Costó trabajo desembarazarle de los fragmentos de una estatua de mujer desnuda. Le tenía ceñido con los brazos de madera pulida; los brazos curvos, entreabiertos, alzados.

De Misteriosa Buenos Aires, Ed. Planeta

Los pelícanos de plata - Manuel Mujica Lainez

Cuento de Manuel Mujica Lainez

1615

Melchor Míguez da los últimos toques con el cincel al gran sello de plata que ostenta en su centro el escudo de la ciudad. Ya está lista la obra que por castigo le impusieron los cabildantes hace veinte días. Hay tres cirios titilantes sobre la mesa y el fondo del aposento se ilumina con las ascuas del hornillo, bajo la imagen de San Eloy. El platero enciende dos velas más. Ahora la habitación resplandece como un altar, alrededor del santo patrono de los orífices. Melchor ajusta el mango de madera al sello y lo hace girar entre los dedos finos, entornando los ojos para valorar cada detalle. Está satisfecho con su trabajo y los ediles tendrán que estarlo también. En el círculo de plata maciza, abre sus alas el pelícano heráldico. Cinco polluelos alzan los picos en torno. Tal es la descripción que le hizo el capitán Víctor Casco, alcalde ordinario, cuando le leyeron la sentencia y Melchor Míguez se ha ceñido exactamente a lo dispuesto. Luego, mientras burilaba los animalejos de abultado buche, salieron otros vecinos, viejos pobladores, alegando que ésas no eran las armas que Juan de Garay había diseñado para Buenos Aires, que ellos creen recordar que se trataba de un águila con sus aguiluchos; pero el terco alcalde se mantuvo en sus trece y no hubo nada que hacer. Pelícanos le pedían al platero y pelícanos había labrado.
Se recostó en el respaldo de vaqueta y suspiró. Esa noche su mujer quedaría libre. Lo había prometido y tenía que cumplir. Extendió la cera verde sobre un trozo de pergamino y aplicó encima el sello de plata: los palmípedos se destacaron en la sobriedad primitiva de las líneas. Pronto se multiplicarán en los papelotes del Cabildo entre las firmas inseguras.
Y su mujer podrá irse, si quiere. A lo mejor se va esa misma noche para Santa Fe, donde tiene una hermana. Al alba partirá una tropa de carretas con negros esclavos y mercancías. Que se vaya con ellos. No le importa ya. El otro, el amante, se ha fugado de la ciudad, con la cara marcada para siempre. Acaso se encuentren en Santa Fe. ¿Qué le importa ya al platero? La señal de su cuchillo quedará sobre el pómulo del otro, para siempre, para siempre. Y cuando la adúltera le abrace, aunque sea en lo hondo de la noche de tinta, la cicatriz en medialuna se inflamará para enrostrarle su pecado. No podrá rozarla sin que le queme las mejillas como una brasa.
Después de todo, los alcaldes no extremaron el rigor. A cambio de la herida, lo único que le han exigido es que labrara ese escudo, sin cobrar nada por la hechura. El mayordomo de los propios le entregó el metal hace veinte días, y en seguida se puso a trabajar. Le gusta su oficio: es tarea delicada, señoril; requiere paciencia y arte.
El otro estará en Santa Fe, aguardándola; pero el tajo en el pómulo, verdadero tajo de orfebre por la destreza, ése no se le borrará.
Ella tuvo también su pena: quince azotes diarios con el látigo trenzado, sobre las espaldas desnudas. Da lástima ver ahora esas espaldas que fueron tan hermosas. Ella misma se las ha curado con hojas cocidas y aceites, pero todas las mañanas volvían a sangrar bajo la lonja de cuero. Melchor Míguez le dijo:
—Tengo que labrar el escudo y pondré veinte días en hacerlo. Hasta que lo termine, permanecerás encerrada y recibirás quince azotes cada día. Luego podrás ir a reunirte con él.
Y no ha cedido. A medida que su obra avanzaba, enrojecieron las espaldas de su mujer y se desgarraron en llaga viva. Nada logró apiadarle: ni los gritos enloquecidos que no serían escuchados, pues su casa está apartada de todas; ni el ver, mañana a mañana, cómo se debilitaba su mujer; ni ha sucumbido tampoco ante la tentación de soltar el látigo, de caer de rodillas y de besar esos hombros cárdenos, sensuales, que adora.
Podrá irse esta noche misma, si le place. Después se lo dirá. ¿Y si se quedara? ¿Si se quedara con él? La culpa ha sido lavada ya. Ambos pagaron el precio: él, con esa pieza de plata que resume en su gracia simple su sabiduría de orfebre; ella, con su sangre. Le desanudó las ligaduras que le impedían escapar, para que se vaya esta noche, si quiere. Pero ¿y si se quedara? ¿Si volvieran a vivir como antes de que el otro apareciera con su traición?
Se le cierran los ojos. Sueña con su mujer bella y sonriente. Él está cincelando una custodia maravillosa, como la que el maestre Enrique de Arfe hizo para la catedral de Córdoba, en España, y que sale en andas, balanceándose sobre las corozas de los penitentes, a modo de un pequeño templo de oro y de plata para el San Jorge que alancea al dragón. Ella, a su lado, en la bruma del sueño, vigila el fuego, pule la ileza, los alicates, las limas, los martillos diminutos. Melchor cabecea en su silla, en el aposento iluminado por el llanto de los cirios gruesos.
Ábrese una puerta quedamente y su mujer se adelanta, encorvada como una bruja. Cada paso le tuerce el rostro con una mueca de dolor. Despacio, sin un ruido, se aproxima al platero. Sobre la mesa brilla con la alegría de la plata nueva, el sello de la ciudad. La mujer estira una mano, cuidando de no tocar los buriles. Sus dedos se crispan sobre el mango de madera dura. Ya lo tiene. Avanza hasta colocarse delante de su marido. Alza el gran sello redondo, con un vigor inesperado en su flaqueza, y de un golpe seco, rabioso, cual si manejara una daga, lo incrusta en la frente de Melchor.
El orfebre rueda de su asiento sin un quejido. Algo se le ha quebrado en la frente, bajo el golpe salvaje.
La mujer, espantada, arroja el sello en el hornillo, para que se funda su metal. Luego huye renqueando. Afuera, escondido entre las sombras, la recibe en sus brazos un hombre con una cicatriz en la cara, en forma de medialuna.
Melchor Míguez yace en la habitación silenciosa, alumbrada como un altar para una misa mayor. En su frente hendida, la sangre se coagula en torno del perfil borroso de los pelícanos.

De Misteriosa Buenos Aires, Ed. Planeta

El hambre - Manuel Mujica Lainez

Cuento de Mujica Lainez

1536

Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.
Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.
Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el «Ave María» heráldico del fundador.
El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.
¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.
Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Cómo si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?
El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay… no lo hay… Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda.
El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces…
Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.
Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas… Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más…
Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.
Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto.
A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester…
Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento.
El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.
Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones.
Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación… Si el genovés se fuera de una vez por todas… de una vez por todas… ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad…
No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse.
El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.

De Misteriosa Buenos Aires, Ed. Planeta

Las ropas del maestro - Manuel Mujica Lainez


1608

Por la abierta ventana entran las bocanadas del calor de diciembre. En sus escaños duros, amodorrados por el sopor de la hora, los alumnos escriben de mala gana. Se oye el rasgueo de las plumas lentas. De tanto en tanto, uno levanta la cabeza y cuenta con los dedos. Los hay de ocho años, de diez, de doce; el mayor, que pronto cumplirá catorce, es Juan Cordero, hijo del herrero portugués. Zumban las moscas.
El maestro Felipe Arias de Mansilla parece casi de la edad de Juan. Por más que frunce el ceño para darse empaque, sus diecinueve años se acusan en sus mejillas sin sombra de barba y en la delgadez y torpeza de sus miembros adolescentes. Camina entre los niños, la palmeta apretada en una mano. Sus ojos van de la ventana, detrás de la cual, en el descampado, crepita el sol, a la habitación vecina, que comunica sin puerta alguna con el aula. Ambos cuartos son muy modestos. El que los alumnos ocupan no posee más muebles que los escaños toscos y un tablón que sirve de mesa al maestro. En la fresca oscuridad del otro se desdibuja al fantasma del lecho pequeñito y sobre él, puestas en tal orden que se diría que un gran señor está durmiendo la siesta, extiéndense sus ropas flamantes, las que le entregaron esta mañana y todavía no estrenó.
Felipe Arias de Mansilla se acerca a ese aposento. Le brilla el mirar cuando contempla su ajuar intacto. Lo ha pagado hoy mismo. Fueron diez sonoros pesos los que emigraron de su bolsillo al de Sebastián de la Vega por el traje entero, con ropilla y capa. Los zapatos le costaron un peso más. Se endeudó para conseguirlos. No le resta ni una monedica ni la más flaca esperanza de crédito. Pero no le importa: ya son suyas las ropas que quería. Una hora después, cuando regrese del Cabildo, vestirá esas prendas de raja de Segovia con mangas jironadas, que aunque no fueron cortadas en el paño mejor lucirán sobre él a las maravillas. Beatriz no le volverá a ver con esta traza de pobre diablo. Eso quedará para los alumnos.
¡Cuántos sacrificios implicó la compra! Sebastián de la Vega le repitió que su jerarquía de sastre examinado en Madrid —lo dijo como si hubiera cursado universidades— le impedía rebajar ni un maravedí siquiera. Además le recordó que el arancel fijado por el Ayuntamiento se lo vedaba. ¡Y Felipe cuenta con un sueldo tan mísero! Cuando los cabildantes aceptaron su propuesta de enseñar a los niños, en julio, pasado, acordaron que lo haría a cambio de cuatro pesos y medio para los que aprendieran a leer y nueve para los alumnos de escritura. Y eso, no mensualmente, sino al cabo del año.
Felipe se toca con las puntas de los dedos los codos, raídos; se mira la calza remendada y la otra, sin remendar, por la cual asoma su rótula filosa, muy blanca, de muchacho. Esto ya se acabó, felizmente. Beatriz, que en invierno gasta doce enaguas bajo el guardainfante y siete en verano, no se avergonzará más de él. Hoy podrá presentarle a su madre, tan huesuda, tan orgullosa, tan terriblemente principal. Como viste ahora no osaría penetrar en su estrado que perfuman las hierbas aromáticas de los braseros. Ni Beatriz se hubiera atrevido tampoco a llevarle allí, aunque es algo deudo del señor Hernando Arias de Saavedra.
—¡Beatriz! ¡Beatriz!
(Beatriz es como un pájaro, Beatriz es como una flor, Beatriz es como el río las noches de luna.) Tan feliz se siente, tan lleno de burbujas de alegría, que no puede contenerse y azota al aire con la palmeta. El estallido vibrante sorprende a los niños que alzan las cabezas pesadas. Felipe Arias de Mansilla gira sobre los talones, severo, y ellos regresan a la melancolía de las restas y de las sumas. Pero el maestro no consigue permanecer así, ahogado por las emociones, sin comunicarlas. Estallaría. Sus ojos bailoteantes se posan sobre los de Juan Cordero y le sonríe.
A este morenito medio portugués le quiere de verdad. Antes de conocer a Beatriz, dos meses atrás, salían juntos los domingos y los días de fiesta. Iban al río, de pesca, y si bien solían traer por todo trofeo algunos bagres pinchudos, lo mejor de la tarde se pasaba en arrastradas conversaciones de bruces sobre el pasto. Felipe confiaba a su discípulo que cuando reuniera algunos pesos se embarcaría para la península, a Salamanca, a continuar sus estudios. Juan Cordero podría acompañarle... ¿o sólo aspira, como su padre, a envejecer en la fragua? Serían unos magníficos doctores, con harto latín y hebreo. ¡Y claro que le hubiera acompañado Juan! Al fin del mundo le seguiría. Nada cambiaba el moreno por esas tardes de vacación, por esas charlas cortadas de risas, por esos silencios en los que su respiración se apresura y en los que debe retenerse para no rozar con la suya la mano abandonada del maestro.
¿Salamanca? ¿Latines? No; Felipe Arias de Mansilla quedará ahora aquí, en Buenos Aires, junto a Beatriz, para siempre. Que Juan Cordero se vaya, si lo desea. Ya han hablado de eso también y Juan no le respondió. Se cubrió la cara con los dedos, de espaldas sobre el pasto, como si el sol le hiriera.
Sumar, restar, multiplicar, dividir; luego guiar a los inhábiles en el diseño de las letras (la cola de la “g”, el buche de la “T”); y enseñar la doctrina cristiana. ¡Cuánta monotonía! Felipe no comprende cómo ha podido fijarse en él Beatriz, que es doncella tan opulenta, cortejada por los mozos ricos. Y sin embargo... Pero hoy, hoy mismo, hará su reverencia ante la señora, en el estrado oloroso. Se imagina, inclinándose con una mano en la cintura, henchida la capa, crujiente la ropilla.
La clase suelta una carcajada. Tan embebecido está que, inconscientemente, Felipe Arias de Mansilla acaba de hacer su reverencia, echando la palmeta hacia atrás como si fuera una espada. Parece un muñeco de retablo de títeres, con sus remiendos incoloros. El único que no ríe es Juan. Se muerde los labios y se oculta detrás del libro.
El maestro descarga un palmetazo sobre el tablón:
—Por hoy basta. Terminó la clase.
Los niños salen dando brincos al bochorno de la plaza, donde el Fuerte no es más que un corral de tapias, con un terraplén a la banda del río, desmoronado. Felipe detiene a Juan Cordero.
—Quédate aquí —le dice— por media hora. Cuida de que no entre nadie. Voy hasta el Cabildo y en seguida regresaré.
Juan le ve alejarse, frágil, anguloso, el pelo de tinta. Da lástima y ternura a la vez, de tan gracioso, de tan indefenso, bajo el violento sol de diciembre.
A pocos metros, en la cuja, el enemigo dormita. El enemigo carece de cara y de manos, lleva una diminuta gorguera blanca alrededor del cuello; se ciñe con un jubón negro, de raja de Segovia, a cuyos lados las mangas se abren, en jirones sutiles, vanidad del arte de Sebastián de la Vega, a modo de dos alas. Prolongan el cuerpo inmóvil las calzas y los zapatos. El enemigo reposa en la sombra violácea y verde, sin manos, sin rostro. Sin ojos, le espía desde el lecho.
Juan Cordero sabe que la lucha es desigual pero no le importa. Desenvaina la daga que escondió entre sus ropas, se acerca en puntas de pie, latiéndole locamente el corazón, como si el otro pudiera oírle. Se arroja sobre él y lo acuchilla, lo desgarra, lo transforma en un guiñapo, en un bulto de trapos confusos. Rueda por el suelo, envuelto en paños arrancados. Luego sale de la pieza. Llora como si hubiera asesinado a un hombre. Mecánicamente, absurdamente, limpia la hoja de la faca en las altas hierbas, como para quitar de su acero las huellas de la sangre.

Fuente: Manuel Mujica Lainez, Misteriosa Buenos Aires, Ed. Seix Barral.

El sucesor - Manuel Mujica Lainez

Cuento de Manuel Mujica Lainez

 1785

Don Rufo quemó su vida en fuegos de lujuria. Por eso murió tan joven, roído, calcinado. Por eso le enterraron hace diez días, con ceremonia rápida a la que no asistieron los parientes señoriles. Hasta los últimos tiempos, hasta que nada indicaba ya, en la devastación de su físico, lo que habían sido ese cuerpo pujante, y esa máscara dura, marmórea, estatuaria, no cedió su amorosa demencia. Ahora está muerto, bien muerto, y las dos mujeres y el muchacho que habitan su casa andan como perdidos entre los muebles desfondados.
Es una casa del barrio del Alto de San Pedro, situada más allí del zanjón que llaman del Hospital. La gente que mora en esa parte de Buenos Aires no podría codearse con los primos de don Rufo. Son pescadores, marineros y peones que realizan las tareas de acarreo para el abastecimiento de la ciudad. Mézclanse con ellos algunos genoveses a quienes se reconoce por los ademanes estrafalarios: en ocasiones parece que ordenaran al aire o que le dieran bofetadas.
Cuando don Rufo se afincó allí indicó a las claras que había roto para siempre con su familia. El perdulario llevó con él a un hijo, un niño, habido en una mulata; ese mismo Luis que roza los quince años y cuya desmayada delgadez contrasta con el vigor vehemente del padre. Otros hijos tuvo, pero les abandonó en el desparramo de las rancherías, junto a las madres oscuras, lacias, tristes. Trajo también una gallega de caderas fuertes, que suele vagar por las habitaciones arrastrando las chinelas y a quien le gusta levantar la saya al descuido para mostrar las pantorrillas redondas. Luego se agregó otra mujer, una mestiza que apenas dice palabra y a quien todo se le ve en los ojos hambrientos. Al principio la española se encrespó frente a la criolla, pero don Rufo la tranquilizó presto. Fue suficiente un par de azotes de la correa larguísima que pendía de su muñeca. Además la gallega comprendió que el amo necesitaba esa compañía, que ella sola no bastaba a la rabia de enfermo con que, a cualquier hora, la derribaba sobre la cuja.
Así vivió la extraña sociedad durante varios años. Nadie pudo arrancar del pecado a don Rufo, siquiera Sor María Antonia de Paz y Figueroa, la Beata Antula, quien acudió a reconvenirle con el prestigio de su santidad y de su linaje, y le habló durante una hora, de cera el rostro oval, apoyándose en la fina cruz que le servía de báculo. Inútiles fueron sus argumentos, Don Rufo no quería más vida que ésa.
Luis creció, desmañado, larguirucho. Sin motivo el padre hacía burla de él y le golpeaba. Encolerizábale ese hijo débil, temeroso, y no advertía que con su brutalidad aguzaba la timidez del pequeño. Las amantes hacían coro a las bromas. Sentado bajo la higuera maravillosamente negra y verde, don Rufo dejaba correr las tardes de calor, mateando. Alrededor se movían las mujeres como perras dóciles. En los momentos más inesperados las atraía, las manoseaba. Entonces la risa de la gallega se desgranaba en mitad del patio entre el cloqueo de gallinas. Luis la oía siempre. Era su obsesión esa risa metálica, tajante. Le perseguía de cuarto en cuarto, de un extremo al otro de la casa desordenada en la que los restos de la antecesora holgura se confundían con los testimonios de la decadencia actual.
Por esos aposentos van y vienen ahora las mujeres de don Rufo; ahora que don Rufo duerme un sueño al cual ellas no logran imaginar sino estremecido de convulsos tics. Diez días hace que les falta su hombre, el hombre violento que colmaba sus existencias y las mantenía encendidas como lámparas en torno de su capricho. En el revoltijo de las habitaciones, donde las sillas de montar yacen sobre las mesas, entre cacharros y ropas, donde las quebradas escudillas se alían con las armas sucias, sólo se escucha el rumor de felpa de sus pies descalzos. El desasosiego de la primavera inquieta su sangre. Se comunican a media voz, con monosílabos. La trenza áspera de la mestiza prolonga sobre sus hombros una caricia pringosa. La gallega perdió el buen humor. A veces abandona el recato y sus gritos llenan la casa de la cual se cree señora. Zarandea los muebles al pasar, porque sí. Ayer descolgó el retrato del abuelo de don Rufo y lo rasgó con las uñas. Siempre la irritó ese caballero de casaca celeste, de chupa rosa, de peluca, que se hizo pintar con un jazmín en la mano y que la observaba, desdeñoso y distante, desde la altura del lienzo torcido, como un gran señor náufrago a quien rodeara el desconcierto de los bultos esparcidos al azar.
Cuatro días más transcurren. El calor se acentúa. Del lado del sur, las nubes anuncian tormenta. Desesperadamente piden lluvia los brotes que agonizan en los tinajones del patio. La gallega y la mestiza forzaron el arca donde el amo guardaba vino.
A Luis no le han visto casi desde la muerte de don Rufo. Le tuvieron olvidado al comienzo, pero ahora las dos piensan en él. De tarde, el muchacho se tumba en la huerta, a la sombra de un aguaribay. Después se encierra en su habitación. Piensan en él y con la imaginación le hermosean; le peinan el disparate del pelo castaño volcado sobre los ojos; le alisan la piel morena; le abultan el pecho hundido y las piernas frágiles que el estirón de la adolescencia afila de aristas bajo las medias agujereadas.
 La existencia de Luis no conoció otro acompañamiento. Por la noche, a través del tabique que le separaba de la alcoba paterna, oía las palabras rotas, las risas obscenas, el jadeo de las respiraciones, y se cubría la cara, temblando. Le asustaba el torrente de amor que hervía allí cerca. Le asustaba y le atraía, como si él fuera un arbolillo empinado en la orilla árida, reseca, junto a la cual pasaba con largo bramido el caudal demente. Ahora tiembla también. No quiere aproximarse a las mujeres. Seguramente le odiarán. Algo estarán tramando contra él. Antes, en tiempos de su padre, no le ahorraron vejación, haciéndole sentir su nimiedad, su torpeza, su blandura, frente a la bizarría de don Rufo. Ahora... ¿no querrán torturarle y matarle para deshacerse del único testigo y repartirse los magros bienes del caballero? Las ha entrevisto, echadas de bruces sobre una mesa donde se apila la vajilla de plata. Deberá fugarse de allí, o correrá el riesgo de que le ahoguen, de que le apuñalen...
Pero a veces, en la soledad de su cuarto, Luis cavila en lo estupendo que sería tener a una de esas mujeres junto a él, sumisa, y la sangre del progenitor bulle en sus venas. ¡Ay! Cuando se tapaba los oídos para sofocar el amoroso rumor de la habitación vecina, la tentación era más poderosa que el miedo... A menudo pegaba los labios al tabique, como si al través pudiera sorber un soplo del vaho caliente que allí dentro giraba en rojos remolinos. Si una de esas mujeres quisiera... si viniera a calmarle... Pero no, la idea encabrita y espolea su timidez. Desea y no desea... Desea... ¿de qué le sirve desear? Esas mujeres le odian. Le asesinarán por unas bandejas de plata con el escudo de su bisabuelo, por un candelabro, por un peine con mango de turquesas y corales...
La risa de la gallega se alza en el patio como un surtidor. No ha reído así desde el entierro de don Rufo. Luis se incorpora en la cama donde le amodorraba la siesta. ¿De qué reirá? El corazón le da un vuelco. ¿Será que en verdad han resuelto matarle... matarle ahora? Arrima el lecho a la puerta, para cerrar el paso, y escucha, angustiado, los gritos de la mujer borracha. La mestiza canturrea con su voz gorgoteante. ¿Qué pasa allí?
Y sin embargo, sería tan fácil... ¿Sería fácil, en realidad? ¿Fácil, que una de ellas se apiadara de él, se le acercara, le deslizara los dedos entre el cabello fino? ¿Fácil? ¿Para que después, si él conseguía domar a su encabritado pudor, a su horrible vergüenza de sí mismo, de su flacura de espantajo, de su infantil inhabilidad, rompiera a reír, a mofarse? Oye la risa de la gallega y sus carcajadas se mezclan con las de la otra mujer, la mujer que está imaginando, y también con la risa del padre muerto, el padre brutal, ferozmente viril.
Le matarán. Eso sí. Eso es más sencillo. Es más sencillo pensar que le matarán y no que acudirán a consolarlo con la misteriosa juventud de sus cuerpos.
Los gritos de las dos mujeres resuenan a lo largo de la casa vacía que la siesta oprime. Un gallo lanza en medio su clarinada victoriosa.
Y Luis, de pie sobre la cama apoyada contra la puerta, se da cuenta de que vienen hacia él. Hacia él, a robarle, a matarle. Al padre no le pudieron matar, no le pudieron escarbar la carne con cuchillos. Estaba esculpido en una roca impenetrable. Se fue intacto, tendido en la caja el cadáver gigantesco. En cambio a él... ¿Acaso no sabe lo que la gallega hizo con el antepasado del traje celeste? Juraría que el óleo sangró bajo los crueles rasguños. Tiembla tanto que el lecho se sacude.
Ahora las mujeres forcejean en la puerta sin cerrojo. La gallega exclama:
—¡Ábrenos, monito! ¡Abre, pequeño sol!
El pánico extravía al muchacho. Le arañarán como al retrato del caballero del jazmín. Le arañarán con las uñas negras, hasta enrojecer con su sangre la cobija revuelta, hasta arrancarle la vida.
—¡Ábrenos, Luis!
Los puñetazos de las ebrias retumban en los tablones y levantan nubes de polvo. Aterrorizado, Luis recoge del suelo la correa de su padre que había hallado bajo el aguaribay, y azota con ella los maderos:
—¡Idos! ¡Por favor, dejadme solo!
—¡Déjanos entrar, rey mío!
Pronto habrán vencido su resistencia. La puerta cede y por el intersticio asoma, como un animalito rosado y gordezuelo, un animalito de cinco patas cortas, la mano de la gallega, tanteando, hurgando el aire.
Luis da un salto atrás. No le martirizarán. No podrán martirizarle. Agilísimo, encarámase en un escabel, enlaza con la tira de cuero una viga y hace en su extremidad un nudo corredizo.
La furia de las mujeres arrastra por fin el alboroto del lecho. Pero en seguida retroceden por la galería, dando chillidos. Han visto al títere de ojos de sapo que bailaba en mitad del aposento, como él vio, antes de que cesaran el terrible latir de sus sienes y la opresión del puño de hierro que le aprieta la garganta, a las dos hembras que venían a ofrecérsele, desnudas.

Fuente: Misteriosa Buenos Aires, Ed. Seix Barral